En octubre de 1997, el director John Landis respondía a una entrevista rutinaria en su oficina de Los Ángeles. Preguntado por diversos efectos especiales de maquillaje –Landis trabajó con Rick Baker en El hombre lobo americano en Londres–, empezó a hablar sobre otro maestro en la materia, John Chambers. “Chambers es un genio –dijo–. Él fue quien hizo todas esas máscaras para El planeta de los simios, ¿sabe?”.
Una cosa llevó a la otra. Landis se fue animando, y de pronto, como dejándolo caer, confirmó uno de los rumores más singulares de Hollywood. “Seguramente conoce toda esa historia del bigfoot –comentó–. Una especie de humanoide peludo, que habita en los bosques. Algo así como el yeti… De hecho, circula por ahí una famosa película en la que aparece un bigfoot caminando entre los árboles... Pues mire, esa criatura que la gente considera un auténtico bigfoot era simplemente un disfraz elaborado por John Chambers”.
Roger Patterson, antiguo jinete de rodeo y autor del libro Do Abominable Snowmen of America Really Exist (1966), filmó esas imágenes el 20 de octubre de 1967, en Bluff Creek, California. Se trata tan sólo de 952 fotogramas, pero han bastado para convencer a muchos de que el popular homínido es algo más que una invención.
Lo que nadie se había atrevido a decir en público es eso que Landis, buen conocedor del medio, remachó en su entrevista.
Esto es, que Chambers (si lo desean, un magnífico simulador) era el creador del bigfoot.
El viejo maquillador, dicho sea de paso, negó una y otra vez su relación con la película de Patterson. No obstante, en el fondo sabía que las palabras de Landis escondían un formidable elogio. En realidad, era tanta su habilidad con los efectos especiales, que sólo él era capaz de crear un trucaje tan convincente.
A lo largo de su carrera, John Chambers fue básicamente un investigador de laboratorio. Experto escultor, se especializó en trabajar con látex y modernos adhesivos, obteniendo en sus matraces y tubos de ensayo nuevas fórmulas, cada vez más eficaces. Para que se hagan una idea: sin sus hallazgos, hubieran sido imposibles casi todos los monstruos y alienígenas que pueblan el moderno cine fantástico.
Gracias a su experiencia médica durante la Segunda Guerra Mundial, moldeando dentaduras y prótesis, la NBC le contrató para que se incorporase a su departamento de maquillaje y caracterización.
Hoy sabemos que, al tiempo que desarrollaba esa labor para series como Misión imposible y La familia Munster, Chambers formó parte del grupo de agentes externos de la CIA.

Su primer trabajo de importancia en el cine fue La lista de Adrian Messenger (The List of Adrian Messenger, 1963), durante cuyo rodaje creó diez identidades distintas para Kirk Douglas. En el mismo film, convirtió a Burt Lancaster en una corpulenta mujer y maquilló de gitano a Frank Sinatra.
En 1967, mientras Chambers estaba trabajando en Europa en una serie de televisión, recibió la visita de otro maquillador, Ben Nye Sr., que le propuso trabajar en una gran producción que estaba en marcha, la ya citada El planeta de los simios (The Planet of the Apes, 1968).
La revolución técnica que supuso este largometraje se resume en esta idea: las máscaras de los simios eran tan realistas que el público olvidaba que tras ellas había siempre un actor humano.
Pero no fue una tarea fácil. Después de probar varias prótesis intercambiables, el primer problema del equipo de maquilladores fue encontrar la manera de que las voces no sonaran muy graves y apagadas, ya que la gomaespuma absorbía el sonido. Finalmente, mejoraron la forma de los labios falsos y pintaron a los intérpretes las mandíbulas de negro, para de ese modo evitar reflejos de la dentadura real.
Asimismo, emplearon nuevas combinaciones de pigmentos para que los actores no tuvieran problemas de oxigenación cutánea. Por decisión de John Chambers, utilizaron una base de plástico que se podía rociar a baja presión. De ese modo, la gomaespuma, muy porosa, permitía que el sudor atravesara la máscara.
El rodaje de El planeta de los simios fue endiabladamente complicado para los aprendices de Chambers. Las altas temperaturas que se registraban en el Cañón de Malibú, donde se localizó la película, obligaban a enfriar con agua los trajes de neopreno que usaba el reparto. De ahí que se empleara en mayor medida un material, el látex, por su idónea fijación a la piel aun en condiciones climatológicas adversas.
Chambers sabía que la espuma de látex propiciaba una buena gesticulación. No obstante, varios actores abandonaron el proyecto a causa del engorroso maquillaje. Así ocurrió, por ejemplo, con Rock Hudson y Edward G. Robinson, contratados inicialmente para dar vida al chimpancé Cornelius y al orangután Zaius.
A partir de su labor en El planeta de los simios, Chambers se empleó a fondo en secuencias muy concretas de determinadas películas. Así, durante la filmación de Valor de ley (True Grit, 1969) hizo unos dedos falsos para que John Wayne los amputara. En Justine (1969), trucó las heridas de un campesino egipcio. Asimismo, esculpió la cabeza de una de las víctimas de Tiburón (Jaws, 1975) y también las populares orejas del Dr. Spock (Leonard Nimoy) en la saga de Star Trek.
Casi al completo, como quien asiste a una convención, el equipo original de El planeta de los simios se reunió durante el rodaje de La isla del Dr. Moreau (The Island of Dr. Moreau, 1977). Con la ayuda directa de Dan Striekpeke, Tom Burman y Sandy Howard, Chambers y los suyos diseñaron a los numerosos humanoides de la película.
Preocupado por dificultades imprevistas, Strieckpeke viajó a las Islas Vírgenes, y tras comprobar las condiciones del set, regresó a Los Ángeles con la conclusión de que debían usar apliques de pelo, ya que la fijación tradicional con cola era incompatible con el clima húmedo de la zona.
Para la secuencia en la que el Hombre Toro (Bob Ozman) lucha con un tigre, Striekpeke fabricó un casco de fibra de vidrio para proteger al actor, lo cual, según parece, salvó la vida al bueno de Ozman en más de una ocasión.
Como ya habrán intuido, John Chambers casi nunca trabajó solo. Sus diseños fueron realizados y aplicados por otros artistas que posteriormente emprendieron carreras en solitario.
El más importante de todos ellos fue Fred Blau. Cuando la Fox emprendió en 1967 la producción de El planeta de los simios, Blau se encargó de caracterizar a Roddy McDowall. Tiempo después, lo volvió a maquillar para su papel de Cornelius en Huida del planeta de los simios (Escape from the Planet of the Apes, 1971), y como César en La conquista del planeta de los simios (Conquest of the Planet of the Apes, 1972) y Batalla por el planeta de los simios (Battle for the Planet of the Apes, 1974). Finalmente, Blau, animado por Chambers, convirtió a McDowall en el simio Galen de la serie televisiva inspirada en el mismo argumento.
En 1982, el veterano Chambers fue llamado por Ridley Scott para que revisara los maquillajes de Blade Runner. Por razones sindicales, su contribución a esta obra maestra no fue reconocida en los títulos de crédito.
La nostalgia suele ser el destino de los maestros, y no cabe duda de que eso le ocurrió a John Chambers en el sanatorio geriátrico donde transcurrió parte de su vejez.
Sin duda, debió de ser chocante para el anciano que algún que otro periodista, de los que prefieren dedicarse a lo oculto y a lo paranormal, se acercara a él para preguntarle por el dichoso bigfoot.
Observen la paradoja: Chambers, casi un químico, empeñado en convertir los efectos especiales en una ciencia, interrogado acerca de un monstruo cuya existencia parece indemostrable. A veces, de ahí a la descortesía media un pequeño trecho.
(Este artículo contiene citas de mi libro Cinefectos)








































































































