Hay en este título algo embrujado, que cobra relieve como esas fórmulas magistrales que prescriben una dosis, bien sea ésta curativa o venenosa.
Y uno se da cuenta de que en realidad, los tres protagonistas de la película, Mila (Mercedes Sampietro), Celso (Álex Brendemühl) y Valeria (Aina Clotet), están condenados a apurar esos 53 días sin saber del todo a cual de las dos categorías —la benéfica o la fatal— corresponde su experiencia.
Cuando el trío coincide en una parada de autobús, sus dolores se solapan como las fugas en una suite de Bach. Mila es una profesora de instituto. Hace un año, dejó las aulas por un motivo terrible: la agredió uno de sus alumnos. Celso sufre un revés económico, y malvive como guardia jurado en un centro comercial. Valeria toca el violonchelo, pero ni su familia ni sus compañeros sentimentales significan la felicidad para ella.
Con lo anterior, se comprende que nos hallamos ante una película de autor. Es verdad que todas lo son, pero desde los tiempos en que se acuñó la etiqueta del llamado «arte y ensayo», el público tiene muy claro en qué se diferencian cintas como 53 días de invierno de otras que, a favor del espectador mayoritario, pretenden divertir sin dejar hueco siquiera para una duda o una inquietud.
La autora de la pieza, Judith Colell, tiene una buena base intelectual. Licenciada en Historia del Arte, es asimismo diplomada en dirección cinematográfica por la Universidad de Nueva York. Trabaja como profesora de guión en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, y ha dirigido los largometrajes Nosotras (1996) y El domini dels sentits (obra colectiva, 1996).
En un tiempo en el que nos dejamos embaucar a menudo por consignas, esta película propone un lema que me parece especialmente acertado. Reza como sigue: «Si te das por vencido en invierno, te habrás perdido la primavera, el verano y el otoño».
Colell tiene claro en qué consiste el existencialismo. Su explicación de lo que significa este filme no despeja dudas al respecto. Muy al contrario. Propicia nuevos interrogantes, cada vez más hondos. «Decir que 53 días de invierno habla sobre la vida —nos indica— es como no decir nada. Pero de hecho, va de eso… de lo raro que es vivir a veces. Lo que me interesa es llegar hasta esa línea tan delgada que separa lo que está bien de lo que está mal y plasmar, a partir de ahí, la cotidianidad de quienes intentan vivir sus vidas desde la honestidad consigo mismos. Captar la vulnerabilidad de los que se saben solos. El desvarío de los que sufren».
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.









































































































