
Los Pathé, frente al delicado espectáculo que Méliès ofrecía a los espectadores, apostaron por la variedad y la amplitud de producción.
Entre sus fichajes más sobresalientes, además de Segundo de Chomón, figura un antiguo prestidigitador llamado Gaston Velle, que rodará para esta productora Un sueño de luna llena (1905) y Voyage Autour d'une Etoile (1906).
Convertido en el hombre de confianza de Pathé, Velle colaboró junto a Lucien Nouguet y Ferdinad Zecca en la producción de diversas películas de ciencia-ficción. El propio Zecca rodó por esta época su Rêvé à la Lune (1905), y el genial Louis Feuillade (1873–1925) escribió en 1906 el guión de un Voyage dans la Lune realizado por Romeo Bosetti (1879–1946), explotando una vez más la veta descubierta por Méliès.
Otro de los temas tratados con preferencia por la ciencia-ficción de primera hora fue el de la invisibilidad. Así, Méliès realizó en 1904 El invisible Siva, cinta que aprovecha con ingenio la magia del paso de manivela. Muchos títulos siguieron su estela con gratificante empeño; basten como muestra The Invisible Fluid (1908), realizada por Bitzer, el operador de D.W. Griffith, The Black Box (1915), de Otis Turner, Der Yoghi (1916), de Paul Wegener y Rochus Gliese, y El rayo púrpura (1923), de Roland West.
Inspirado en la novela de H.G. Wells La guerra en el aire, el realizador Walter Booth dirigió The Airship Destroyer en 1909, y continuó su periplo aéreo con The Aerocab and Vacuum Provider (1909), The Aerial Submarine (1910) y The Aerial Anarchist (1911).
Thanhouser produjo en 1910 una versión de la obra de Wells, Cuando el durmiente despierte, titulada Looking Forward. Es ésta la primera de las películas que abrían de explorar las posibilidades de la animación suspendida. Cine de evasión para un tiempo marcado por una guerra que asolaba Europa, circunstacia que también tuvo su reflejo en el género. Películas como The Scenario Writer's Dream (1915), The Battle Cry of Peace (1915), The Fall of a NationA Zeppelin Attack on New York (1917) abordaban el tema de una posible incursión germana en territorio americano. (1916) y
Tomando elementos de las dos novelas de Julio Verne en las que aparece el Capitán Nemo, los hermanos Williamson rodaron para la Universal 20.000 Leagues Under the Sea (1916); todo un alarde de efectos especiales con la espectacularidad de la fotografía subacuática en el que la crítica consideró uno de los filmes más fascinantes de ese año.
Y abriendo el fuego de los tópicos, la primera invasión alienígena llega a las pantallas con A Message from Mars (1913). En esta ocasión el marciano protagonista, interpretado por E. Holman Clarke, distaba mucho de ser maléfico, cosa que no ocurre con el siguiente arquetipo que nos ocupa: el sabio lunático. La mayoría de autores apunta que uno de los primeros científicos locos de la historia del cine fue el protagonista de La Folie du Docteur Tube (1914) de Abel Gance. La manera en que el director francés distorsionaba las imágenes marcó una senda que pronto habrían de seguir obras como El Gabinete del Doctor Caligari (1919). Gance se había acercado previamente al género con Les Gaz Mortels (1916).
Mientras en Francia se proyectaban con éxito seriales como Fantomas (1913) o Les Vampires (1915), ambos de Louis Feuillade, en Alemania este tipo de realizaciones tomaban un camino menos liviano; Homunkulus der Fürher (1916) es buen ejemplo de ello. Dividida en seis partes, la obra de Otto Rippert se inspira lejanamente en el Frankenstein de Mary Shelley.
La acción de la película tiene lugar cuando el doctor Hansen crea un hombre artificial de portentosa inteligencia. Carente de alma, el nuevo ser resuelve tomar venganza de los humanos lo que le lleva a convertirse en dictador de un vasto territorio, oprimiendo terroríficamente a sus infelices pobladores. Conducido por el odio, el homúnculo pone en marcha una guerra mundial. Finalmente, los Dioses piensan que su maldad ha llegado demasiado lejos y deciden acabar con su existencia cuando éste blasfema contra Ellos, de tal modo que un rayo carboniza al que llaman servidor del diablo.
Las primeras versiones de la biogénesis artificial –el tema tratado en Homúnculus– no son especialmente científicas. Amigo de Goethe y de Brentano, Ludwig Achim Von Arnim (1781–1831) describió en Isabel de Egipto o El primer amor de Carlos I dos seres creados por el hombre: el homúnculo de la mandrágora crecida bajo las lágrimas del ahorcado inocente y el golem, la figura de barro en cuya frente reposa una fórmula secreta de los cabalistas. La popularidad definitiva del golem llegaría décadas después, gracias a la pluma del austríaco Gustav Meyrink.
Pero sería durante una lluviosa noche de junio de 1816 cuando habría de gestarse el modelo definitivo de este mito fantacientífico. Lord Byron, Claire Clairmont, Polidori, el poeta Shelley y su esposa, Mary Wollstonecraft Shelley, se reunieron con la idea de alumbrar cuentos oscuros. De la imaginación de la joven Mary nació una de las tragedias más importantes de la ciencia-ficción: Frankenstein o el moderno Prometeo. La ciencia no podrá dar una tibia réplica a este mito hasta 1912, cuando Carrel realice los primeros cultivos de tejidos.
Y será poco tiempo después, durante el turbio periodo de la Gran Guerra, cuando llegue a las pantallas la pelicula que nos ocupa, sin duda una de las más singulares variantes de este motivo. Homúnculus recibió una excelente acogida por parte de un público que en la retaguardia esperaba con ansiedad noticias acerca de los combates en Verdún o Jutlandia. A tal punto llegó el éxito de la cinta que la moda de Berlín no tardó en reflejar la estética de su protagonista, el danés Olaf Föns.
Para analizar esta película es importante comprender el ánimo que dominaba a Alemania en aquella época, su inmadurez política y el complejo histórico que empujó a una sociedad desvertebrada al sendero del nazismo. Homúnculus es un golem consciente, un golem que ve cómo su ansia de amor se ve frustrada por el rechazo de los humanos, un golem que se venga encarnando los demonios ocultos del pueblo alemán. Como Hitler, será dictador de un gran país, fomentará las revueltas sociales para justificar la represión estatal y provocará el estallido de una guerra mundial. Es el suyo un anhelo de destrucción de raíz sádica, pero explicable a poco que se analicen sus motivaciones. Su castigo final tendrá un carácter simbólico; hendido por el rayo en lo alto de una cumbre –como aquellas que soñara Kaspar David Friedrich–, Homúnculus pagará por adentrarse demasiado lejos el el bosque del irracionalismo. Sus odios son los odios de una Alemania desorientada en su permanente atracción por el abismo.









































































































