Títulos como Planet 51 demuestran que el cine español de dibujos animados tiene un excelente nivel. No obstante, esa calidad no es algo nuevo.
El 19 de diciembre de 2003 llegaron al público dos formidables largometrajes de animación: El Cid, la leyenda, de José Pozo, y Los Reyes Magos, de Antonio Navarro. Con una espectacularidad sobresaliente, ambas producciones pusieron de manifiesto que el nuestro es un país con un especial talento para el dibujo animado.
No hace falta para comprobarlo reconocer el prestigio de quienes forman la Asociación Española de Productores de Animación. Títulos estrenados a lo largo de la misma temporada, como El embrujo del Sur, de Juanba Berasategui, refuerzan la idea de que, entre los dibujantes españoles, la formación técnica y la originalidad de ideas son virtudes extendidas. Por eso, cuando la compañía Dygra Films lanzó su película El bosque animado (2000), muchos espectadores comprendieron que el género no era tomado en estos lares como un objeto de improvisación. Como veremos, nuestra industria es mucho más vigorosa dentro de ese campo de lo que a primera vista pudiera parecer.
Vaya por delante esta advertencia: en tiempos de carestía, los dibujantes españoles han realizado su labor en otras partes del mundo. A causa de una compleja estrategia productiva, el sector de la animación está ampliamente globalizado. De ahí que profesionales hispánicos desempeñen su labor en París, Bruselas, Los Ángeles o Seúl, a veces con un éxito que realza a creadores como Raúl García y Antonio Navarro, conocidos por haber intervenido en grandes producciones de la compañía Walt Disney.
Pese a las dificultades propias de otro tiempo, el cine español de dibujos animados alcanzó su madurez durante la postguerra, gracias a la película Garbancito de La Mancha (1945), de José María Blay. Dos décadas después, llegó a su apogeo creativo José Luis Moro quien diseñó una de las empresas de animación más notables de nuestro país, los Estudios Moro. Aparte de numerosos anuncios publicitarios y de un breve espacio promocional que marcaba el fin de la jornada para los pequeños televidentes —¡Vamos a la cama...! (1964)—, Moro produjo un excelente largometraje: El mago de los sueños (1966), obra del gran animador Francisco Macián. Posteriormente, el mismo estudio lanzó una película de indiscutible mérito, Katy (1983), coproducida por México.
También trabajó con los hermanos Moro el director y dibujante Cruz Delgado, que entró en la citada empresa en 1956. Cinco años después, viajó a Bélgica para colaborar en los Estudios Belvisión, donde se realizaban las películas del personaje Tintín. A su regreso, este artista alcanzó un notable éxito gracias a títulos cinematográficos como El gato con botas (1964), Mágica aventura (1968), Los viajes de Gulliver (1983) y Los cuatro músicos de Bremen (1988). Pero sobre todo, obtuvo renombre por medio de inolvidables teleseries como El desván de la fantasía (1978), Don Quijote de la Mancha (1979-1981) y Los Trotamúsicos (1989-1990).
Aunque durante la década de los noventa el cine de animación español proporcionó creaciones distinguidas —por ejemplo, Despertaferro, el grito del fuego (1990), de Jordi Amorós—, es en la actualidad cuando las perspectivas se le figuran más benévolas, tanto por la intervención del sector televisivo como por la apertura de nuevos mercados internacionales. Y es que, en definitiva, esta nueva generación de animadores no hace otra cosa que renovar con inteligencia ese legado que hemos de agradecer a Moro, Blay, Cruz Delgado y otros artistas de igual mérito, que engrandecieron nuestro cine partiendo de un género principalmente infantil.
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.










































































































