
La puesta en marcha de una nueva entrega de la saga Spiderman, esta vez sin Sam Raimi, demuestra, sin posible equívoco, la vigencia y comercialidad del famoso trepamuros.
Y dado que el bagaje de datos que implica el Universo Marvel parece proscrito a los no enterados –más por despiste que por estrechez de criterio–, procuraré explicar cómo y por qué ha crecido la fama de Peter Parker a lo largo de cuatro décadas. Un análisis, por lo demás, que a los seguidores del superhéroe se les antojará ligeramente innecesario, pero que puede servir de plano de carreteras a quienes nunca guardaron los cómics de Spidey bajo su colchón predilecto.
Háganme caso: busquen detalles sobre subastas de tebeos y se sorprenderán del precio alcanzado por el número 15 de la revista Amazing Fantasy, publicado en agosto de 1962. En sus páginas de cortesía, podemos leer quiénes participaron en el empeño: Stan Lee (guionista), Steve Ditko (dibujante), Jack Kirby (autor de la portada) y Artie Simek (rotulista). Por más señas, los relatos incluidos fueron The Bell-Ringer! (tres páginas), Man In The Mummy Case! (cinco páginas) y There Are Martians Among Us! (cinco páginas).
Como ya habrán adivinado, ese cuadernillo significó el estreno de Spiderman para los lectores norteamericanos. Obviamente, la sorpresa no fue paralela a este lado del océano. Quien esto escribe conoció por vez primera a Spidey en los años setenta, gracias a aquellos tomos en blanco y negro que publicó, sin pretensiones artísticas de ningún tipo, el sello Ediciones Vértice. A la vista de sus títulos, no había que ser experto en mutantes para saber por dónde iban los tiros: “Se presenta Spider-Man”, “El extraordinario Hombre de Arena”, “Contra el Dr. Muerte”, “Amenaza electrónica”, “¡El regreso del Dr. Octopus!”… Lo autobiográfico, al menos en este caso, queda escrito entre comillas y con el rótulo Continuará al final de cada episodio.
Debo reconocer que mis gustos eran bastante moderados frente al acoso de las modas. Por mera costumbre, el Corsario de Hierro, el Jabato o el Sheriff King (promovidos desde Bruguera) me resultaban preferibles a los personajes de la Editorial Valenciana (el Espadachín Enmascarado, el Guerrero del Antifaz, Purk, el Hombre de Piedra, y tantos otros). Con todo, frente a esa oferta de sabor español, los tomos de Vértice suponían una gozosa alternativa... menos accesible al bolsillo familiar, y por consiguente, adornada por una vitola de excepcionalidad. El precio, ya se sabe, influye en nuestros deseos.
En consecuencia, parece natural que mi conocimiento de los superhéroes quedase inicialmente circunscrito a Batman y Superman (publicados en los tebeos mexicanos de Novaro), con breves incursiones en la jungla del Hombre Enmascarado, a quien descubrí en las ediciones de Dólar. Yendo a lo que importa: el ingreso de Spiderman en mi biblioteca –y en la de casi todos– fue, por supuesto, muy revelador, no ya por el dinamismo de sus peripecias, sino por el placer que proporcionaban sus vaivenes cotidianos. Ya saben a qué me refiero: penas de amor, chistes, retrasos en el trabajo, números de teléfono equivocados y otras desilusiones ante lo que no se tiene ni se tendrá nunca.
He aquí su novedad y su fortuna: Spidey es un personaje que ironiza sobre sí mismo, bromeando al tiempo que lucha contra el crimen. Pero ni siquiera disfruta de una Lois Lane que difunda sus hazañas. Nada de complacencias. Ahí tienen a J. Jonah Jameson, director del diario donde trabaja, que hace lo posible y lo imposible para destruir el prestigio del heroe volatinero.
Otro mérito del personaje –me lo pareció de niño y aún lo creo ahora– es su diseño. Fue Steve Ditko quien se encargó de crear el característico traje azul y rojo de Spiderman, y también el responsable de dibujar la historieta durante su primera etapa. De ahí en adelante, la factoría Marvel dio lo mejor de sí en esta saga. En 1966 a Ditko lo sustituyó John Romita, a quien siguió una larga lista de ilustradores, que incluye, entre otros muchos, a John Byrne, Todd McFarlane, Gil Kane y Berni Wrigthson.
Sucesivos guionistas, como Peter David, Gerry Conway y Roger Stern, complicaron una trama que se fue volviendo aún más confusa con la aparición de clones alterados de Spiderman en series tan ambigüas para mí como Spiderman: clonación máxima (1995), de Tom DeFalco y Ron Lim.
El salto a la gran pantalla
La primera producción sobre el Hombre Araña con actores reales fue una serie de programas televisivos protagonizada por Nicholas Hammond. Pese a la mediocridad de los efectos especiales y la pobreza de la realización, los episodios llegaron a la pequeña pantalla en un momento en que héroes como Superman conocían una nueva vida a través del cine. Ésa es la razón por la que los episodios se refundieron y estrenaron en nuestras salas de cine. Seguramente más de uno recuerda aquellas películas: Spiderman, el hombre araña (1977), de E.W. Swackhammer; Spiderman 2: el hombre araña vuelve (1978), de Ron Satlof; y Spiderman, el desafío del dragón (1980), de Don McDougall.
En 1985 Menahem Golan y Yoram Globus, responsables de la compañía Cannon Group (reyes de la serie Z), llegaron a un acuerdo con la dirección de Marvel y se hicieron con los derechos de adaptación de Spiderman. El guión fue encomendado a Leslie Stevens y el director Tobe Hooper fue el elegido para llevar a cabo la película. Sin embargo, el proyecto se malogró y quedó pendiente el anunciado largometraje sobre nuestro héroe.
A comienzos de los noventa, el cineasta canadiense James Cameron declaró que entre sus planes más inmediatos figuraba una superproducción sobre Spidey. Pero, una vez más, todo quedó en suspenso. El resto es materia conocida: finalmente, Sam Raimi ha sido el encargado de hilvanar la trilogía que ya conocemos.
El Spiderman televisivo
Me pregunto, a este respecto, por el lugar alcanzado por Spiderman en la televisión. En buena medida, este medio ha proporcionado fama a la franquicia, sobre todo en el género del dibujo animado. ¿No lo creen? Hagamos historia. La teleserie de animación Spiderman: The Animated Series fue una producción de la compañía Grantray-Lawrence Animation, autorizada por Marvel Comics. Se emitió por la televisión estadounidense entre 1967 y 1969, y entre sus directores figuraba Ralph Bakshi, responsable de la versión animada de El Señor de los Anillos.
El primer episodio, The Power of Dr. Octopus, fue televisado el 9 de septiembre de 1967 a través de la cadena ABC. La primera temporada de emisión (1967-1968) se caracterizó por incluirse en cada espacio dos capítulos de trece minutos de duración cada uno. Fue durante la segunda temporada (1968-1969) cuando los productores decidieron que sería preferible completar capítulos de treinta minutos, para evitar los guiones excesivamente esquemáticos y favorecer así un mejor desarrollo de los argumentos. El reparto de voces contratado mantuvo un buen nivel medio. En el papel de Peter Parker actuó Bernard Cowan, sustituido por Paul Soles cuando se transformaba en el enmascarado. La voz del irascible J. Jonah Jameson fue la de Paul Kligman. Al final de las dos temporadas se había emitido un total de 52 episodios, con un nivel de audiencia bastante aceptable.
Con todo, los ejecutivos de Marvel no se dieron por satisfechos. Durante bastantes años fueron sistemáticamente rechazados todos los proyectos de dibujos animados sobre el arácnido. Fue en los ochenta, aprovechando el buen momento comercial de sus cómics, cuando los propietarios de la franquicia aceptaron la cesión de sus derechos para una nueva versión animada. Gracias a dicho acuerdo, se rodaron 32 episodios de Spiderman (1981-1982), todos ellos de media hora de duración. Por la misma época, la compañía de animación DePatie-Freleng-Lee desarrolló un nuevo proyecto, Spiderwoman, dedicado a la superheroína que comparte los poderes de Spiderman. Sólo llegaron a filmarse dieciséis episodios de veinticinco minutos, televisados con desgana a lo largo de una sola temporada.
La siguiente ocasión en que Spidey llegó a las pantallas fue en The Incredible Hulk & The Amazing Spiderman Hour (1982-1983). Pero que nadie se llame a engaño. Aquella, en realidad, era una combinación de capítulos dedicados a La Masa con la reposición de los capítulos de Spiderman ya emitidos entre 1981 y 1982. Suma y sigue: durante la siguiente temporada fue televisada otra serie de título ligeramente distinto, The Amazing Spiderman & The Incredible Hulk (1983-1984), que volvía a programar viejos episodios, sólo que esta vez el Hombre Araña ocupaba la primera mitad del programa. ¿Un truco comercial? Pueden apostar a que de eso se trata.
Cuando se rodó nuevo material, Marvel Comics impuso la incorporación de personajes procedentes del grupo de los X-Men, y la teleserie pasó a titularse Spiderman and his Amazing Friends (1984-1986). La primera temporada (1984-1985) mantuvo la atención de los espectadores, pero la audiencia no fue tan fiel durante la segunda (1985-1986) y, una vez más, Spiderman se alejó de la pequeña pantalla.
En 1993, coincidiendo con el anuncio del posible largometraje de Spiderman dirigido por James Cameron, Marvel Comics dio el visto bueno a otra teleserie, Spiderman: The Animated Series. Por una vez, los guiones subieron de nivel y la ejecución de los dibujos animados se vio beneficiada por las primicias del ordenador. Elaborada por la compañía Saban and Graz Entertainment, la serie comprendía episodios de media hora de duración, en general autoconclusivos, pero sin desechar pequeños ciclos argumentales de más de un capítulo. Felizmente, se programó a lo largo de tres temporadas, entre 1993 y 1996, y luego fue repuesta en un proceso de explotación secundaria bastante eficaz.
Cómics, películas, teleseries… No hace falta esclarecer que esta liturgia pop aún sigue transformando a cuantos la siguen. Y vaya por delante que Marvel ha cometido errores que hubieran supuesto el final, y acaso el olvido, para otro superhéroe menos resistente. ¿Motivos para la supervivencia? Daría uno, al que también alude Raimi en Spiderman 3: cuando cambian las cartas de su vida, Peter Parker no tiene otro remedio que improvisar. Sus aprietos, al igual los nuestros, concluyen con una victoria menor, incompleta, traída a rastras. Ahí es nada: al héroe le aguarda su minuto de suerte, y al final, lo desaprovecha. Como si un bromista moviera la tramoya de su vida.
(Este escrito incluye citas de artículos escritos por mí en la Enciclopedia Universal Multimedia y en el libro La cultura de la imagen)












































































































