Tanto en España como en Argentina, Narciso Ibáñez Menta (Sama de Langreo, 1912 - Madrid, 2004) fue un digno heredero de aquel apelativo que hizo famoso a Lon Chaney: el hombre de las mil caras.
Hijo de los actores Narciso Ibáñez Cotanda y Consuelo Menta, Narciso debuta a los quince días de nacer, en 1912. El hecho no puede ser más explícito, pues hablo de un intérprete con virtudes naturales para el espectáculo. De eso a convertirse en primer actor de cine y teatro media un pequeño salto.
El peregrinaje de los cómicos de la época justifica su llegada a Buenos Aires, en 1930.
Permanecerá en esa tierra más de treinta años, acumulando un currículo de valor sobresaliente. Como es natural, no elaboraré un inventario de sus trabajos teatrales y televisivos en el Río de la Plata, pues no hay acá espacio para ello, pero trataré de perfilar su horizonte cinematográfico, bien representativo de sus méritos.
Las primeras películas de Ibáñez Menta en Argentina han transmitido una imagen de su elegancia.
Ciertamente, sus actuaciones ofrecen, como su persona, un aire aristocrático, algo inquietante, además de reflexivo y seductor.
Excelente histrión, hace de sus parlamentos un compendio de personalidad dramática. Así queda de manifiesto en su filmografía: a las órdenes de Manuel Romero actúa en Una luz en la ventanaHistoria de crímenes (1942), y con Carlos F. Borcosque rueda Cuando en el cielo pasen lista (1945), Siete para un secreto (1947) y La muerte está mintiendo (1950). Posteriormente estrena Vidalita (1949), de Luis Saslavsky, Almafuerte (1949), de Luis César Amadori, y Maleficio: Tres citas con el destino (1953), de León Klimovsky, Fernando de Fuentes y Florián Rey. (1942) e
Su hijo y heredero artístico, Narciso Ibáñez Serrador, nace en Montevideo, Uruguay, y desde muy joven evidencia sus dotes para el teatro y el cinematógrafo. Maestro indiscutible de la realización televisiva, la influencia de «Chicho» Ibáñez Serrador en la industria audiovisual hispana va a ser preponderante.
Asimismo, podemos observar que el vínculo afectivo con su padre se vuelve más perfecto gracias a la colaboración de ambos en varias producciones de intriga rodadas para la televisión española. (Repaso algunas de gran éxito en la década de los sesenta: Obras maestras del terror, Cuentos para mayores, Mañana puede ser verdad e Historias para no dormir.)
A comienzos de los setenta, «Chicho» dirige la teleserie Nuevas historias para no dormir, un recetario de terrores cuya primera entrega, El televisor (1974), expone de nuevo la versión más temible de don Narciso Ibáñez Menta. Y se dicta, injustamente, el encasillamiento del veterano actor, mejor conocido por la nueva generación merced a sus intervenciones en películas de miedo como La saga de los Drácula (1972), de León Klimovsky, y El retorno del hombre lobo (1980), de Jacinto Molina.
Fuerza es preguntarse hasta qué extremo la etiqueta del horror nos lleva a olvidar buena parte de su amplia carrera, heterogénea y en inquietud permanente.
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.









































































































