Crítica de "Melancolía" (2011)

Melancolia

«¿Entre todos los temas melancólicos cuál lo es más, según lo entiende universalmente la humanidad? Respuesta inevitable: ¡la muerte! ¿Y cuándo ese asunto, el más triste de todos, resulta ser también el más poético? [...] cuando se alíe íntimamente con la belleza. Luego la muerte de una mujer hermosa es, sin disputa de ninguna clase, el tema más poético del mundo» (1)

Como su mismo título indica, el último trabajo del siempre controvertido Lars von Trier constituye la máxima expresión de la melancolía. Una obra patética, cruel y dotada de una extraña belleza –como la mayoría de su cine– casi sublime, que se yergue como un grandioso monumento al Fin con mayúsculas: la muerte del planeta Tierra y la desaparición de la vida en todo el universo, un proceso observado a través de la agonía de una mujer hermosa.

Dividida en dos partes y precedida por una preciosista e hipnótica obertura en la que resuenan las notas del "Preludio" de Tristán e Isolda –que funciona a modo de leitmotiv en la banda sonora–, Melancolía (Melancholia, 2011) aborda la muerte del mundo conocido (y desconocido) a partir del relato de los últimos días de dos hermanas muy distintas. Justine (Kirsten Dunst), con nombre de resonancias sadianas, arrastra una vida de infortunio, aquejada de una tristeza indescriptible. Por el contrario Claire (Charlotte Gainsbourg), la mayor y la más "sensata", no atina a comprender la añoranza que embarga y paraliza a su hermana pequeña. Ella ha sido capaz de encontrar sentido a su existencia siguiendo el camino estipulado, volcando su atención en los ritos y ceremonias que su loca hermana observa como vacíos.

Melancholia

El primer acto de Melancolía, dedicado a Justine, se centrará en los torpes intentos de esta por alcanzar la ansiada normalidad. Para ello, la protagonista "desea acabar –en palabras del danés– con toda la tontería, las ansiedades y las dudas. Por eso se empeña en tener una boda de verdad". Después de la ceremonia en la iglesia, que no vemos, los recién casados llegan dos horas tarde a su propio convite, un mal comienzo que presagia un peor final. Y es que a medida que los rituales se suceden –los discursos, el baile, el corte de la tarta– y la obligación de ser feliz se impone como una losa, la fragilidad y desequilibrio emocional de Justine se harán patentes a todos los invitados, en especial a su (engañado) esposo, encarnado por el sueco Alexander Skarsgård (hijo mayor de Stellan, un habitual de la filmografía del danés también presente en el reparto del filme).

Mientras tanto, el firmamento parece observar con interés sus pequeñas cuitas. La luz pasional de Antares –la estrella principal de la constelación de Escorpio, cuya rojez le convierte en un digno rival de Marte–, que brillaba dramáticamente durante el festejo de bodas, ha sido sustituida por la azulada luminosidad de Melancolía, un planeta hasta entonces desconocido que se acerca peligrosamente amenazando con colisionar con el nuestro.

Tras una primera parte que plasma el proceso de (auto)destrucción de Justine, la segunda parte, titulada "Claire", se centrará en las fases de descomposición de ese mundo terrenal en el que Claire se siente tan cómoda. Aferrada a su hijo (Cameron Spurr) y a su marido (Kiefer Sutherland), un tipo materialista y racional, la mujer se niega a admitir que el ocaso se halla cerca. Por el contrario, su hermana, que siente una atracción mórbida por "el naufragio y la muerte repentina" –cristalizada en la bella imagen empleada en el cartel, que remite a la Ofelia del prerrafaelita John Everett Millais–, no solo no se dejará llevar por la desesperación sino que comenzará a florecer en los momentos previos al Fin. Un retrato de dos hermanas radicalmente diferentes que en algunos aspectos recuerda a la oposición entre las bíblicas Marta y María, pasada por el peculiar tamiz de von Trier.

"La Tierra es malvada. No nos apenemos por ello. Nadie la echará de menos". Lars von Trier materializa en boca de una inmensa Kirsten Dunst sus pensamientos y obsesiones más recurrentes: para él, "la vida es una idea maléfica. Puede que Dios se lo haya pasado bien durante la creación, pero no pensó bastante". Quizá por ello el cineasta, haciendo gala de un antropocentrismo de raigambre judeocristiana, acaba caprichosamente con la vida de todo el espacio, construido a la medida del hombre.

Melancolia

Del mismo modo que Justine se enfrenta sola a su sufrimiento, a su añoranza –su marido no la conoce, su hermana y su cuñado no la entienden y sus padres (John Hurt y Charlotte Rampling) la ignoran totalmente–, la Tierra está terriblemente sola en el universo. Como se afirmaba en Anticristo (Antichrist, 2009), la Naturaleza –y, dentro de ella, la naturaleza humana, especialmente la femenina– es malvada, pútrida y obscena. Por tanto, el Apocalipsis está destinado a poner fin (feliz) al dolor de este valle de lágrimas.

Así como la Grace (Nicole Kidman) de Dogville (2003) borraba la maldad del pequeño pueblo que daba nombre a la película a sangre y fuego purificador, el planeta Melancolía limpiará la podredumbre terrestre (y terrenal) con su fría y serena belleza. Un acontecimiento deseado y, en cierto modo, propiciado –o mejor dicho, convocado de forma provocativa– por Justine, la nueva heroína de la filmografía del danés. Una mujer moribunda, apática y cruel –la escena con el caballo– a la que la comida le "sabe a cenizas" y cuya melancolía será capaz de devorar el universo al completo.

(1) Edgar Allan Poe, "Método de composición" en Poesía completa, Ediciones 29, Barcelona, 1989, p. 137.

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