Cine y Letras

Berthe Morisot  Berthe Morisot. La pintora impresionista
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Diálogo con Rafael Azcona

Rafael AzconaRafael Azcona (1926-2008) fue el mejor guionista de la historia del cine español, y su ingenio quedó de manifiesto en libros, en artículos y en diversas intervenciones públicas.

"¿Cuándo podría reunirme con usted otra vez?", le dije, cuando ya se iba. "Escríbeme al correo electrónico. Pero con todo lo que ya he dicho hoy...", respondió, con una sonrisa.

No le faltaba razón. Acabábamos de asistir a su intervención el 12 de abril de 1999 en la Fundación Cultural Mapfre Vida, dentro del curso Esencia de verbena: Las máscaras de la modernidad, que dirigía Agustín Sánchez Vidal.

A lo largo de aquel encuentro, Rafael Azcona respondió a preguntas y también formuló algunas en voz alta. Resumiendo aquella fascinante charla, publiqué después un artículo en la revista Cuadernos Hispanoamericanos, que ahora reproduzco en su integridad.

¿Cómo llegó al proyecto de Tranvía a la Malvarrosa?

Cuando leí la novela de Manuel Vicent, me gustó tanto que, modestamente, propuse a José Luis García Sánchez que la leyera con el propósito de animarlo a dirigir su adaptación cinematográfica, cosa que hizo en 1997.

En este sentido, es verdad que durante la lectura me reconocí en el adolescente protagonista, pero sólo en parte, pues provengo de otra latitud.

Manuel escribe acerca de Valencia, y Levante siempre ha sido una tierra más libre que aquélla donde nací, La Rioja.

Visto con esta luz, me viene a la memoria el párroco del pueblo de mi madre, alavesa, diciendo en su homilía: «¡En esa Babilonia moderna que es Vitoria..!»

La novela de Vicent es una obra sensorial y este carácter no parece habitual en nuestras letras, dado que la literatura española ha ofrecido durante demasiado tiempo textos químicamente puros, en los cuales la gente no sudaba, no comía, y pensaba, sólo pensaba.

Quien protagoniza la novela es un niño disfrazado. Está disfrazado para que los mayores no sepan quién es en realidad y tampoco adviertan lo que lleva dentro, como a mí me sucedió cuando era un adolescente. Y al pasar ese muchacho por Valencia le ocurre lo mismo que mí en Madrid: puede quitarse la careta y reconocer a los suyos con una mirada. Descubre así personas que le prestan libros, personas que entienden el amor y las relaciones de otra manera. Personas, en definitiva, que abren horizontes nuevos en su vida.

Como guionista, ¿fue para usted una adaptación complicada?

Adaptar este libro al cine fue una tarea fácil, porque su autor, dotado de una extraordinaria capacidad de fabulación, ha descrito tan magistralmente ambientes y personajes que casi me limité a pasar un scanner por sus páginas para completar el guión.

Hubo, bien es verdad, un contraste de pareceres con el director, más joven que yo. García Sánchez discutía conmigo acerca del hecho de pasar de un medio rural a la ciudad, y le confirmaba yo las dificultades y la persecución que vivían los jóvenes de mi tiempo.

De ello es muestra que si un chaval estaba sentado con su novia en un café, tomando chocolate con picatostes, y tenía la debilidad de cogerle la mano a la joven, el camarero se acercaba de inmediato para exclamar: «¡A mí nadie me pone el gorro!», cosa que nunca he entendido lo que quiere decir.

La ocupación exclusiva de los guardias del Parque del Retiro era perseguir a las parejas, y si descubrían a dos jóvenes dándose un beso entre las frondas, decían aquello de «¡Te cogí!». Hemos de reconocer que España, en aquella época, era un lugar horrible.

Sin duda, cualquier tiempo pasado fue peor.

Por ejemplo, carecíamos de esa ventana que es la televisión. En mi casa había una ventana, pero no daba a ninguna parte; tan sólo veíamos una pared.

Y resulta, en esto, que ahora puedo ver por el monitor estupendos conciertos de música clásica que, de lo contrario, no vería nunca.

Algo parecido sucedía con los chicos cuya ilusión consistía en ser directores de cine, limitados a los libros en su formación, pues fuera de los textos no había manera de aprender nada.

Quien vivía en Madrid podía ir al cine, pero en provincias existía un tío con una bicicleta, llevando los rollos de un pueblo a otro. Era una cosa tristísima, pues se hacían muy pocas copias. Por esa razón, cuando alguien conseguía viajar a París, se pasaba doce horas viendo películas en la Cinemateca.

Todo esto es muy diferente ahora, pues cabe la posibilidad de comprar o alquilar vídeos en unos grandes almacenes, accediendo así a una formación audiovisual del todo diferente.

Eso también se transmite en la película.

A decir verdad, pese a la luz, alegría, música y olores que ofrece la novela de Vicent, también refleja mucho sufrimiento, pues el protagonista desea escapar de la sociedad que habita, sin saber bien cómo hacerlo.

En este aspecto, se trata de un libro de iniciación. Despojándose del disfraz, el chico consigue alcanzar la madurez, y con ello quedan atrás muchas cosas. Ahí están el burdel, los amigos, las noticias burdas, el machismo.

Sin embargo, cuando recibe información, se transforma en un ser mejor. Configuran ese nuevo carácter personajes como el profesor que le presta libros y guía sus pasos hasta una de esas librerías que había entonces, donde uno entraba haciéndose el imbécil para conseguir textos prohibidos. Lo cual viene a destacar uno entre tantos atrasos de aquella época.

Naturalmente, la gente pasaba el rato en el café, pero era porque resultaba insoportable el frío de las casas, auténticos ventisqueros, y en los cafés había calor animal. Es más, en un pueblo de Álava he ido a un cine que se calentaba con un rebaño de ovejas que allí encerraban durante la noche.

Reflexionando sobre todo esto mientras preparábamos la película, García Sánchez me dijo algo que para mí no sólo es verdad, sino también muy esperanzador: «Entre la mentalidad de mi abuelo y la de mi hija hay más diferencia que entre la física de Newton y la de Einstein».

Cierto es que no coinciden el progreso material y el progreso moral, pero ¿qué le vamos a hacer?

Con esta inquietud, un amigo mío le decía a Pío Baraja: «Don Pío, yo no creo en el progreso», a lo cual contestaba el escritor: «¡Ah! ¡Entonces usted no toma aspirina!».

Ahora todo es pasajero. La sociedad de consumo lo cambia todo con un ritmo vertiginoso.

Si hago memoria, recuerdo que de niño tenía la impresión de que las cosas eran para toda la vida. Se da el caso de que cuando te compraban unas botas, clavaban tachuelas en la suela para que no se gastaran, de forma que me resbalaba constantemente.

Ahora se abusa del consumo y derrochamos de forma horrible. Tanto, que uno se avergüenza.

A pesar de todo ello, también es verdad que se habla de los grandes almacenes con un sentido demasiado peyorativo. Azorín decía que, al visitar una ciudad, lo primero que hacía era visitar el mercado.

Por lo general, acudo con frecuencia al supermercado porque veo que la gente está muy contenta. Se trata de un pasatiempo fantástico, porque muchos van allí para no comprar nada. Incluso hay familias que envían a los mayores con unas pesetas o la tarjeta de crédito para comprar algo, y así permanecen ocupados y se sienten muy útiles, tanto como mi abuelo, campesino, cuando arreglaba los arneses o afilaba una hoz.

Van con sus carritos, se hacen unos líos espantosos y tardan mucho en pagar, pero acuden, como los demás, a esa especie de templo de la economía de consumo que son los grandes almacenes.

¿Y usted? ¿Qué siente al pasear por los centros comerciales?

Cuando compro, me siento tonificado. Soy aficionado a los utensilios de oficina y tenía un amigo, Tono, a quien le gustaban incluso más que a mí, a tal extremo que, cuando le dieron un Seat 600 en aquel tiempo en que resultaba tan difícil tener coche, lo primero que hizo fue venderlo para luego irse a Tánger y allí adquirir material de oficina.

Hay cosas que, al cambiar, provocan inquietud. Ahora se habla, por ejemplo, de aspectos negativos de la juventud.

Ha pasado siempre que el joven es hasta disoluto, pero no creo que sean peores los chicos de hoy. La televisión habla de los malos, pero eso me recuerda lo que dijo una vez mi sobrino.

Era pequeño y cierto día se metió en la lavadora. No lo encontraban, así que provocó un horrible disgusto a la familia, pero al decirle: «Tienes que ser bueno», él contestaba: «Es que si soy bueno me aburro».

Los responsables de la televisión saben que los buenos aburren mucho y destacan a los malos.

No obstante, el número de jóvenes bondadosos es infinitamente superior. Los chavales de ahora van menos disfrazados que yo cuando tenía su edad.

¿Cree que los medios audiovisuales acabarán con la cultura literaria?

Por muchos que sean los abusos cometidos en el ámbito de la cultura audiovisual, no creo que imposibiliten la creación de esa maravilla que es el fenómeno literario.

Además, si al espectador no le da tiempo a reflexionar sobre aquellas imágenes que, reiteradamente, vuelcan en su casa, su defensa es apagar el receptor. Y en este ámbito, no creo que una imagen valga más que mil palabras.

Puede ser que valga más que mil palabras mostrar un triángulo, pero la palabra otoño es muchísimo más sugerente que una fotografía del Parque del Retiro en otoño.

Frente a toda esta defensa de lo audiovisual, reconozco que me agrada más leer que ir al cine. Para ver una película en una sala es preciso salir de casa y constituirse en público.

En cambio, para ejercer la lectura basta meterse en la cama, encender la luz y, si no se comprende algo, retroceder unas páginas.

Si veo una película, la velocidad resulta excesiva para mí, así que tengo que preguntar constantemente a mi compañero de butaca.

Con todo, y dejando aparte mi pasión por los libros, sucede a veces que al ver una película he tenido la sensación de que me enriquecía y me explicaba la realidad con la lucidez de un gran texto literario.

La única contrariedad es que no se haya producido una manera de narrar cinematográficamente cuentos o novelas-río; toda película debe durar entre hora y media y dos horas, lo cual suele obligar a comprimir o extender los escritos adaptados.

Sin embargo, al existir el vídeo, no debiera darse un problema como ése, pues la duración en ese formato es muy flexible.

Aparte de un lector empedernido, soy un novelista frustrado. En el mundo hay dos objetos particularmente hermosos: las botellas, sobre todo las de alcohol, y los libros.

Isaac Asimov escribió un ensayo estupendo en el cual explica cómo preparaba una conferencia durante un viaje, y en un determinado momento se puso a pensar en un medio de información más manejable que los lanzados en la era de las computadoras.

Un sistema portátil, con poco gasto energético y dotado de todas las perfecciones que pudieran imaginarse. De repente, descubrió que tal sistema ya estaba inventado: es el libro.

¿Es verdad que antes se leía más que ahora?

Cuando llegué a Madrid en 1950 nadie leía en los medios de transporte. Todo lo más, los viajeros llevaban el ABC para tapar el zurcido del traje.

Hasta la década de los setenta no empecé a ver gente leyendo el periódico en el autobús o el metro. Así que la primera vez que viajé a París y vi aquellas inmensas librerías, me parecían inconcebibles.

Llegué a pensar que, por esa manía que tienen los franceses de actuar como depositarios de la cultura, Malraux había dado la orden de que se compraran los volúmenes para luego, los sábados por la noche, recogerlos en camiones y reciclarlos, y así volver a llenar las librerías más tarde. En todo caso, consideraba imposible que se pudiera leer tanto.

Publiqué la primera versión de este artículo en la revista Cuadernos Hispanoamericanos.


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