La veterana Libertad Lamarque, capaz de planear su papel en teledramas como Soledad (1980) y La usurpadora (1998), capaz también de intervenir en un vídeo musical del dúo Pimpinela en 1997, logró evadirse de la dictadura biológica. Lamarque reclamó su derecho a llegar a centenaria sobre los escenarios, armada con una vitalidad intensa e infatigablemente optimista, de la que hizo gala hasta el día de su muerte, el 12 de diciembre de 2000.
Hija de uruguayo y española, Libertad nace en Rosario (Argentina) en noviembre de 1906. Desde niña, es obvio situarla en el torbellino del folclore popular rioplatense.
Su despliegue refulgente de soprano, impregnado de dramatismo, nos obliga a pensar en una preparación musical medida. De su trayecto inicial conviene retener los papeles sainetescos y, por supuesto, la más firme apuesta del tango, en cuyo nutrido repertorio halla la cantante un medio idóneo para demostrar su solvencia.
En 1930 participa en el filme Adiós Argentina (1930), de Marcelo Parpagnoli. Un año después resulta elegida Reina del Tango en un certamen que la Municipalidad de Buenos Aires organiza en el Teatro Colón.
La empresa culmina en los estudios de grabación RCA Víctor, donde explota su brillo tanguero, siempre seductor y de conseguido efecto, en el registro discográfico.
Luego, ya segura de la victoria, firma un contrato con Argentina Sono Film, compañía encargada de lanzar ¡Tango! (1933), obra sonora de Luis Moglia Barth en cuyo reparto, además de Libertad, intervienen Tita Merello, Azucena Maizani, Osvaldo Fresedo, Edgardo Donato y otros notables de la familia del tango. De aquí en adelante, el álbum de la actriz tiene el aspecto de una colección de fotogramas.
En la página primera puede admirarse su propuesta musical en El alma del bandoneón (1935), de Mario Soffici. No es difícil para ella matizar esa imagen en otro melodrama, en la misma línea apasionada: Ayúdame a vivir (1936). Lo dirige José Agustín Ferreyra, el cineasta que volverá a colaborar con Libertad en Besos brujos (1937) y La ley que olvidaron (1938), culminando así la trilogía que compromete para el éxito a la cantante.
A primera vista, no es difícil entender por qué la serie triunfó. El escrutinio de los críticos ha resaltado su carpintería de melodrama con variación musical. El arreglo es curioso y establece los límites de la ópera tanguera, un subgénero de largo aliento.
De la restante producción de Libertad en Argentina, vale la pena retener Caminito de gloria (1939), de Luis César Amadori, La casa del recuerdo (1940), de Luis Saslavsky, En el viejo Buenos Aires (1941), de Antonio Momplet, y Eclipse de sol (1943), de Saslavsky.
No se me oculta que predomina en esta filmografía el sometimiento a la norma melodramática, aunque Lamarque también disfrute con otro género esencialmente popular, la comedia de costumbres.
El gracejo y elocuencia de la actriz se acentúan frente a la cámara, sin rastro de rigorismo trágico. Por esa fertilidad de inventiva, es la protagonista ideal de La cabalgata del circo (1945), de Mario Soffici.
Muchos hallan en la obra un pasaje singular, situado en el punto extracinematográfico. Durante el rodaje, Lamarque y Eva Duarte —luego Evita Perón— se enzarzan en una riña de fatales consecuencias para la primera. Así, el primer gobierno peronista señala el fundido en negro que clausura la carrera de la actriz en su patria adoptiva.
Resulta para ella consolador el éxito clamoroso de su gira de actuaciones por toda Latinoamérica. Rueda en México Gran Casino (1947), de Luis Buñuel, y vuelve a Buenos Aires ese mismo año para comprobar que los rencores persisten. Verdad es que el fervor del público hispano va derecho al corazón de la estrella, ya sin establecimiento fijo.
Con patrocinio mexicano, compone un ciclo de películas donde su presencia lo hace todo. Por no aburrir al lector, destacaré sólo Huellas del pasado (1950) y La mujer sin lágrimas (1951), ambas de Alberto B. Crevenna, y Escuela de música (1955), de Miguel Zacarías, en la que trabaja junto al cantor Pedro Infante.
Al borrarse algún tanto la memoria del suceso que definió su exilio, la posibilidad de actuar nuevamente en su tierra se convierte en hecho cierto. Pero el tiempo, lleno de mil estorbos, también transcurre para las divas.
Ya en su edad avanzada, Libertad Lamarque disfruta del clima de Miami, sin dicha que le falte, y es tanta su fuerza que aún se apresura en volver a los escenarios de buena gana, rompiendo cuantas barreras quieran oponérsele.
Copyright © Guzmán Urrero Peña. Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas. Reservados todos los derechos.









































































































