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Bardem en el país de los Coen

Javier Bardem

De vez en cuando, los psicópatas de Hollywood aparecen al otro lado de una curva y nos estremecen con un primer plano.

De pronto, un día, llega un intérprete capaz de convertir a esos asesinos de gran guiñol en figuras memorables. Sabemos que Anthony Hopkins lo consiguió con Hannibal Lecter, y que Tony Curtis será siempre, en nuestra imaginación, el estrangulador de Boston...

Quién iba a decirlo: Javier Bardem puede enorgullecerse de la misma hazaña. ¿Los responsables? Una pareja de hermanos que hace tiempo revolucionaron el cine independiente.La noche es inmejorable. Hasta el escenario es optimista. Buena parte de los reporteros acreditados en Cannes hacen parpadear sus flashes, mientras el reverente público suspira por otro autógrafo. Los hermanos Coen les han dado a todos sólidas razones para aumentar las expectativas.

Quedan tan solo unos minutos para que comience la cena de presentación de No es país para viejos, y Javier Bardem accede a posar junto a Joel Cohen y Josh Brolin. Lanzando miradas de complicidad a todas partes, vestido de etiqueta, con esa sonrisa nerviosa que tiene un actor antes de que suba el telón, Bardem observa el relampagueo de las cámaras –está allí, es real– y siente temblar la tierra.

¿Hace falta razonar este entusiasmo? En cierto modo, así es. Quédense con la letra pequeña de una historia que comienza meses atrás, al otro lado del océano.

Se ha escrito ya tanto acerca de la reunión de Bardem con los hermanos Coen que amenaza con transformarse en leyenda. Quizá también todos percibimos algo más, un secreto añadido que acaso estremezca el ego de un intérprete a quien no le faltan rasgos de distinción.

En todo caso, es una duda que sólo podrían aclarar quienes diseñaron el contrato de Bardem: el productor Scott Rudin y los ejecutivos de Miramax y Paramount Vantage. “Si los Coen me dan esta oportunidad –dijo entonces el actor–, la verdad es que debo partirme la espalda para corresponder a semejante compromiso”. La suerte tiene su propia lógica, y él no presentía que, entre sus honorarios, iban a figurar el Globo de Oro y la nominación al Oscar.

Bajo la fachada de un thriller algo enigmático, No es país para viejos surge del libro homónimo de Cormac McCarthy, esa novela que Joel y Ethan Coen interpretan como un reflejo de la miseria humana.

Como en cintas anteriores, los Coen nos relatan aquí los peores resultados de un golpe de fortuna. Vean a qué me refiero: Llewelyn Moss (Brolin) encuentra en el desierto tejano una caravana rodeada de cadáveres. ¿Su contenido? Mucha heroína y dos millones de dólares. Moss se frota los ojos y carga con el botín.

A veces cambian los factores, pero en este tipo de historia el resultado suele ser el mismo: violencia, fatalidad y lecciones morales. Interviene Ed Tom Bell (Tommy Lee Jones), un sheriff al que ya no le sorprenden los crímenes sin motivo. Pero no es a él a quien Llewelyn debe temer. En realidad, Bell trata de capturar a un psicópata llamado Anton Chigurh (Bardem), dispuesto a todo con tal de recuperar ese dinero que cayó en manos de Moss.

En la vida real, no hay asesinos de ese calibre, y se nota. Chigurh podría figurar honrosamente en la lista de los peores forajidos del Viejo Oeste. Por eso le gustó tanto a Bardem que los Coen lo presentaran en el Festival de Toronto como el “Lee Van Cleef latino”.

Cualquier aficionado al spaghetti western sabe de qué hablamos: un canalla frío, carismático, desarraigado, para quien crimen y destino se encuentran uno a la altura de otro. “Este homicida –dijo Joel Coen a la prensa– es un hombre implacable, con un aura misteriosa. Necesitábamos un actor capaz de encarnarlo, pero sin revelar demasiado. Por eso escogimos a Javier”.

La de Bardem es una interpretación precisa, sombría, acorde con el icono violento que, a su modo de ver, viene a ser Chigurh. Claro que el actor evita las respuestas trascendentales, pero ha dejado caer una lectura políticamente correcta: “Me pareció una historia muy poderosa acerca de la violencia, de cómo controlar y detener la enorme oleada de violencia que asola el mundo”.

Duro como el hierro labrado, el español da vida a este mercenario obsesivo, a quien nunca se le escaparía un tiro de refilón. Y es que, si bien es un hombre de cuchillo fácil, Chigurh sabe ser eficiente sin perder la compostura. Recordando mejores tiempos en su oficio, le adivinamos incluso un código de honor, unos principios a los que más vale acostumbrarse.

Hay muchos métodos de identificación con el personaje. Cada uno suele desarrollar el suyo, pero pocos actores ilustres se lo cuentan al primero que pasa por su lado. Bardem sabe ser discreto. Dosifica sus respuestas y procura dejar algunas pistas, sin arruinar el misterio. Habla con sencillez de cómo pudo disimular el acento español.

Para responder una de las preguntas­comodín de los reporteros –“¿Y ese peinado? ¿A quién demonios se le ocurrió?”–, deja el balón en el tejado de los Coen. “Es cosa suya”, insiste. Luego, suele añadir que le prestó más interés a la ropa que al corte de pelo. Está claro que se trata de una cuestión menor, pero tiene su pizca de gracia el modo en que Bardem justifica ese abuso capilar de Chigurh: “Da la impresión de que es muy metódico. Todo está en su lugar”. Sabido esto, uno entiende mejor que el objetivo del asesino sea la exactitud, un rasgo que forzosamente lo adorna en otros aspectos de la vida.

Chigurh es capaz de matar con unas esposas o con un aturdidor eléctrico. No sabemos en qué momento preciso jugará con el porvenir de sus víctimas. Todo es tan imprevisible que aterroriza por anticipado: una moneda al aire, algo de humor negro, y si sale cara, habrá sangre.

Un giro ciego del azar, para mal o para bien. De eso trata No es país para viejos, y quizá tenga que ver con la alegría mostrada por Bardem en Cannes. De momento, hablando de buena suerte, cualquier tópico es posible en las rotativas. ¿Acaso no ha llegado para el actor la hora de los elogios?

Durante la cena, mientras sube la espuma del champagne, más de uno le adivina el porvenir. Lo normal: Bardem queda ascendido a un rango excepcional, el de estrella de Hollywood. Supongo que él sonríe con sorna, fuma en silencio y piensa en esas etiquetas que convierten el estilo en mitomanía.

Javier Bardem en No es país para viejos © Paramount Vantage, Miramax Films y Scott Rudin Productions, 2008. Cortesía de Universal Pictures International Spain. Reservados todos los derechos.


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