
Aunque no se han hecho muchas películas sobre la vida de Charles Darwin, la influencia de su teoría evolutiva –el proceso de selección natural– ha inspirado numerosos largometrajes.
La mayoría de ellos carecen de rigor científico, pero han alimentado y siguen alimentando con fuerza el imaginario popular. La más reciente de todas ellas es una producción biográfica de la BBC: Creation, de Jon Amiel.
En 1922, Arthur Conan Doyle, en un abarrotado salón de la Sociedad Americana de Magos, recibió a su amigo Harry Houdini antes de presentar en primicia algunos fragmentos de una película todavía inacabada, El mundo perdido, de Harry Hoyt.
El escritor, conocido por haber escrito la novela del mismo título, no aclaró que aquello era una ficción, y durante un buen rato, algunos espectadores creyeron que los dinosaurios que rugían en la pantalla eran auténticos… tan reales como aquellos que, en la ficción aventurera de Doyle, habitaban una meseta inaccesible de la Amazonía.
Al día siguiente, un articulista del New York Times alardeó de sus orejas de burro. Dada la familiaridad del escritor con el espiritismo, el reportero dio a entender que los tiranosaurios y los diplodocus de la película podían ser criaturas fantasmales.
Es interesante observar que el creador de Sherlock Holmes redactó El mundo perdido sin perder de vista la teoría de Darwin. Doyle había nacido en 1859, el mismo año en que se publicó El origen de las especies, y le agradaba pensar que, en algún paraíso perdido, la selección natural hubiera sido imperfecta.
Por aquellas fechas, las intuiciones del darwinismo ya habían pasado al imaginario popular, y también a la ideología, como una sima en la que se enzarzaban materialistas y espiritualistas.
En gran medida, el encanto de El mundo perdido se debe, precisamente, a ese desafío a las fuerzas naturales con el que sueña el común de los mortales.
Con esos reptiles nació lo que podríamos llamar –para entendernos sin dificultad– el subgénero de mundos perdidos. De ahí en adelante, libros como La tierra olvidada por el tiempo (1918), de Edgar Rice Burroughs, y películas como King Kong (1933) forjaron una pesadilla darwinista que llega hasta nuestros días.
En su trato con el evolucionismo, la narrativa popular repite un buen número de prejuicios y de problemas mal enfocados. ¿Gorilas gigantes? ¿Humanoides como el de El monstruo de la Laguna Negra?¿Mutantes que nacen de una explosión nuclear?
Ya, ya sé que la ciencia lo desmiente, pero gracias al cine y a las novelas, todos pasamos a ser cómplices de Michael Crichton cuando soñamos con una tribu de neandertales en tiempo de los vikingos (El guerrero número 13), con dinosaurios devueltos a la vida (Parque Jurásico) o con simios que podrían ser el eslabón perdido (Congo).
El imbatible atractivo de la biología evolutiva la convierte, hoy como ayer, en objeto de consumo cultural, incluso por parte de aquellos que ignoran sus límites y controversias. De hecho, entre todos los factores de la evolución, el proceso de la selección natural es el más cinematográfico.
Esto último, por cierto, nos explica el empeño que motivó su presencia en Fantasía para ilustrar La consagración de la primavera, de Stravinski.
Lo que tiene más difícil explicación es la escasez de cintas sobre la vida de Darwin. El discretísimo éxito del único biopic que conozco, The Darwin Adventure (1972), de Jack Couffer, parece ser una de las razones –y eso que se trataba de una bella película–. De cualquier modo, los seguidores del personaje podremos resarcirnos este año.
Jon Amiel rueda Creation, un largometraje inspirado en el libro Annie's Box: Charles Darwin, His Daughter and Human Evolution, escrito por Randal Keynes, el tataranieto de Darwin.
Quien da vida al científico es Paul Bettany, que ya adoptó esa misma pose en Master and Commander. En realidad, había mucho de Darwin en el médico del “HMS Surprise”, empeñado en recorrer las islas Galápagos en busca de iguanas y tortugas gigantes.
Gracias a Creation, el gran público podrá distinguir la solidez del evolucionismo frente a posturas creacionistas que, dicho sea de paso, ni siquiera los científicos católicos defienden. Baste recordar la figura de Teilhard de Chardin, que zanjó ese falso dilema con el beneplácito del Vaticano.
Por cierto, si quieren asistir a un choque entre ambas posturas, no se pierdan una excelente película: La herencia del viento (Inherit the wind, 1960), de Stanley Kramer. Su guión se basa en un famoso juicio, el llamado "juicio del mono" ("Scopes Monkey Trial"), que tuvo lugar en 1925 cuando un profesor, B.T. Cates, fue acusado por enseñar a sus alumnos los descubrimientos de Darwin.
Darwinismo social
Entre las teorías capaces de arruinar el prestigio de la selección natural, no hay otra más anticientífica que el darwinismo social. Durante décadas, la presión evolutiva –reinterpretada, eso sí, por Herbert Spencer– sirvió para identificar a los individuos, las culturas y las razas más aptas con un escalofriante grado de precisión.
En la actualidad, ese argumento no sostendría ni un mínimo titular en Nature o Science, pero aún dispone de una apreciable ventaja en el cine y la literatura de género fantástico.
Uno de los culpables de esta inercia es el citado Burroughs, padre novelesco de Tarzán. En realidad, a nadie se le oculta que el rey de los monos, dejando aparte el noble encanto de sus aventuras, enlaza con el mito de la superioridad racial anglosajona.
El hombre de la selva es criado por una manada de gorilas y se las tiene que arreglar de peligro en peligro. Sin la ventaja que dan las garras o los colmillos, demuestra su prestigio biológico desde la más tierna infancia. En una ingeniosa transposición de la mentalidad colonial, Tarzán supera en virtudes y espíritu emprendedor a las demás criaturas de la jungla. Incluidas, cómo no, esas tribus incivilizadas y supersticiosas que habitan el mismo territorio.
La condición aristocrática del personaje sale a relucir en en una moderna versión del mito, Greystoke: La leyenda de Tarzán, rey de los monos (1984). Sin necesidad de maestros, este hombre perfecto adquiere habilidades mímicas y lingüísticas. Es más: cuando lo llevan a Inglaterra, su propio abuelo se conmueve, porque reconoce en Tarzán el porte distinguido de su linaje.
La película de Hugh Hudson es interesante por otra razón. El protagonista recibe los cuidados del capitán D’Arnot, un preceptor que parece inspirado en Jean-Marc-Gaspard Itard, aquel pionero de la psiquiatría que a comienzos del XIX reeducó al niño salvaje de L’Aveyron.
A Itard lo recordarán los cinéfilos por aquella preciosa película de Truffaut, El pequeño salvaje (1960), cuya gran lección es tan clara que asombra: confiar en la fuerza de lo aprendido arroja luz sobre lo puramente instintivo.
Mucho antes de que Darwin tradujese el diálogo entre el entorno y el organismo, reconociendo así los principios de la selección, Itard encontró la prueba del valor humano en otro diálogo: el que establecen nuestras emociones cuando se ven estimuladas mediante la experiencia colectiva.
En último término, el sendero del darwinismo social conduce a la supervivencia egoista y al mérito heredado. El de Itard, mucho más compasivo, sugiere que la vida es un asunto que se aprende poco a poco y en compañía.
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en ABCD Las Artes y Las Letras, suplemento cultural del diario ABC.
Paul Bettany en Creation (2009) © Recorded Picture Company, HanWay Films, BBC Films, Icon Film. Fotografía de Liam Daniel. Reservados todos los derechos.










































































































