
El catálogo del cine ferroviario es inmenso. De hecho, el cinematógrafo nace y prospera en la época de apogeo del tren, según queda de manifiesto en cintas como La llegada del tren (1895), de Auguste y Louis Lumière, y El gran robo del tren (1903), de Edwin S. Porter.
Por eso mismo parece imposible abarcar en pocas líneas el enorme número de películas que tienen a los trenes como ingrediente esencial. Cualquier listado resulta incompleto: El tren (1964), de John Frankenheimer, El tren de las 3:10 (1957), de Delmer Daves, Trenes rigurosamente vigilados (1966), de Jirí Menzel … Son tantos los títulos que apenas podemos soñar con abarcarlos en la memoria. Así, desde que John Ford rueda El caballo de hierro (1924), buena parte del western empieza a explicarse a través de sus locomotoras. ¿Y qué decir del uso que del ferrocarril hacen cineastas como Alfred Hitchcock y David Lean?
En fin, ya sé que esto no es sino imaginación, pero me gusta creer que Fernando Rey filma su última película en un coche cafetería. Quienes visitamos con cierta frecuencia el Museo del Ferrocarril de Madrid, somos como extras de ese rodaje. Figuración distinguida para una secuencia que transcurre en un coche de caja metálica –el WR-3569, de 1930–, en cuyo interior Fernando –su figura de cera– dialoga animadamente con una desconocida.
¿Dije imaginación? Esa es la cultura que el cine y los trenes comparten cada vez que un cinéfilo se acerca a estos gigantes de hierro y bronce.
En los raíles del museo tienen su última parada algunos trenes y muchos recuerdos. Pasear junto a la locomotora Compound, a la que veo siempre en blanco y negro, equivale a un majestuoso travelling en la estación moscovita de Ana Karenina. No lejos de ella, un coche inglés de tercera clase, con puertas abatibles, derrocha en sus cubiertas de color verde el mismo encanto que otro tren casi idéntico: el que para en la sonriente estación de Castletown, a ocho kilómetros de Innisfree.
En El hombre tranquilo, este ferrocarril esmeralda prepara el espíritu del espectador para un hechizo que ha de situarle más cerca del cielo. Quizá por eso mismo, en cuanto baja de uno de sus vagones, ya sabemos que John Wayne retorna a su pueblo natal para no marcharse jamás.
Volver a empezar, de José Luis Garci, también muestra un regreso en tren, sólo que esta vez no hablamos de una vaporosa verde, sino del expreso que conduce a Antonio Ferrandis hasta la Estación del Norte, en Gijón. Un lugar estupendo en el que, por cierto, ahora abre sus puertas el Museo del Ferrocarril de Asturias.
Supongo que el museo gijonés conserva otras reliquias más importantes, pero ahora prefiero hablarles de una locomotora minera, casi centenaria. Es la misma que Manuel Iglesias transformó en un tren espectral, que vuelve cada vez que suena el toque de difuntos en Terror en el tren de medianoche.
Quizá por cosas así, cualquier chimenea en forma de diamante me hace recordar con un punto de inquietud películas pioneras, y sin duda ajenas a la serie B, como Llegada de un tren a la estacion de ferrocarril del norte, de Barcelona (1898), donde una Pacific o una Consolidation hacen escala eterna en el fotograma.
En fin, qué le vamos a hacer. Vuelven los trenes fantasma lo mismo que hay locomotoras mágicas, al estilo de las de Polar Express o Harry Potter y la piedra filosofal, cuyo tonificante vaivén nos ayuda a soportar las decepciones de la edad.
Por fortuna, aún es invencible esa nostalgia de trenes a vapor en los que el héroe retorna a su horizonte particular, con la luz de la aventura en los ojos. En casos así, el apeadero es un lugar fronterizo, al que hay que llegar con cierta predisposición, bien sea la venganza (El último tren de Gun Hill) o ese amor que no cabe en el encuadre y que prospera sobre raíles (El maquinista de la General).
Después de ver muchos westerns, hasta John Carpenter le fue fiel a esos trenes polvorientos. Pero lo que son las cosas: cambió el territorio sioux por el planeta rojo. Esto es lo más interesante de Fantasmas de Marte, donde un convoy del futuro trae las peores noticias en su viaje de vuelta.
La edad dorada del cine ferroviario –y quizá del cine en general– también nos dejó el recuerdo de romances imposibles, cuyo punto culminante solía tener lugar en la oscuridad del túnel.
Como si no lo supiéramos ya, Breve encuentro y Estación Termini nos demostraron que las pasiones se agolpan en el andén, y demasiadas veces, ay, se enfrían en el tren de regreso.
¿Que cual es mi destino favorito? En casos como éste, sale a relucir, en el mejor de los casos, el capricho, y en el peor, la pedantería. ¿O es que alguien puede escoger entre los trenes de Hitchcock y los de David Lean?
Si algo tengo claro, es que después de ese traqueteo de muchos o pocos kilómetros –pienso en Berlín Express, en Cuentos de Tokio, en Viaje a Darjeeling…–, me identifico mejor con los personajes que descienden de su vagón y reconocen un paisaje familiar. Como quien recupera un trozo de tiempo lejano.
Esta es una versión expandida de un artículo que publiqué en ABCD Las Artes y Las Letras, suplemento cultural del diario ABC.









































































































