
Los anglosajones las llaman heist movies o heist films, y forman un sugbénero que podríamos llamar cine de atracos o películas de atracadores.
Como indica su nombre, la trama de estas producciones gira en torno a un robo –con o sin violencia–, y su principal atractivo reside en comprobar si los personajes alcanzan su propósito. El inventario de títulos es tan variado como sugerente, y abarca largometrajes míticos, al estilo de Atraco perfecto, El quinteto de la muerte, La cuadrilla de los once, La jungla de asfalto y Topkapi.
Confieso que me fascina ver un robo en la pantalla, sobre todo si está bien tramado. De ahí que no me importe ver, una y otra vez, películas como El caso Thomas Crown, de Norman Jewison, Heat, de Michael Mann, Jackie Brown, de Quentin Tarantino, Negocios de familia, de Sidney Lumet, Oro en barras, de Charles Crichton, Un trabajo en Italia, de Peter Collinson, Los violentos de Kelly, de Brian G. Hutton, y Cómo robar un millón, de William Wyler.
No sé muy bien por qué, pero siempre me ha atraído la figura del salteador de caminos. Influye, imagino, su omnipresencia en los westerns de serie B, y también su romanticismo, tan cercano al de aquellos bandidos generosos del folletín español. Para estos cuatreros, la vida iba cuesta abajo, y la fortuna solía presentarse en forma de carreta solitaria.
América es un país joven, y en su mitología, los pistoleros ocuparon un espacio equivalente al de ladrones ingleses como Dick Turpin, muy populares en la crónica negra del XVIII. Lo que son las cosas: a Turpin le quedaba muy lejos el espíritu de la frontera, y sin embargo, ganó su fama entre muchos norteamericanos gracias a una película de 1925, donde era encarnado por ese vaquero legendario que fue Tom Mix.
Pero sería injusto olvidar que en España, el enmascarado de la casaca roja ocupó el escenario de nuestra infancia gracias a las novelas publicadas por Ramón Sopena. Cuando salieron de imprenta, allá por los años veinte, muchos niños no tuvieron dudas en cuanto a lo que querían ser de mayores. Corsarios de tierra adentro, tan gentiles y audaces como Turpin o El Tempranillo. Bandoleros que roban a los ricos, hechos del mismo material que los héroes de Dumas o Sabatini. Esto es: de coraje y predestinación. Dos cualidades servidas –y de qué manera– en películas como Diego Corrientes (1924), del pionero José Buchs.
La verdad es que toda esta fijación resulta, si no enteramente disparatada, por lo menos enteramente singular. En cualquier caso, ese hechizo ha sido siempre un motor de fantasías colectivas. Ahora sabemos que, desde que Edwin S. Porter estrenó El gran robo del tren (1903), la euforia de asistir a un robo figura entre las más intensas que nos ha dado el cine.
Después de Porter, la delincuencia cinematográfica ya no volvió a ser la misma. De ahí en adelante, la ficha policial de Hollywood registró millares de delitos contra la propiedad. El cine negro captó perfectamente la forma de ser de los ladrones, y éstos se dieron cuenta de ello, hasta el punto de que el informe de la escena del crimen parecía sacado de un guión, y viceversa. Esto explica la fama de forajidos con algún muelle suelto, como Bonnie y Clyde. Ennoblecidos por el público, cautivaron a la prensa e inspiraron románticas ficciones en los años de la Depresión (tres décadas antes de que Arthur Penn rodara su famosa película).
En términos creativos, el problema no es la adrenalina sino el uso que se hace de ella. Esta dureza propia del buen hardboiled es, justamente, el rasgo más destacado de Sólo quiero caminar, de Agustín Díaz Yanes. Un thriller de alto voltaje, absorbente y vigoroso, ambientado en una metrópoli, México DF, donde la munición del calibre 12 habla su propio lenguaje.
Las cuatro atracadoras protagonistas –interpretadas por Victoria Abril, Elena Anaya, Ariadna Gil y Pilar López de Ayala– afrontan una aventura sombría. Su escasa fortuna y la lealtad les llevan a poner en marcha un golpe contra un clan de traficantes mexicanos. El jefe de la banda se ha casado con una de ellas, y aunque le propina constantes palizas, también pone en sus manos la oportunidad de vengarse de él por las bravas: planificando un robo con sabor a revancha.
En la memoria de Díaz Yanes, las referencias se amontonan. Admira el thriller moderno, al estilo de El caso Bourne e Infiltrados, pero se mira en el espejo de Jean-Pierre Melville y del polar francés.
¿Qué decir de sus protagonistas? Está claro que ellas carecen de la socarronería que distingue a la cuadrilla de los Ocean’s Eleven o al gitano Mickey O’Neil (Snatch: cerdos y diamantes). Tampoco son ladronas de guante blanco, al estilo de Raffles o Arsenio Lupin, ni cleptómanas como Marnie. Su código genético es, más bien, el de los pistoleros cansados de Grupo salvaje. Quizá por eso mismo, las chicas de Sólo quiero caminar merecen ingresar en el clan de malhechores fatalistas diseñado por Tarantino (Reservoir Dogs) y Michael Mann (Heat).
La suya es una historia amarga, tierna y violenta. Con estos tres atributos, la atmósfera de Sólo quiero caminar viene a definirse con temperamento mexicano –recuerden Sultanes del Sur, de Alejandro Lozano– y devuelve su pulso al cine español sobre la delincuencia: un subgénero que ya prosperó en los sesenta, gracias a las secuelas de Rififi –ahí está la base de Atraco a las tres– y al feliz mimetismo de títulos como Las Vegas: 500 millones. Un ejemplo de la zafiedad con que luego fue tratado el asunto nos lo proporciona el cine de navajeros de la transición.
Como ven, hay muchas tramas, pero se resumen en una sola pregunta: ¿por qué no apropiarse del botín cuando está ahí mismo, esperando que alguien lo robe? Una vida comenzada de nuevo: he aquí el señuelo que todo ladrón, desde la pantalla, murmura al oído del espectador. Y que la factura la pague otro.
Entiendo muy bien que el patio de butacas acabe defendiendo los desplantes de Butch Cassidy y Sundance Kid (Dos hombres y un destino) y hasta el frenesí de “Sonny” Wortzik (Tarde de perros). Al fin y al cabo, son tipos que arriesgan lo imposible cuando la codicia les quema la sangre. En definitiva, material de primera clase para encuadrarlo en el fotograma.
Imagen superior: Atraco perfecto (The Killing, 1956) © MGM Home Entertainment. Reservados todos los derechos.









































































































