
En cierto modo, lo que nos atrae de los aventureros en la ficción no es tanto su coraje como su encanto.
Quizá el caso del éxito de Indiana Jones sea particularmente ilustrativo a este respecto. Le acucia algo más que el deseo de hallar tesoros y descifrar enigmas. En un mundo que pierde la inocencia a pasos agigantados –hablamos de los años treinta y cuarenta–, el Dr. Jones da la impresión de llevar toda su vida practicando una disciplina infinitamente más divertida y asombrosa que la arqueología.
Quizá, a fin de cuentas, Indy prefiera invadir nuestros sueños desde un territorio crepuscular. Un territorio en el que todo es posible porque está blindado por la magia.
Leo las páginas de Indiana Jones: Historia de una saga como si el libro fuera una biografía. Es cierto que este magnífico volumen cuenta todo lo confesable sobre los rodajes de las cuatro películas producidas por George Lucas y dirigidas por Steven Spielberg. Pero entre líneas, el líbro también sirve para alimentar la leyenda de Indiana como si éste fuera un personaje real.
El texto lleva la firma de un sólido estudioso, el francés Laurent Bouzereau. A los coleccionistas de DVDs el nombre debe sonarles, pues Bouzereau se ha especializado en escribir y dirigir documentales. De hecho, ha rodado más de 150 making-of en los que se notan sus orígenes de cinéfilo al viejo estilo.
Claro que no les hablo de un simple mitómano. Antes de ponerse tras la cámara, Bouzereau ya había firmado innumerables crónicas para L'Ecran Fantastique y Globe. Tras la edición de su libro The De Palma Cut (1988), el sello Criterion lo contrató para que escribiera y rodase los extras de sus laserdiscs. De ahí en adelante, su prestigio se ha ido consolidando.
En Indiana Jones: Historia de una saga, Laurent Bouzereau y J.W Rinzler recorren la trayectoria del personaje desde En busca del Arca Perdida (Raiders of the Lost Ark, 1981). Esto es: desde el momento en que el doctor Jones viaja al Egipto de 1936 y se enfrenta al arqueólogo francés Belloq y a un buen número de comandos nazis.
El recorrido, sobra añadirlo, no termina ahí. Pese a que no muchos espectadores se dieron cuenta, Indiana Jones y el Templo Maldito (Indiana Jones and the Temple of Doom, 1984) no era una continuación, sino una precuela. Esta vez los misterios tenían lugar en la India colonial de 1935.
En el tercer largometraje de la saga, Indiana Jones y la Última Cruzada (Indiana Jones and the Last Crusade, 1989), llegamos al año 1938. Una vez más, los nazis se interponían en la ruta de Indy, que en este caso adquiría resonancias artúricas. Fíjense que el tesoro a conseguir era nada menos que el Santo Grial.
Pero el tiempo ha pasa, e Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal (Indiana Jones and the Kingdom of Crystal Skull, 2008) nos presenta a Harrison Ford –64 años: ahí es nada– en su madurez, luchando contra los soviéticos en un escenario que resume el pulp de los años cincuenta: selvas ignotas, templos abandonados y naves extraterrestres. Tiene su gracia que el personaje, a ratos cínico, a ratos un romántico incorregible, sea tan identificable con Harrison Ford.
Al leer Indiana Jones: Historia de una saga, un recuerdo prevalece sobre los demás: el de aquella conversación informal de la que nació el héroe.
Pongámonos en situación: Lucas y Spielberg se toman unas vacaciones en Hawai, poco antes de que se estrene La guerra de las galaxias (Star Wars, 1977). Con la mirada fija en la línea del horizonte, charlan acerca de la literatura pulp, las películas de episodios e incluso las cintas de James Bond.
En este diálogo, adquiere forma el personaje de un nuevo proyecto. De acuerdo con los intereses de sus creadores, Indy viene a ser un collage, cuyo referente principal es Harry Steele, el cazatesoros interpretado por Charlton Heston en El secreto de los incas (The Secret of the Incas, 1954), la inolvidable cinta de aventuras de Jerry Hopper.
El vínculo del doctor Jones con la historieta viene dado por el diseñador del personaje: el dibujante Jim Steranko. Severamente vigilado por George Lucas, Steranko decidió que al arqueólogo le iría bien lucir una cazadora de piloto, cartucheras y un sombrero fedora como el Harry Steele. Por supuesto, el látigo es un souvenir de El Zorro, de acuerdo con la interpretación que Douglas Fairbanks hizo del famoso enmascarado.
¿Quieren saber más? Tómense su tiempo y disfruten del libro de Bouzereau y Rinzler. No puede extrañarnos su éxito.









































































































