Escrito y dirigido por Santi Amodeo, el largometraje Cabeza de perro está meditadamente vinculado a la idea de fugacidad.
El argumento le pide al destinatario que encauce sus sentimientos hacia un límite existencial donde, instante tras instante, se remarca la prohibición de reivindicar el carácter absoluto de la muerte. El andamio narrativo, alzado en torno a Samuel, un joven que padece una rara enfermedad neurológica, podría releerse en clave sentimentalista, pero aquí, como en otros flancos, Amodeo prefiere no perjudicar al realismo con acentos conmovedores. Indicaría como ejemplo de esta actitud contenida el modo en que retrata el rito de paso al que se somete su personaje protagonista.
El joven, eficazmente encarnado por Juan José Ballesta, decide reequilibrar sus asideros. Con este plan, escapa de la burbuja familiar, agobiante pero necesaria, y deja atrás las comodidades de un entorno muy cómodamente aburguesado. Su excusa es tópica: la visita a un pariente lejano que vive en la playa. Provisto de esa disculpa, Samuel queda sumido en el zigzagueo de una vida que ya no es regida por sus padres.
Hay que preguntarse hasta qué punto la enfermedad que padece interviene en su extrañamiento de la realidad. Previsiblemente, el peso que adquiere su desorden cerebral adquiere visos de metáfora.
Quedan otros niveles de lectura posibles, pero cabe interpretar el padecimiento de Samuel como una consecuencia somática de su miedo a enfrentarse a lo impredecible. En cierto modo, una dolencia como la suya, determinante y anuladora, nos proporciona, en el nivel dramático, la misma impresión que obtenemos de Peter Pan: el niño que anhela seguir siéndolo, carente de sombra, protegido bajo los nubarrones del País de Nunca Jamás.
Al cabo, es siempre el otro —el otro que habita en nosotros— quien nos devuelve la mirada. A Samuel lo mira Consuelo (Adriana Ugarte), una chica de veintitantos años, perdida en su personal paradoja, prisionera de sus propias categorías, en las que no siempre anida la racionalidad.
Y este juego de encuentros, por su carga de ternura, no puede eximirles de conjugar el verbo seducir. Por obvias razones, el amor como reconocimiento, como orientador de expectativas, modula el tono de la película. Pero no lo hace de un modo llanamente convencional.
De hecho, cuesta definir a ambos personajes como amadores, y se aproximan de mejor grado a aquella fórmula del poeta Altolaguirre: dos soledades juntas. Sintiéndose autor de una obra que convalida interpretaciones inesperadas, Santi Amodeo opta por profundizar en ese diálogo que sostienen Samuel y Consuelo; un diálogo donde analiza, palabra por palabra, el curioso acto de apropiación que implica el mutuo afecto, incluso cuando este queda difuminado por la entropía y los extravíos.
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.









































































































