En la crónica del moderno cine español, Antonio del Real es uno de los pocos realizadores que conjuga el verbo triunfar.
Es por esto por lo que un repaso de sus películas reafirma el valor de la taquilla como baremo de aceptación. De ello no hay duda: su cine gusta al público. Y es necesario hacerlo notar, porque la fórmula, aunque sencilla y poco ambiciosa, debiera ser imitada por otros.
Sin mensajes subterráneos ni consonancias políticas, este director liga con oficio e intuición los ingredientes de la comedia costumbrista; acaso el género más representativo de la cinematografía ibérica. En este dominio, Del Real se siente a sus anchas. No en vano, es el autor de largometrajes que detentan la popularidad por derecho. Vayan por delante unos cuantos ejemplos: El río que nos lleva (1985), ¡Por fin solos!Corazón loco (1997), Cha, cha, chá (1998), Y decirte alguna estupidez, por ejemplo, te quiero (2000) y La mujer de mi vida (2001). (1994),
La última ocurrencia del director luce un título vodevilesco, Desde que amanece, apetece, muy ajustado al argumento del filme. Su protagonista es un tipo sobreprotegido e infantil, Pelayo (Gabino Diego), enviado desde su pueblo hasta Madrid para que cambie de rumbo bajo la protección de su tío Lorenzo (Arturo Fernández), empresario de venturosa carrera.
Por supuesto, las identidades en cualquier vodevil lo son a título provisional, y el inquieto Pelayo cae muy pronto en la cuenta de que Lorenzo, pese a su distinguido aire, no es un triunfador, sino un pícaro cuya suerte dura lo que un relámpago. De hecho, ahora se dedica a proteger a un grupo de bailarines que actúan en despedidas de soltera, y su única ambición es la de conquistar el corazón de Palmira, una prostituta retirada cuyo hijo posee el cabaré donde actúa el citado grupo de danzarines.
Con un reparto lleno de rostros conocidos y una trama donde la seducción adquiere un precio de monopolio, Desde que amanece, apetece se presenta como un producto bien pensado. A partir de materiales elementales, gratos para el público mayoritario, la película figura en el mismo discurso exitoso al que aludíamos más arriba. Una vez más, y de forma soberana, Antonio del Real se sitúa en los márgenes del canon cinematográfico español. Verbigracia: alejado de pretensiones intelectuales, desobediente a los tópicos de contenido social, convencido de que es posible dominar a la audiencia a través del humor más llano.
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.









































































































