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Paul Newman. Crónica de una leyenda

Paul Newman

Víctima de un cáncer terminal de pulmón, Paul Newman ha abandonado este mundo a los 83 años de edad. No hace mucho, tomó una decisión dramática: abandonar el hospital donde lo trataban para regresar a su hogar, convencido de que era el momento de poner en orden su herencia y despedirse de sus seres queridos.

Ya saben que cuando una estrella alcanza su crepúsculo, los medios suelen vigilar la zona circundante, redactando obituarios por anticipado. Mil secuencias rápidas aturden al telespectador, y los viejos recuerdos de Newman en su apogeo se entremezclan con imágenes de su última etapa.

Un periodo en el que, por cierto, hallamos títulos memorables como Al caer el sol (Twilight, 1998), de Robert Benton, y Camino a la perdición (Road to Perdition, 2002), de Sam Mendes. En todo caso, imagino que en esas noticias sobre su fallecimiento reaparecerán datos falsos y mitos que el propio actor puso en circulación. No en vano, Newman ha sido un bromista capaz de reinventarse a cada momento, como si él mismo fuera un personaje de ficción.

 Lee Strasberg, su maestro en el Actor’s Studio, decía que Paul Newman habría sido tan buen actor como Marlon Brando si no hubiera sido tan atractivo. De hecho, bajo cualquier ángulo, la prueba de su fotogenia fue siempre concluyente. Acaso por una cuestión de ADN, Newman figura como uno de los tipos más seductores de la historia del cine. Incluso en su última aparición pública, cuando en mayo de 2008 acudió puntualmente a su cita en el circuito de Indianapolis, quedó claro que las metástasis no habían logrado acabar con el brillo de su mirada.

De momento, la enfermedad nos arrebata su simpatía y su distinción, convertidas ya en material de filmoteca. Pero esa lenta despedida del actor nos facilita la rara oportunidad de comprobar algo interesante: en qué medida fue el auténtico Newman –ése cuya intimidad se desconoce– idéntico o parecido a la imagen que de él proyectaron los medios.

Sin duda, sus dos últimas décadas como actor supusieron una lucha contra la decadencia biológica. En este sentido, la primera contradicción que se aprecia en un personaje que se jacta de ser un eterno galán es la necesidad de maquillarse para parecer más joven. Cuando Paul Newman rodó El escándalo Blaze (Blaze, 1989), ese asunto que hoy parece tan insignificante, sumado a otros conflictos de mayor calado, sumió al actor en una crisis de la que sólo le salvó la detenida revisión de un proceso personal como el suyo, largo, fructífero y también difícil.

Si muchas veces un segundo puede durar una eternidad, un rodaje es tiempo sobrado para revisar una carrera completa. El escándalo Blaze no fue bien acogida por el público. Quizá Newman lo esperaba así. De cualquier modo, sólo la ayuda de su esposa le ayudó a recomponer su maltrecho ánimo. Fue, además, su mejor oportunidad para preparar el último gran papel que le tocó en suerte: el del intérprete otoñal y con experiencia, abierto a proyectos novedosos.

A decir verdad, él se ha encargado en muchos casos de que el tiempo pase aún más deprisa… y también de que pase de un modo más confuso.

Pocos saben cómo empezó todo, pues él mismo, como si se tratase de un ferviente discípulo de Marcel Schwob –el autor de las Vidas imaginarias–, ha reinventado su biografía para desesperación de los documentalistas, que ya no saben a qué atenerse.

Al fin y al cabo, puede que Paul Newman sea tan sólo una fantasía...

Fíjense en lo que llegó a declarar en los setenta: “Soy hijo de un pobre indio renegado que encontró petróleo en la reserva de Shaker Heights (Ohio). Justo en el patio trasero. Mi madre estaba inválida. Tenía que leerle poesías durante horas”.

¿Quién imaginó tal cosa? La verdad, mucho menos novelesca, fue que Paul Leonard Newman nació el día 26 de enero de 1925. Cierto, en Shaker Heights, pero hijo de Arthur Newman, el industrioso dueño de una tienda local de artículos deportivos.

“Mi padre murió –nos cuenta en su tramposa autobiografía–. A los trece años yo mantenía a la familia vendiendo cepillos Fuller. Cuando tenía diecisiete, me fugué de casa y trabajé como marinero en un pesquero de atún del Irán. Tuve relaciones con una joven esquimal, y por eso me gustan tanto desde entonces los pasteles esquimales”.

Bueno… en realidad, Paul cursó estudios elementales en la Malven Grammar School y, más adelante, en la Shaker Heights School, con tal fortuna como alumno que pudo optar al ingreso en el Kenyon College, de Ohio, donde preparó sus estudios universitarios.

El trabajo en la tienda paterna le permitía practicar bastantes deportes, y pronto se reveló como un atleta nada desdeñable. Sin embargo, la guerra acabó con su ensueño adolescente.

Llegado el año 1943, tuvo que alistarse en la Marina. Tenía diecinueve años recién cumplidos cuando fue asignado al programa de adiestramiento “V-12”. Poco después viajó a las bases navales de Okinawa y Guam, en las que cumplió misiones como radiofonista.

Ciertamente, no hay nada que desazone más a un joven que encontrarse con la muerte. Lo tenebroso de este período hace más atractivo el transcurso de su otra vida, la soñada. Ésa que el cuenta y que algunos primos llegan a creerse.

“Fui maderero –dice–, transportista de nitroglicerina, admirador de Brigitte Bardot y uno de los que mejor elaboraban las palomitas de maíz en este negocio. Más farde me descubrió Erich von Stroheim, al final de su carrera, y me recomendó a Walt Disney. Lo demás es historia”.

No se crean ni media palabra de lo dicho: cuando la guerra terminó, Newman pudo retomar los estudios en el Kenyon College, donde acabó por graduarse en Ciencias Económicas. Sin embargo, las aficiones deportivas del joven se truncaron –algo exasperante para él, tan gallardo e informal–, desviando su atención hacia el campo interpretativo.

Quién lo diría. Unido a la compañía nómada de los Woodstock Players, tuvo la oportunidad de participar en dieciséis obras teatrales. Asimismo, conoció a Jackie White, con la que contrajo matrimonio en diciembre de 1949.

Si su esperanza era formar una familia numerosa, está claro que el destino le fue favorable. Su primer hijo, Scott, nació en septiembre de 1950. Eso acentuó los problemas económicos de Newman, quien se vio obligado a hacer compatible el arte escénico con trabajos menos románticos, como la venta a domicilio de enciclopedias y la práctica del boxeo en calidad de sparring.

De ahí en adelante, las desgracias se encadenaron. Murió su padre en abril de 1950. Entonces, Paul regresó a Cleveland para ponerse al frente de la tienda familiar de artículos deportivos.

Un año después, regresó a la vida bohemia, aunque matriculado en la Escuela de Arte Dramático de Yale. Fue allí donde le aconsejaron, en 1952, el traslado a Nueva York para ingresar en el Actor's Studio.

Las cartas de su futuro estaban echadas. Las bases del trabajo en esta escuela interpretativa venían dictadas por Elia Kazan. Leídas hoy, suenan con parecida intensidad que entonces: “Se planteará un grupo permanente que esté unido durante la formación de base y luego durante varias producciones. Este grupo debe tener la misma formación y pretender los mismos ideales sociales y artísticos. Los ensayos de una obra han de durar varios meses, pasar por un período de improvisación y suponer en todo momento un trabajo de equipo”.

Llegaron entonces los primeros trabajos para el teatro y la televisión... y también dos nuevos miembros del clan Newman: Susan, que vino al mundo en el mes de febrero de 1953, y Stephanie, nacida en febrero de 1954.

Para entonces, nuestro actor ya había conocido el éxito en Broadway gracias a su intervención en la obra Picnic, de William lnge, dirigida por Joshua Logan, representación que se mantuvo, nada menos, que catorce meses en cartel.

En el transcurso de su trabajo en los escenarios, conoció a una joven actriz, Joanne Woodward. La amistad con la bella intérprete, condicionada por el paulatino deterioro del matrimonio de Newman, acabó por convertirse en un romance evidente.

Una vez obtenido el divorcio, Newman se casó con Joanne Woodward en el mes de enero de 1958, concretamente en el Hotel El Rancho, de Las Vegas.

El paso parece sencillo y, sin embargo, el tránsito entre ambos matrimonios supuso para Newman una etapa de extrema inestabilidad emocional. A tal punto, que el actor llegó, en alguna ocasión, a ser detenido por la policía de Long Island por conducción irresponsable.

Fue en 1954 cuando intervino en su primera película, El cáliz de plata (The silver chalice), una nefasta producción de tema religioso. Muchos advirtieron en la interpretación de Paul Newman una versión menor de los excesos de Marlon Brando. Así las cosas, tras resarcirse con un éxito en los escenarios, Horas desesperadas, Newman regresó a la gran pantalla con Marcado por el odio (Somebody up there likes me, 1955), un biopic inspirado en la vida del boxeador Rocky Graziano.

La preparación de Newman para este papel tuvo numerosas facetas. Por cuanto se refiere a la disposición física, hubo de entrenar con el campeón de los pesos medios Tony Zale. Como experiencia de campo, también tuvo que convivir con el verdadero Rocky Graziano a lo largo de dos semanas.

“Me reunía con él a las diez de la mañana –comenta–. Íbamos a donde vivía antes, al gimnasio de Stillman. Pero pude observar que no quería hablar de su familia. De modo que una noche en Embers, Bob Wise, el director, y yo intentamos emborrachar a Rocky para que se fuera de la lengua y hablara de sí mismo. Lo cierto es que él nos emborrachó a nosotros y le contamos nuestras vidas. Finalmente, nos metió en dos taxis de vuelta a casa”.

Como ven, Newman comenzaba a encarar proyectos cada vez menos mediocres. Su carrera cinematográfica prosiguió con Traidor a su patria (The rack, 1956), Mujeres culpables (Until they rail, 1957) y Para ella un solo hombre (The Helen Morgan story, 1957).

Un año después ganaba el premio a la mejor interpretación masculina en el Festival de Cannes por El largo y cálido verano (The long, hot summer, 1958) y era elegido para interpretar el papel protagonista de El zurdo (The left-handed gun, 1958), una versión espléndida de las andanzas de Billy el Niño.

La gata sobre el tejado de zinc (Cat on a hot tin roof, 1958) supuso para él su primera candidatura a los premios de la Academia de Hollywood y, al mismo tiempo, su primer acercamiento cinematográfico a la obra de Tennessee Williams, autor muy  apreciado en el Actor's Studio.

A este respecto, Elia Kazan cuenta que el propio Williams asistía a los ensayos de Dulce pájaro de juventud, el nuevo trabajo teatral de Newman en 1959.

“Cuando veía algo divertido –señala Kazan–, [Tennessee] reía con estrépito. Si algo no le gustaba, Williams gritaba ¡No! con el mismo estrépito, y yo le contestaba ¡Cierre el pico!; y un día le dije: No venga nunca más a los ensayos. No hable nunca más a una actriz. Y nunca más volvió a dirigir la palabra a una actriz”.

Tras intervenir en Un marido en apuros (Rally' round the flag, boys,1959), una comedia de Leo McCarey, y en la muy correcta La ciudad frente a mí (The young Philadelphians, 1959), el actor interpretó, junto a su esposa, una excelente película, Desde la terraza (From the terrace, 1960).

Para entonces ya había nacido su hija Elina Teresa, la primera del matrimonio con Woodward. Las páginas de los tabloides recogieron la noticia para mayor satisfacción de la compañía para la que Newman trabajaba.

Pese a haberse embarcado en una gran producción, Éxodo (Exodus, 1960), su trabajo no fue bien acogido por la crítica. Esta última, sin embargo, elogió –y mucho– su papel protagonista en El buscavidas (The hustler, 1961), una tragedia filmada en un Nueva York oscuro y cruel, que le supuso una nueva candidatura al deseado premio de la Academia.

Su siguiente película, Un día volveré (París blues, 1961), se ambientaba en París. Paul Newman se sumergió con agrado en ese entorno jazzístico, motivado por Duke Ellington y Louis Armstrong. No en vano, Un día volveré conectaba la Nueva Orleans del Mahogany Hall y The Mardi Gras Mambo con la musicalidad de los barrios bajos parisinos.

Por las mismas fechas, el actor asistió al nacimiento de su nueva hija, Melissa Stewart, en septiembre de 1961.

Luego de llevar al cine Dulce pájaro de juventud (Sweet bird of youth, 1952), aceptó realizar un soberbio papel secundario en Cuando se tienen veinte años (Hemingway s adventure of a young man, 1962), prodigiosa reconstrucción del universo mítico de Hemingway.

Un año después, en Hud, el más salvaje entre mil (Hud, 1963), compuso una magnífica interpretación que, nuevamente, se quedó a las puertas de la gloria de Hollywood.

Con todo, junto a proyectos deslumbrantes también figuran altibajos. Así, Samantha (A new kind of love, 1963) fue sólo una comedia menor, sin pretensiones.

El premio (The prize,1963) significó el primer acercamiento de Newman a un estilo de cine comercial que frecuentaría con más insistencia en la década de los 70. Se trataba de una obra vigorosa, que sabía llegar al público, y que aún resiste el paso del tiempo.

Después de participar en una nueva producción del Off-Broadway, Baby wants a kiss, y en sonoros fiascos cinematográficas, como Ella y sus maridos (What a way to go!, 1964), Cuatro confesiones (The oufrage, 1964) y la muy mediocre Lady L (Lady L, 1965), el actor recuperó su línea de calidad con Harper, investigador privado (Harper, the moving target, 1966), una magnifica cinta de detectives que obtuvo un importante éxito de taquilla.

Incluso el feroz productor Jack Warner, adversario de Newman en casi todos los terrenos, tuvo que guardar un discreto silencio ante la popularidad de dicha producción.

“Cuando más farde volvía a los estudios para hacer Harper –comenta Newman–, durante la primera semana de ensayos apareció por ahí Jack Warner. Yo le dije: ¿Cómo estás? Metiendo la mano en el bolsillo de la chaqueta, me contestó: ¿Fumas cigarros? Le respondí: No, ya sólo fumo gente, Jack. Ya lo sabes. Se echó a reír”.

Éxito, pues, y en lo familiar la sorpresa de otro nacimiento, el de su hija Clea Olivia, en 1965. Después llegó el trabajo con Alfred Hitchcock, Cortina rasgada (Torn courtain, 1966), de la que Newman recuerda una divertida anécdota.

“Se trata de la única película que he hecho desde 1956 sin ensayos –comenta–, pero eso fue, en parte, por mi culpa. Tuve un accidente de moto y me fastidié la mano. Es una sensación graciosa: te quedas sentado viendo cómo la parte trasera te alcanza y te adelanta. Veinticuatro dólares de daños en la moto, pero a mí me pusieron puntos en cuatro dedos. Se acabaron los primeros planos en esa mano”.

Un hombre (Hombre, 1967) resultó un westem de gran calidad, que tocaba un tema de actualidad en ese tiempo: el racismo. También fue interesante, dentro de las clásicas convenciones del género carcelario, La leyenda del indomable (Cool Hand Luke,1967), por la que Newman resultó elegido nuevamente candidato al premio de la Academia. Acostumbrado a un generoso ritmo de producción, participó poco después en la comedia bélica Comando secreto (The secret war of Harry Frigg, 1968), y se reveló como director de buen pulso narrativo en Raquel, Raquel (Rachel, Rachel, 1968).

Incluso en sus últimos meses de vida, Newman ha sido un aficionado impenitente a la velocidad, a los bólidos. Así lo demostró pilotando su propio coche en Quinientas millas (Wínning,1969), cuyo argumento gira en torno al mundo del motor.

Fue en junio de ese año cuando anunció la creación de la First Artists
Production Company, lanzada con la sola participación de sus amigos Barbra Streisand y Sidney Poitier para distribuir aquellas cintas que contasen con su intervención.

Su siguiente película, la mítica Dos hombres y un destino (Butch Cassidy and the Sundance Kid, 1969), supuso la consolidación de Newman como actor de prestigio y el definitivo lanzamiento de su joven coprotagonista, Robert Redford.

La cinta, una comedia de aventuras amable y bien narrada, tuvo su continuación en una película de Richard Lester, Los primeros golpes de Butch Cassidy y Sundance Kid (Butch and Sundance: the early days, 1979), que, como suele ocurrir con las secuelas, no logró el éxito esperado por sus productores.

Si el carácter político de Un hombre de hoy (W.U.S.A., 1970) era evidente, más lo era el de un documental, King, a filmed record... Montgomery to Memphis (1970), homenaje a Luther King en el que Newman participó como narrador. Él mismo había intervenido en alguno de los sucesos mostrados en la película. Por ejemplo, había estado presente en Alabama, en 1963, en un acto en favor de los derechos civiles de los afroamericanos, junto a compañeros como Marlon Brando, Virgil Frye y Anthony Franciosa.

Más adelante, rodó en Oregón su siguiente obra como director, Casta invencible (Sometimes a great notion, 1971), aunque los problemas surgidos durante la filmación le hicieron comprender las complicaciones que supone participar en un proyecto en la doble dimensión de actor y cineasta.

A un western muy menor, de ambiente contemporáneo, Los indeseables (Pocketmoney, 1972), le siguieron una nueva y apreciable cinta como director, El efecto de los rayos gamma sobre las margaritas (The effect of gamma rays on man in the moon marigolds, 1972), y dos rotundos fracasos a las órdenes de John Huston, El juez de la horca (The life and times of judge Roy Bean, 1972), basada en un excesivo guión de John Milius, y ese extraño thriller que es El hombre de Mackintosh (The Mackintosh man, 1973).

El merecidísimo éxito comercial de El golpe (The sting, 1973) sólo fue comparable al de la excelente superproducción El coloso en llamas (The towering inferno, 1974).

Y después del exceso del cine catastrófico, un reencuentra con el detective Harper en Con el agua al cuello (The drowning pool, 1975) y un acuerdo con Robert Altman para protagonizar en Canadá su comprometido film Buffalo Bill y los indios (Buffalo Bill and the indians, or Sitting Buff's history lesson, 1976).

En el período que sigue Newman no intervino en proyectos de éxito crítico. Se trataba, más bien, de empeños comerciales. Realizó un cameo en La última locura de Mel Brooks (Silent movie, 1976) e interpretó a un rotundo entrenador de hockey sobre hielo en El castañazo (Slap spot, 1977), otro título sin interés.

Fue entonces cuando su hermano Arthur, cumplidos los cuarenta y ocho años, se planteó seguir los pasos de Paul y dedicarse a la producción. “Yo tengo ya una experiencia teatral –dijo–. Paul siempre me animó para que rodase algo de cine, pero me inspiraba ciertos miedos. Ahora no ocurre eso. Paul ha logrado convencerme y estoy dispuesto a salir airoso de esta experiencia cinematográfica”.

También su hijo Scott deseaba hacer cine, e incluso cantar, pero todas esas aspiraciones quedaron sin respuesta posible el día 20 noviembre de 1978. Esa fecha, Scott fue hallado sin vida, víctima de una sobredosis.

A partir de ese momento, Paul Newman inició una constante cruzada contra la drogodependencia juvenil. “Deseo que se salven estos jóvenes, las víctimas de las drogas –dijo entonces–. He pasado por un momento muy duro tras la muerte de mi hijo. Muchas veces se apodera de mí la culpabilidad al recordar su muerte”.

La carrera de Newman siguió en lo sucesivo una trayectoria irregular. Quinteto (Quintet, 1979) es una de las peores cintas de RobertAltman, mientras que Ausencia de malicia (Absence of malice, 1981) significó para el actor una nueva candidatura al Oscar.

Distrito Apache (Fort Apache, the Bronx,1981) intentó reflejar los desórdenes sociales del Bronx, pero su contenido desató una importante polémica interracial. A juicio de Newman, “lo que se presenta en la cinta está en las calles de las ciudades estadounidenses y, más concretamente, en el Bronx. Si la gente insiste en ocultarlo se hace todavía más difícil el hallar la solución adecuada”.

De mucha peor calidad, El día del fin del mundo (When time ran out, 1980) supuso la penúltima e innecesaria entrega del género de catástrofes. Por el contrario, Veredicto final (The veredict, 1982) recoge una de las mejores interpretaciones de Newman en la década de los 80, que antecede, además, a la que muchos consideran su mejor obra como director, Harry e hijo (Harry and son, 1983).

Este espléndido veterano obtuvo el premio al mejor actor de la Academia de Hollywood gracias a su participación en El color del dinero (The color of money, 1986), del director Martin Scorsese, un hombre al que el actor define como “dialogante”.

Intervino en la mencionada película un joven llamado Tom Cruise, “impetuoso y apasionado”, según Newman, “con un gran talento y voluntad”.

Una vez confirmado su galardón, se convirtieron en anecdóticas aquellas declaraciones en las que señalaba: “Me gustaría que me propusieran para el Oscar sesenta y nueve veces –creo que es un número interesante– y, a los noventa años, impedido por la artritis, arrastrarme sobre las manos y las rodillas para recogerlo. Eso tendría estilo”.

Pero el espectáculo debía continuar. Y además, sin tregua posible. Tras representar El zoo de cristal (The glass menagerie, 1987) en el Festival de Williamstown y en el Long Wharf Theatre, Newman decidió rodar esta obra para perpetuar la actuación de sus protagonistas, Joanne Woodward y Karen Allen. La película obtuvo buenas críticas en el Festival de Cannes, donde se presentó al público europeo.

No obstante, el fracaso comercial y crítico de Creadores de sombras (Fat Man and Little Boy, 1989) y El escándalo Blaze (Blaze, 1989) hundió a Newman en una depresión que a punto estuvo de separarle definitivamente del cine.

Sólo el apoyo de su familia y la llegada de un nuevo proyecto, Esperando a Mr. Bridge (Mr. and Mrs. Bridge, 1990), devolvió al veterano galán la ilusión de aparecer nuevamente en la gran pantalla.

Inspirada en dos novelas de Evan S. Connell, Esperando a Mr. Bridge narra el momento en que el matrimonio compuesto por Walter e India Bridge viaja a Europa, justo antes de comenzar la Segunda Guerra Mundial.

Según se comenta, las divertidas contradicciones de su personaje devolvieron a Newman las necesarias dosis de humanidad que precisaba para enfrentarse con el futuro. Con la ancianidad, en suma.

La crítica alabó ese nuevo papel del actor, quien ya había firmado el contrato de tres nuevos rodajes, Roomates (1994), El gran salto (The Hudsucker proxy, 1994) y Ni un pelo de tonto (Nobody’s fool, 1994).

Del resto de su carrera, poco se puede añadir que no figure en la memoria de los lectores más jóvenes. Después de prestar su voz al personaje de Doc Hudson en Cars (2006), de John Lasseter y Joe Ranft, el viejo león decidió retirarse. No tenía fuerza ni interés para memorizar nuevos guiones.

Acaso este hombre público, actor popular donde los haya, no necesite otras películas para fijar su nombre en la mitología de los siglos XX y XXI. Con una vida hecha de velocidad, de pasión y de dolor, Newman bien puede jactarse del significado de este incisivo epitafio que él mismo eligió hace largo tiempo:

“Aquí yace Paul Newman, que se ahorcó por hacer una obra de caridad”.

Este artículo incluye textos que publiqué previamente en la revista Todo Pantallas y en el libro Paul Newman (Royal Books, 1994).

Paul Newman en Veredicto final (The Verdict, 1982) © 20th Century Fox. Reservados todos los derechos.


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