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Berthe Morisot  Berthe Morisot. La pintora impresionista
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Centenario de John Wayne y Katharine Hepburn

westernA menudo me pregunto si aún quedan estrellas en Hollywood. Y no me refiero a intérpretes famosos o atractivos, a los que pedimos autógrafos en el vestíbulo de un hotel, sino a esos privilegiados que, al decir de Edgar Morin, determinaban los personajes de sus películas, se encarnaban en ellos y los superaban. Puestos a sincerarse, sería formidable que dicha realeza fuera eterna.

Calculen qué diferencia si pudiéramos disponer hoy de John Wayne o Katharine Hepburn en nuevos largometrajes, resueltos a defender con la misma dignidad ese arte mayor que antaño los transformó en ídolos. Suponiendo −ésa es otra− que el público de hoy aún sepa apreciar a damas y caballeros de tanta categoría.

Hasta aquí los deseos inalcanzables. Fijémonos ahora en quienes se han atrevido a exhibir la misma genética. ¿No es, en definitiva, función del nuevo Hollywood volver la vista atrás? Cuenta Don Siegel que Wayne rechazó el papel de Harry el sucio (1971). La negativa impulsó la carrera de Clint Eastwood, y Duke, celoso de su heredero, quiso enfundarse el magnum de Harry Callahan en McQ (1974) y Brannigan (1975). No me demoraré en esa difícil relación que suele haber entre reyes, príncipes y bastardos. Porque, seamos justos: a ciertas alturas, el cetro de una estrella está al alcance de cualquiera que vaya en su busca.

Con todo, y para que ustedes capten lo que diferencia a un mito de verdad, les diré que nunca faltaron individuos predispuestos a incluir el nombre de Wayne entre su parentela. Fess Parker, sin ir más lejos, se postuló desde los años cincuenta, e incluso sujetaba su brazo izquierdo del modo en que Duke lo hacía en la toma final de Centauros del desierto (1956).

Cuando en 1964 el viejo león se operó de cáncer, un ejecutivo sin escrúpulos dijo que el sucesor −ya sin ningún estigma infamante− era Steve McQueen. Pero lo cierto es que ni el guapo Patrick Wayne pudo prolongar la leyenda de su padre. Sin mejor argumento, el legado del Duque (tradicionalismo y hombría imperturbables) todavía se resiste a admitir continuadores.

Aunque al sesgo y por encima, han adoptado ciertas poses de Wayne actores tan dispares como el niño Henry Thomas (ET), Robert Duvall (Lonesome dove), Sam Elliott (Tombstone), Scott Glenn (Silverado), Russell Crowe (Prueba de vida), Bruce Willis (Armageddon) y Chow Yun­Fat (Un mañana mejor). Hablo de interpretaciones puntuales, claro, y mientras las repaso, me resisto a creer que Charles Bronson y Arnold Schwarzenegger afinaran el mismo estereotipo.

John Carpenter suele decir que Kurt Russell imitó a Wayne en Gran golpe en la Pequeña China (1986). Al oírle, uno tiende a pensar en el acierto de aquella canción de Paula Cole: Where is my John Wayne / Where have all the cowboys gone…

Con su rebeldía a machamartillo, Katharine Hepburn abarca cualidades opuestas a las de Wayne. Lo suyo eran los rumores del Hotel Algonquin, la witty comedy, una elegancia regia −se decía descendiente de Leonor de Aquitania−, la copa progresista a medio vaciar y en la mesa un libreto de Robert E. Sherwood. Pero esto a pocos les importa hoy en la industria, porque con el moderno sistema de promoción una vitola vale más que una actitud.

La nueva Hepburn, repiten algunos. Hasta la sosa de Kate Bosworth dice haber emulado a la gran dama de Hartford en Superman Returns (2006).

Aunque a la Hepburn le gustaba Julia Roberts, el paralelismo con ella se me hace cuesta arriba. Lo mismo vale para Sandra Bullock, a quien algún enterado tuvo la osadía de relacionar con Kate. Claro que, en esto del cine, no hay como pasar buenos ratos buscando coincidencias. Incluso estoy convencido de que Candice Bergen (Murphy Brown), Susan Sarandon (Primera plana), Mercedes Ruehl (Perdidos en Yonkers) o Cybill Sheperd (Luz de luna) no hubieran desentonado en un remake de La mujer del año (1942). Pero ésa es otra historia, y no sirve más que para buscar una doble eficaz.

Quizá sea ya hora de reconocerlo. Si tuviera que recomendar una heredera −dejando de lado a Cate Blanchett, quien supo revivir a Hepburn en El aviador (2004)−, daría una respuesta evidente, y por tanto, engañosa: Emma Thompson. Al cabo, ambas juegan la misma partida. También Emma exalta la ironía frente a la rutina, posee una voluntad militante, de las que suelen traer problemas, y nos enamora con titubeos muy estudiados.

Cuentan que Wayne y Hepburn rodaron El rifle y la biblia (1975) intercambiando sonrisas y cuchicheos. “Que Dios nos asista”, decía él cuando Kate buscaba una forma de estallar. Comprometidos por la explicación mítica de sus biografías, podían volverse huraños frente a un novato. ¿Y cómo no hacer chistes a costa de los imitadores? No porque éstos lo hicieran de mala manera, ojo, sino porque una cosa es ser inmortal y otra parecerlo.

(Publiqué la primera versión de este artículo en las páginas del diario ABC)


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