Es una delicada empresa definir el cine folclórico mexicano, porque son más que considerables sus variaciones. Por plantear una fórmula, resumiré esta corriente cinematográfica aludiendo a una pareja de renombre internacional: Pedro Infante (1917-1957) y Jorge Negrete (1911-1953). Es indudable que la figura de ambos se articula con todos los rasgos iconográficos de la mexicanidad.
Infante y Negrete asumen buena parte de los valores patrióticos que cautivan la fantasía postrevolucionaria. Cierta voluntad de utopía, un aire viril, amor a la familia, franqueza y terquedad, participación ceremonial en los ritos del folclore, valentía, sentido del humor, eficacia en la seducción y actitud amistosa; tal sería, probablemente, la lista de cualidades arquetípicas que ambos asumen frente a la cámara, pregonando así la descripción básica del caballero rural, héroe de las comedias charras.
Alguien puede imaginarse que con intención mitificante, articulando con gran énfasis cada uno de sus rasgos, el personaje acaba sobreponiéndose al actor.
De primera intención se nota que Negrete representa la charrería más allá de la pantalla. Con semejante apostura, Infante reúne cualidades suficientes para ser un ídolo de las clases populares, incluso cuando no luce el sombrero de ala ancha.
Nada los expone bajo un aspecto más atractivo y gentil. Así es como el cine se sirve de ellos para ilustrar las virtudes patrias. Que imagine, pues, el lector cómo se completa la ilustración: una voz potente, bien timbrada; la elegancia del porte, y un machismo que se apodera de las relaciones.
Más allá de su país, Infante y Negrete se dan a conocer gracias al ya mencionado género de la comedia ranchera. Quien se encarga de constituir esta nueva etiqueta es Fernando de Fuentes, responsable de Allá en el Rancho Grande (1936), primera película de la línea y uno de los mayores triunfos del cine local.
Dicen los analistas que la comedia ranchera es, en parte, una derivación de la zarzuela, sobre todo a partir de su rama sainetesca. Hijo legítimo de la revista musical mexicana, este género se caracteriza por su idealización de la vida en el rancho, entrañable, pausada, como un espacio de felicidad rehecho por la lírica popular.
Llegamos así al gran tema de este tipo de comedias. La amistad, exageradamente perfilada, es lo que congrega a los hombres en la cantina o frente al balcón de la joven que merece la serenata.
Por ello, es lógico que Negrete protagonice filmes como Los tres alegres compadres (1951), de Julián Soler, donde se exalta la solidaridad entre varones. O que llegue a compartir reparto con Pedro Infante en Dos tipos de cuidado (1952), de Ismael Rodríguez, una cinta que sitúa el compañerismo masculino por delante de la pasión.
Pero no desdeñemos el interés de estos personajes por la mujer. De hecho, acaso convenga incluir aquí el ideal amoroso, pues no hay comedia ranchera sin galanteo.
Justamente por ello, para rematar estas líneas, propongo un ejemplo de amor compartido por ambos ídolos. La aventura se debe a Carmen Sevilla, actriz en un par de filmes que repiten planteamiento.
Así, en Jalisco canta en Sevilla (1949), de Fernando de Fuentes, el charro Negrete se enamora de la española en un espacio flamenco, típicamente andaluz.
En cambio, ¡Gitana tenías que ser! (1953), de Rafael Baledón, muestra a Infante vestido de gala y dedicando, él también, sus miradas a Carmen.
Póngase este doble amorío en manos de los estudiosos del género, para que sean ellos quienes saquen conclusiones.
Copyright © Guzmán Urrero Peña. Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas. Reservados todos los derechos.









































































































