
Agradezcamos los pequeños favores de la modernidad y de las nuevas tecnologías antes de plantearnos esta duda: ¿cuántas películas se almacenan en nuestra memoria? Gracias al DVD, la respuesta no es tan fácil. Y es que, si nos detenemos a pensarlo, este soporte acumula un muestrario descomunal, a cuyo origen ya es casi imposible remontarse. ¿Sorprendente? Desde luego que sí. Y también placentero.
Como saben, hubo un tiempo en que los recuerdos de un cinéfilo no disponían de algo crucial: la carga de la prueba. Sin posibilidad de atesorar y revisar la película, la evocación flaqueaba, y uno debía fiarse de sentimientos poco certeros.
Entiéndanme bien, no dudo del romanticismo que aún inspiran los programas dobles, las sesiones matinales e incluso los drive-ins. Por supuesto, también defiendo el simple ejercicio de contar las películas, en el que conozco a verdaderos maestros. Pero no hay nada comparable a la certeza de poseer el largometraje y disfrutar de él cuando convenga, repasando aquellas escenas que creíamos olvidadas.
Con todo, y aun tratándose de un festín para los sentidos, los DVDs han proliferado tanto que su exceso puede desorientar nuestro criterio. Aunque necesaria, la amalgama de novedades que invade los comercios resulta, en ocasiones, desconcertante.
Por ello, frente a la impaciencia y la distracción, los títulos clásicos sirven para equilibrar la escala de valores de cada espectador. Pensándolo bien, hay en ellos un modelo válido −y sin duda, placentero− para entender los sentimientos primordiales en torno a los cuales gira nuestra vida.
Como demostración de lo dicho, véase lo que entienden por optimismo Carole Lombard y Fredric March en La reina de Nueva York (1937). Es la misma vibración jubilosa que se adueña del pueblo de Beldford Falls en ¡Qué bello es vivir!Juan Nadie (1941) provoca un consenso entre el público con mejores sentimientos, seguramente porque nos cabe tomar de él lecciones de intachable rectitud. (1946). Aún hoy, el protagonista de
Tampoco es un azar la euforia que rebosa en cada plano de Boda real (1951) ¿Entusiasmo nostálgico? De eso justamente se trata. Al fin y al cabo, el cine clásico nos facilita lecciones cruciales, como si fuera una vida postiza. Es así, reflejándonos en la pantalla, como podemos aprender a ser divertidos, elegantes o valerosos, según se tercie en cada argumento.
Claro que, al margen de ese discurso de buenas costumbres, hay otros motivos por los que el cine de antaño puede considerarse un método de educación sentimental. No en vano, recorre de arriba a abajo los principales desvelos humanos. Cuando Orson Welles encarna al cínico Harry Lime (El tercer hombre, 1949) o al nazi Franz Kindler (El extraño, 1946), refuta los tópicos del villano al uso, lleno de bajezas, y reduce el espacio que separa el pragmatismo de la perversidad.
Incluso una cinta de serie B tan humilde como La noche de los muertos vivientes (1968) esconde una poderosa metáfora sobre la sociedad de consumo, impregnada de horror e ironía.
¿Dónde encontrar modelos frente a las contradicciones morales? Todo indica que la épica ha perdido su vigor en la literatura moderna. Por fortuna, el cine ha resistido esa inercia y, según indicó Borges, todavía repite modelos heroicos en géneros como el western.
No negaré que aún encuentro irresistible ese tipo de aventura fronteriza que, sin perder un destello de su garra, formulan viejos largometrajes como El valle de la venganza (1951) y Raíces profundas (1953).
De todas formas, cuando el buen gusto narrativo se desangra por culpa de la reiteración y de la incultura, nada hay más tonificante que un guión incisivo y bien dialogado, al estilo de aquéllos que abundaron en la edad dorada de Hollywood.
Títulos como Lo que piensan las mujeres (1941) y El extraño amor de Martha Ivers (1946) nos devuelven a una época en la cual se atendía al “cómo” y al “qué” de la narración hasta un punto que casi resulta prodigioso.
Hablo de un tiempo en el que era posible una presencia dramática tan imponente como la de José Ferrer en Cyrano de Bergerac (1950). Un periodo, en definitiva, que proclamaba su propia suficiencia en un arte tan necesario como el de contar historias.
De una cosa podemos estar seguros: conviene exponerse a esta sensibilidad clásica, ahora recuperada en formato digital. Si se remite a ejemplos como los ya citados, el espectador exigente descubrirá, en muchos aspectos, un universo cortado a su medida, lleno a rebosar de tramas inolvidables. Bajo esta premisa, créanme, la felicidad está casi asegurada.
Lo dijo el dramaturgo David Mamet: cualquier entretenimiento que pueda llegar a convertirse en monomanía merece un respeto. Hoy no es difícil constatar esa certeza gracias al cine distribuido en DVD.
En todo caso, más allá del apremio de las ráfagas comerciales, lo cierto es que la adquisición de buenas películas también descubre una pátina de lucidez en los compradores. Siempre se ha dicho que una biblioteca retrata a su dueño. A la altura de nuestro tiempo −qué duda cabe− el coleccionismo audiovisual puede surtir ese mismo efecto.
Mientras que la televisión generalista inspira una mínima confianza estética, el buen cine −ya saben a cuál me refiero− tiende a convertirse en un recurso indispensable. De hecho, esa comparación con la lectura no es forzada: llega un punto en que incluso el best-seller más persuasivo pierde la batalla frente a los clásicos literarios.
Lo mismo sucede cuando se trata de grandes largometrajes. En último término, y sin salirnos del campo cinematográfico, la genuina diversión −intemporal, estimulante, dispensadora de sentido− marca el pulso de nuestra memoria. Y es aquí donde radica la virtud esencial de películas como Lo que el viento se llevó (1939), Casablanca (1942) o Cautivos del mal (1952). Volver a ellas equivale a reconciliarnos con la mejor cultura popular del siglo XX.
Ilustración superior: Errol Flynn y Basil Rathbone en Las aventuras de Robin Hood (1938), de Michael Curtiz © TNT. Cortesía del Departamento de Prensa de Turner Broadcasting System. Reservados todos los derechos.










































































































