
En 1987 Arnold Schwarzenegger aumentó su creciente fama con un extraño film en el que se mezclaban diversos géneros como la acción bélica, el suspense, la ciencia–ficción y el terror.
Tras Conan y Terminator, el musculoso austriaco parecía haber encontrado un lugar especial entre otras estrellas del cine de tiros como Sylvester Stallone o Chuck Norris, alejándose de la propaganda de la era Reagan y centrándose en el cine escapista más fantasioso.
El forzudo volvió a dar en el clavo tanto con el proyecto como con el director. Tras trabajar con John Milius y James Cameron, el elegido para dirigir Depredador fue John McTiernan, quien se convertiría en un nombre clave dentro del cine de género con esta misma película y, sobre todo, con su siguiente trabajo La Jungla de Cristal (Die Hard, 1988).
A pesar de sólo tener un film a sus espaldas (Nómadas, 1986), McTiernan deslumbró con su dinámico estilo visual, sus poco convencionales encuadres y un soberbio uso de la profundidad de campo, facultad que potencia la atmósfera opresiva y misteriosa de la jungla en la que se desarrolla la película: un escenario que, según confiesa el propio McTiernan, no resultó del todo óptimo por encontrarse inesperadamente con un bosque de hoja caduca en pleno otoño.
El guión, escrito por los hermanos Jim y John Thomas, es de lo más sencillo: un grupo de duros soldados son enviados a lo que ellos creen es una misión de rescate, en realidad una operación encubierta de la CIA.
Tras un enfrentamiento militar en el que exterminan a todo un campamento de guerrilleros comunistas, los soldados son acosados por un asesino que se oculta en la jungla y que va acabando con ellos uno a uno.
Los protagonistas descubrirán que su enemigo es un cazador extraterrestre en busca de trofeos humanos.
La historia llega a su mejor momento en el enfrentamiento final entre Dutch (Schwarzenegger), líder de los soldados, y el alienígena, un combate de tintes atávicos y no carente de sentido del honor por las dos partes. Todo ello sazonado con la rotunda banda sonora de Alan Silvestri, un auténtico un clásico de la bravura orquestal.
Además de Dutch, el film está lleno de personajes poco realistas, cercanos al mundo del cómic.
En ningún momento se pretende el realismo: es más, el soldado encarnado por el guionista de culto Shane Black aparece en la película leyendo un tebeo del Sargento Rock, toda una declaración de intenciones. Lo mismo sugieren esos créditos finales en los que los personajes saludan al público.
A Shane Black, que se dedica a contar chistes especialmente groseros, se le suman personajes tan memorables como el rudo Blain –mascador de tabaco y operador de ametralladora Gatling, interpretado por el luchador Jesse Ventura, futuro gobernador de Minnesota–, el nativo americano Billy (Sonny Landham), el hombre de la CIA Dillon (Carl Weathers) o Anna (Elpidia Carrillo), la única mujer de la película, pero no por ello el personaje menos valeroso de la cinta.
Y, por supuesto, tenemos al Depredador.
Poco se nos explica sobre su procedencia, sólo que combina la alta tecnología –camuflaje que le hace casi invisible, cañón energético, reclamo acústico, casco de visión térmica, autodestrucción nuclear– con elementos propios de guerreros primitivos humanos –cuchillas, rastas, recolección de huesos y pellejos como trofeo–, combinados para lograr un guerrero prácticamente imbatible.
Su diseño y construcción humanoide corrieron a cargo del desaparecido genio del noble arte de la fabricación de monstruos, Stan Winston, quien ya había alcanzado el éxito junto a James Cameron en Terminator y Aliens.
El propio Winston confesaba que el director de Avatar le regaló la idea más llamativa en el diseño del cazador interplanetario: mandíbulas de insecto.
Entre las influencias de Depredador siempre se cuenta El Malvado Zaroff (1932), el clásico de Schoedsack y Pichel basado en el relato de Richard Connell, pero conviene tener en cuenta la producción de serie B Llegan sin avisar (1980), donde Jack Palance y Martin Landau se las veían con un marciano cabezón que cazaba humanos usando una especie de shuriken–parásitos.
Pese a la simpatía de aquella película y las evidentes similitudes, Depredador es una película bastante superior en todos los sentidos.
Cómo se hizo
John McTiernan y su equipo completaron el rodaje en escenarios naturales de México. Así, Depredador se filmó en Palenque, Villahermosa y Puerto Vallarta, y también se rodaron secuencias en la cascada Misol–Ha, en Chiapas.
Aunque la jungla resulta imponente en pantalla, durante el periodo de filmación (a partir de abril de 1986), su apariencia era menos exuberante de lo deseado. Las condiciones de rodaje, sobre todo en las áreas pantanosas, fueron extremadamente duras.
La lucha entre el fornido Alan "Dutch" Schaeffer (Arnold Schwarzenegger) y el cazador alienígena, aparentemente invulnerable y dispuesto a llevarse de vuelta a su mundo tantos trofeos como le sea posible, se les ocurrió a los guionistas Jim y John Thomas a partir de un chiste que circulaba por Hollywood. Tras el estreno de Rocky IV, decían, la única secuela posible presentaría a Rocky Balboa midiéndose en el ring con un extraterrestre.
El guión fue comprado por 20th Century Fox en 1985, pero quien le dio forma y mejoró la propuesta inicial fue el productor Joel Silver.
Ayudado por los especialistas de Fantasy II Film Effects, Stan Winston había diseñado los complicados trucos de maquillaje de Terminator (1984), entre ellos, un brazo articulado de fibra de vidrio y numerosos efectos mecánicos.
Contratado por Silver, Winston diseñó el feroz aspecto del alienígena cazador. Sin embargo, este trabajo pasó por múltiples vicisitudes. Para empezar, el candidato inicial para interpretar a la bestia, Jean–Claude Van Damme, renunció a su papel tras incómodas discusiones con el equipo.
Le sustituyó entonces el gigantesco Kevin Peter Hall. Sin embargo, Stan Winston no consiguió darle un aire realmente amenazador hasta que James Cameron le aconsejó que diseñara su rostro como si fuera un arácnido o un agresivo insecto: es decir, con quelíceros móviles.
El depredador que ideó Winston es un ser dinámico, cubierto con placas de armadura y dotado de una fisonomía de látex a medio camino entre un humanoide y un anfibio.
Por cierto, la característica fundamental del depredador, su capacidad de volverse invisible, fue llevada a las pantallas gracias a la pericia del experto en efectos visuales Richard Greenberg.
La segunda parte de Depredador, rodada en 1991 con un reparto en el que destacaban Danny Glover, Bill Paxton, María Conchita Alonso y Rubén Blades, es una adecuada continuación de las aventuras del extraterrestre cazador, que en esta ocasión rastreaba sus presas en la ciudad.
Curiosamente, esta moda de extraterrestres poco amigables coincide con un momento de infortunio en la carrera espacial americana. La euforia vivida por los Estados Unidos desde el despegue del transbordador Columbia se extinguía en 1986, cuando el Challenger estallaba al poco de emprender un vuelo de fatales consecuencias para sus siete tripulantes.
Sueños que se prometían cercanos, como el autobús espacial y las colonias en la Luna, regresaban al terreno de la ficción especulativa ante la visión de una desgracia que evidenciaba los riesgos del proyecto diseñado desde la NASA.
Copyright del texto © Vicente Díaz. Reservados todos los derechos.
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