La edición de Naruto, de Masashi Kishimoto, sirvió para que una nueva generación de dibujantes occidentales adoptara la estética del manga. Publicado originalmente por Shūeisha en 1999, Naruto ha sido una inspiración equivalente a la que, casi dos décadas atrás, supuso Bola de dragón. Esta moda me lleva a reflexionar hoy sobre el manga realizado por autores españoles. ¿Cuándo comenzó a implantarse esta estética? Y lo que es aún más interesante, ¿qué consecuencias ha tenido en el mercado de la historieta?
Hace tiempo que hemos asumido con normalidad el término Nouvelle Manga para referirnos a esa combinación de estilos que fusiona el cómic franco-belga y el manga japonés. Su máximo exponente, el francés Frédéric Boilet, demostró que era posible adoptar el modelo nipón para relatar historias desde Occidente.
Muchos mangakas han seguido su ejemplo. De hecho, en España el estilo manga comienza a implantarse –ahí es nada– en la década de los ochenta.
Las razones no son difíciles de entender. Por un lado, el manga ha irrumpido en el mercado con fuerza en esos años, implantándose como una opción más dentro de la oferta historietística. Y por otro, por la sencillez de su trazo, se convierte en un estilo muy adecuado para los principiantes, estilo que además se ve legitimado por la moda.
No en vano, desde aquellas fechas, ese modelo se ha dejado notar especialmente en el ámbito de las publicaciones realizadas por aficionados, donde las imitaciones de cómics como “Bola de dragón” y “Ranma 1/2” fueron extremadamente frecuentes.
Vale la pena que hagamos un recorrido cronológico por el fenómeno de esas reproducciones, origen de lo que se ha dado en llamar manga español y que no es otra cosa que una asimilación de las características esenciales del cómic japonés por parte de una serie de jóvenes dibujantes de nuestro país.
Si nos remontamos tres décadas en el pasado, podemos hallar historietas realizadas en España partiendo de dibujos animados japoneses. Tal sería el caso de los cómics y cuentos infantiles que tuvieron su origen en teleseries como Heidi o Vickie el vikingo. El ilustre dibujante José Sanchís, creador de Pumby y otros memorables personajes, realizó por esas fechas “Nuevas aventuras de Mazinguer–Z, el robot de las estrellas”, cómic basado en la película con personajes reales que, a su vez, fue inspirada por la producción televisiva de Go Nagai. No obstante, obras como la citada, pese al mérito profesional de sus autores, deben ubicarse dentro del ámbito de la más pura explotación, fruto de una mercadotecnia coyuntural.
Por lo que se refiere a las revistas semiprofesionales o realizadas por aficionados, el proceso de acercamiento al cómic japonés fue bastante lento. En la primavera de 1991, aparecían publicadas en “Dorian” varias tiras de prensa de “Sazae–san”, un personaje de Machiko Hasegawa que ya es una obra de culto en Japón. Traducido del original por Kayo Nakamura, este cómic era una de las primeras muestras de humor gráfico japonés que llegaba a los aficionados españoles.
En enero de ese mismo año, la revista “Krazy Cómics” dedica un número monográfico al manga, con artículos de Lorenzo Díaz, J.V. Chuliá, Antonio Trashorras, Francisco Naranjo, Jesús Palacios, Agustín Oliver, Alejo Cuervo, Jordi Sánchez, José María Méndez y Carlos Portela. 1991 es asimismo el año en que Madrid acoge una importante exposición de diseño gráfico japonés.
Entre el 18 de noviembre de 1991 y el 2 de febrero de 1991 se celebran unas jornadas que, con el título “Japón'91 en Madrid”, incluyen una exposición de arte contemporáneo, un ciclo en la Filmoteca Española e incluso una representación de teatro kyogen, aparte de diversas conferencias y exhibiciones. Todo ello parece favorecer paulatinamente el interés por la cultura popular japonesa en el mundo académico.
En todo caso, la verdadera revolución se debe a la versión televisiva de Bola de dragón. Su emisión en España comienza el 15 de febrero de 1990, en el canal autonómico catalán. Poco después podrá verse en las demás cadenas locales españolas, Euskal Telebista, Telemadrid, Canal 9 y TVG. Desde octubre de 1991 a febrero de 1992, se desarrolla la primera emisión de la secuela, Dragon Ball Z.
Para entonces el éxito entre el público juvenil se ha extendido a todos los rincones de España. La serie privilegia las escenas de acción y su contenido, rico en personajes extremados, fascina a una audiencia atenta, que sigue fielmente la emisión. Aún no se publica el manga original, así que proliferan entre los seguidores las ediciones fotocopiadas de dibujos, e incluso llegan a distribuirse en las librerías los tomos de la edición japonesa.
Como muestra de las cotas que alcanzó la moda, les contaré que Cels Piñol publicó en Barcelona tres números de su fanzine “Kiusap” dedicados a Bola de dragón. Según declaraciones de su autor, llegaron a venderse 7.000 ejemplares.
Sin duda, tan tumultuosa afición iba a adquirir un carácter multiplicativo, aumentando progresivamente los seguidores de la teleserie y los compradores del manga, así como los entusiastas que dedicaban su tiempo libre a publicar fanzines sobre esta serie y otras producciones de origen japonés.
Desde el punto de vista cuantitativo, la lista de publicaciones supera todas las cifras alcanzadas hasta el momento en el ámbito de los aficionados. Su calidad de elaboración oscila entre el cuadernillo de fotocopias y la revista profesional. Aparecen en Madrid “Japan Power”, “Kimagure”, “Minami” y “Yakubi”.
Los aficionados de Barcelona lanzan “Dragon Ball Magazine”, “Japanese”, “Made in Japan” y “Manganiac”. Se publica en Cantabria “The land of Rising Sun”. “Megamismakae” es distribuido en La Coruña. En Sevilla cuentan con “Manganime” y “Mini Manga Line”. En Bilbao se edita “Super Saiyajin”. Citaré en último lugar los fanzines de Valencia, “Otaku” y “MangaZone” entre ellos, cada vez más profesionalizados, con ediciones cuidadas y contenidos por encima de lo realizado en otras provincias.
Esas revistas semiprofesionales son la respuesta española a publicaciones como la británica “Anime UK Magazine” y las americanas “Mangazine”, “Animerica” o “Manga Newswatch”. “Otaku”, dirigida por Jorge Riera, publicada y distribuida por Imágenes Cómics, editará ocasionalmente cómic de estilo japonés en sus páginas centrales.
Se trata de materiales realizados por dibujantes aficionados, una fórmula que ya se dio en los fanzines y que en este tipo de revistas va perfeccionándose.
“MangaZone” es una publicación semiprofesional, destacada por la calidad de su confección, el planteamiento de sus contenidos y su periodicidad regular. Editada por Alejandro Maicas, su redactor jefe y maquetador es José Javier Martínez. Dibujantes como Jaume Gracia, José Valiente, Luis Alís y Juan Gómez Martín se encargan de ilustrar sus páginas, siempre imitando el estilo y los personajes más populares del cómic japonés. En su sección “Taller de Animación” aparecen publicadas colaboraciones como “El Planeta Zafir”, obra de Vicente J. Castro y Juan Manuel Castell Esteban.
Es muy representativo este proyecto de serie animada por dos razones: era una creación de aficionados, con todas las trabas que ello supone desde el punto de vista artístico, y fue un fiel trasunto de Bola de dragón.
A mediados de los noventa, Bola de dragón y otros manga y anime, gracias a su pureza de líneas y a su esquematismo argumental, resultan especialmente gratas para un público que prefiere la síntesis a la complejidad, el vídeo–juego al progreso dramático.
Por lo que se refiere a las publicaciones profesionales especializadas en las diversas vertientes de la cultura popular, en esta etapa inicial destaca un número de la revista “Todo Pantallas” que incluye un extenso artículo de Eusebio R. Arias. A esas alturas, el mercado del manga ya está implantado en nuestro país, dejando de ser una excepción el lanzamiento de títulos.
Los orígenes del manga realizado por españoles proceden de la mímesis de los originales japoneses. Poco a poco se advierte un mayor nivel de calidad. Así, Norma Editorial organiza en 1994 un concurso de manga, ganado por la historieta que lleva por título “Leyendas”, dibujada por Roger Ibáñez y escrita por Sergio Puerta.
Por las mismas fechas, Camaleón Ediciones publica la revista especializada “Neko”, que se lee al revés, comenzando por la última página, como ocurre con las ediciones japonesas. Coordinación, redacción, diseño y montaje corren a cargo del Estudio Phoenix. Es en “Neko” donde aparece publicado el cómic “Pachún”, de Ismael Ferrer y José Miguel Alvarez, centrado en las peripecias del gato mascota de la revista.
Asimismo, se incluye “Fuerza vital”, de Kano, un relato de violencia futurista cuyo estilo gráfico oscila entre el manga y la obra de Frank Miller. Como en los casos anteriormente citados, la revista acoge asimismo dibujos enviados por aficionados.
El mercado de las revistas semiprofesionales se enriquecerá a lo largo de la misma década con cabeceras como “Kame”, “Nippon” y “Animanga”. Un caso de heterodoxia dentro de esa corriente es “Kabuki”, una publicación de Ediciones Glénat, cuyo director editorial es Joan Navarro, ejerciendo como director de la publicación Jorge Riera. “Kabuki” defiende una línea crítica dura, pero el tono general de sus colaboraciones cae frecuentemente en la chabacanería y el mal gusto.
Glénat publica en 1994 un manga erótico realizado por españoles, “Sueños”, cuya mediocridad estética no impide cierto volumen de ventas.
Creado por Jesús Manuel Montané y dibujado por el Hi No Tori Studio, “Makako”, es una especie de pequeño robot que vivirá su primera aventura en las páginas del catálogo publicado por el I Salón del Manga, el Anime y el Videojuego, celebrado en Barcelona entre el 27 y el 29 de octubre de 1995.
Dicho Salón organiza un concurso de manga, ganando en la categoría de mejor personaje “Mi pequeño Tomoka”, de David Ramírez. Esta pieza está protagonizada por Noo, una chica con poderes que libera de su subsconsciente una peculiar mascota. Este cómic logrará el premio al mejor manga ex aequo con “Kuno & Kaori. Casos inexplicables”, de Antonio Valentín y Vanessa Durán.
Dibujado por Durán imitando los trazos del shonen manga, el argumento es fiel a la moda de lo paranormal desatada a mediados de los 90 por la teleserie norteamericana Expediente X (X–Files). La joven dibujante pronto dará su salto al mundo profesional.
Ediciones Camaleón decide centrar su propuesta editorial en la producción propia. Forma a sus propios autores y lanza comercialmente las creaciones resultantes. De esta manera, lo que parecía un producto minoritario y alejado del mundo profesional, más propio de fanzines, se convierte en una oferta seria en el panorama de la historieta española. El mayor éxito de Camaleón lo ha constituido “Dragon Fall”, una parodia de “Bola de dragón” elaborada por el Hi No Tori Studio. Editados en formato cómic–book, cada cuaderno está compuesto de 32 páginas en blanco y negro.
Aunque pueda parecer impropio de una serie caricaturesca, “Dragon Fall” se ha mantenido en los primeros puestos de las listas de venta, proponiendo una alternativa desenfadada e iconoclasta de su referente japonés. Una línea semejante seguirá “Kami Seeds”, de Víctor Rivas, Fernando Iglesias y Carlos Portela.
Camaleón decide diversificar su oferta más allá de las lindes humorísticas, y afronta el riesgo de iniciar varias colecciones de manga español, todas ellas en formato cómic–book. Así aparecerán “Ryu”, de la que sólo llega a publicarse un número; “B3”, de David Ramírez; “Zeon”, de Mateo Guerrero, un cómic en el que se mezclan la leyenda de Tartessos y las aventuras juveniles al estilo de la teleserie Los caballeros del zodíaco; “Desafío”, de Roke González y Carlos Olivares; “Yoko”, de Ismael Ferrer; “Hiromi”, de Roger Ibáñez; y “Akuma”, de Roke González y Nuria Peris, historieta de fantasía heroica algo más barroca en su concepción estética. Más interesante resulta “Boum!”, de Carlos Javier Olivares. Protagonizada por Martin, un adolescente con poderes extrasensoriales, esta serie resume las señas de identidad social de su joven autor, que también son las de su generación: afición por vídeojuegos y vídeoclips, gusto por las fantasías sobrenaturales, estrecha complicidad con el grupo de amistades, seguimiento de las modas, un erotismo suave y emociones extremadas.
En lo que atañe al aspecto formal, Olivares se guía por las normas estilísticas del manga, por lo que es uno de los exponentes más representativos de aquella primera generación de mangakas españoles.
La parodia y la cita se convierten en un código interno entre los autores y el público conocedor de esas claves, pues no en vano ambos son, ante todo, aficionados al cómic japonés. No obstante, en ocasiones la parodia adquiere una dimensión erótica, adecuándose a un género con buena acogida comercial. Por esa vía, Kano dibuja “Dragon Ball G” en “Sukebe”, una publicación de Camaleón Ediciones en la que, entre otros, colaboran el Studio Kinshi no Hito, Kano, Enrique Corts, Nacho Fernández y Javier Sánchez. Una línea semejante sigue “Chi–Chi Squad”, de José Miguel Alvarez.
Dentro del campo de las excepciones se sitúa “Uno entre un millón”, de Vanessa Durán, aproximación hispana al shojo manga que, por lo infrecuente, merece una mención. Si dentro del cómic autóctono de los noventa han ido desapareciendo las publicaciones femeninas, y tampoco parece que cuajen propuestas procedentes de otras latitudes, resulta cuando menos sorprendente que una editorial local proponga en esos días un manga femenino realizado por una española.
Aunque fue destacable la labor realizada por Camaleón en lo que se refiere a publicar este tipo de proyectos, no podemos olvidar a la librería-editorial Imágenes Cómics, que se planteó desde Valencia un proyecto semejante, centrando su oferta en nuevos valores aún por profesionalizar.
El título que distribuyó, “Bantam”, de Enrique Corts, tenía un nivel gráfico que apenas llegaba a la medianía. El riesgo comercial de una producción semejante está claro, aunque parece que la moda del manga ya invitaba a realizar proyectos de esa índole.
Los intentos por saltar de un público minoritario a uno más amplio se concretó por la misma época. Así, Planeta–DeAgostini editaba en mayo de 1996 “Neck & Cold”, de Cels Piñol y Angel Unzueta, una serie limitada de cómic–books que integraban citas de las películas de Quentin Tarantino con el grafismo del manga y un estilo narrativo cercano al propuesto por los dibujantes estadounidenses de la editorial Image.
Tanto en los noventa como en esta nueva década, el fenómeno del manga realizado por autores españoles no pasa de ser un hecho coyuntural que da la medida de la implantación de determinados contenidos del discurso cultural japonés entre las generaciones más jóvenes. Es, pues, un estilo sometido a una influencia temporal, cuya vigencia está aún por demostrar.
Copyright © Guzmán Urrero Peña. Reservados todos los derechos. Esta es una versión expandida de varios escritos anteriores. En particular, incluye citas de varios artículos que escribí entre 1996 y 2001 para la Enciclopedia Universal Multimedia, de Micronet. Asimismo, contiene reflexiones y referencias que publiqué en los libros Imágenes de lo japonés en los medios audiovisuales de Japón, Europa y Estados Unidos (1996), Perspectivas de la comunicación audiovisual (2000) y La cultura de la imagen (2006).












































































































