Coincidencias… Seis personajes, reunidos en un piso de Barcelona.
En el exterior, el bullicio propio del Ensanche no consigue quebrar el dramatismo de esa comunidad. Seis personajes, seis solitarios al límite: una pareja de ancianos —él, antiguo portero de la ópera, recurre al travestismo en un momento crucial—, y sus realquilados. A saber: el hermano de la mujer, un vigilante de seguridad, una profesora de francés y una chica latinoamericana, que lleva su embarazo como buenamente puede.
Hasta aquí el dramatis personae. Fijémonos ahora en el giro de acontecimientos que pone en marcha el drama. Con el soplo de la muerte en la nuca, el anciano decide que su despedida de este mundo ha de ser, obligatoriamente, un gesto discreto, y por eso resuelve despedir a los tres inquilinos que habitan su propiedad. Su desubicación, más que una realidad física, se torna una metáfora de sus propias vidas.
Cuanto acabo de contarles se refiere a la nueva película de Ventura Pons, Barcelona (Un mapa), protagonizada por tres de los intérpretes predilectos de este buen cineasta: Nuria Espert, Rosa María Sardá y el inestimable Josep María Pou. El andamiaje literario de la pieza viene asegurado por dos razones: su artesano —Pons ama la palabra dicha en voz alta— y su inspiración —el libreto se basa en Barcelona, mapa de sombras, de Lluïsa Cunillé—. Y aunque yo no he tramado esa etiqueta, tiendo a dejarme convencer por quienes definen la película como un drama de interiores.
Ventura Pons descubrió la obra teatral de Lluïsa Cunillé hace tres años. «Un gran texto —nos dice—, Barcelona, mapa d’ombres, que me dejó conmovido, emocionado, con ganas de no levantarme de la butaca, dispuesto a asistir de nuevo al rito de su representación. Un mundo poderoso, una historia llena de recovecos, unos personajes tremendamente construidos. Luego el texto, gracias al buen olfato de Josep Maria Pou, saltó al Centro Dramático Nacional en Madrid y… los grandes textos siempre tendrán largo recorrido».
Al igual que sucede con la película, la pieza de Cunillé es atípica. «No hay costumbrismo —aclara Pons—. No hay opacidad. Porque su tono es inusual. No es una autora difícil, como se ha dicho. Es una autora clara: lo que sucede es que hay demasiado ruido, demasiado tintineo a su alrededor. Y es una autora mayor, que quedará, cuando caigan las etiquetas y la pereza receptiva. Ese mundo terminal de una sociedad que se acaba, que miente y se descompone, me permite mirar nuevamente a unos personajes que se me aparecen parientes de otros desesperados perdedores solitarios que he tenido la oportunidad de presentar en trabajos previos. Siempre he sentido un gran cariño por la gente sola, desesperanzada, a la que no le queda fuerza para luchar por un mundo mejor, ya que no lo ven posible en sus vidas».
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.









































































































