
En 1992, el International Newsweek organizó un encuentro sobre la situación de Somalia tras la caída del dictador Mohamed Syyad Barre.
Los participantes en el foro comentaron el arbitraje militar de la ONU, diseñado con el fin de proteger a los somalíes de un puñado de facciones guerrilleras, dispuestas a matar y a morir. En mitad de la conferencia, Audrey Hepburn, debilitada por el cáncer, describió un país donde se daban todos los matices de la tragedia.
“No quiero resultar melodramática –dijo–. Pero cabe preguntarse si Dios se ha olvidado de Somalia”. Al escuchar esta frase, los asistentes comprendieron por qué aquella mujer tan frágil, de inteligencia disciplinada, se había transformado en una incansable defensora de los derechos de la infancia. “Si a los desposeídos se les da una pala, cavarán un pozo –añadió–. Yo no quiero verles cavar las tumbas de sus hijos”
Un año después, Hepburn falleció en su casa de Tolochenaz, cerca de Lausana, y los medios de comunicación hicieron balance de sus labores caritativas. El recuento sirvió para encuadrar la imagen que el público se había formado de su estrella. Los retratos de la prensa eran estáticos, pero convincentes desde un punto de vista moral. Por descontado, Audrey había hecho un claro esfuerzo por hacerse comprender. Armó su discurso con variaciones del mismo tema, el fin de las hambrunas, y lo convirtió en eje informativo frente a periodistas como Barbara Walters y Larry King.
El rol de la maternidad es uno de los factores que emplean sus biógrafos para explicar su contribución a UNICEF. Es cierto que, al ser designada en 1988 como embajadora de buena voluntad, justificó su actividad mediante sentimientos familiares: “Para interpretar los riesgos de la infancia –dijo– convendría ser experto en diversas materias. Pero yo sólo soy una madre”. No obstante, hay otras razones que esclarecen su entrega. Durante la adolescencia, Hepburn sufrió los efectos de la invasión de Holanda por parte de los nazis y admiró la benigna tarea de los voluntarios de la ONU.
Junto con Danny Kaye y Peter Ustinov, Richard Attenborough constituye el trío de actores con el cual Audrey se identificó a partir de la vivencia de valores ecuménicos. Kaye, embajador de UNICEF desde 1954, resumió dicho anhelo con estas palabras: “Los niños son más poderosos que el petróleo, más preciosos que cualquier otro recurso”. Es interesante cotejar esta idea con la actitud de Ustinov y Attenborough, dos intelectuales a la antigua usanza, convencidos de que la humanidad se dirige a un futuro mejor. Ambos precedieron a Hepburn en el seno de UNICEF y respaldaron las mismas causas que ella defendió.
Gracias a Audrey, su amigo Roger Moore ingresó en la organización, y a éste le siguieron Mia Farrow y Jessica Lange. En 1992, Sean Hepburn Ferrer, hijo de la actriz, recibió el último honor que la Academia de Hollywood dispensó a su madre: el premio Jean Hersholt. Este distintivo perpetúa la memoria de un actor, Hersholt, persuadido de que la ayuda a las minorías oprimidas incide en todas las esferas de la vida. Dos figuras entrañables, Boris Karloff e Irene Dunne, reforzaron esta línea de comportamiento, sostenida por Bob Hope, Gregory Peck, Paul Newman y otros receptores del mismo galardón.
Ahora estamos en situación de comprender por qué Hepburn y sus seguidores son tan convenientes para las instituciones internacionales. Angelina Jolie es un buen ejemplo de lo dicho. Como embajadora de buena voluntad del ACNUR, ha puesto en marcha un formidable mecanismo mediático en torno al problema de los desamparados. Al fin y al cabo, en este mundo en el que las opciones a elegir se calibran a partir de sondeos de opinión y consultores de prensa, son las celebridades quienes logran revestir el compromiso humanitario de una incuestionable universalidad.




























