La época, finales de los sesenta. El escenario, un hospital psiquiátrico extremeño, donde los enfermos mentales conviven con vagabundos y alcohólicos.
Se trata, sin duda, de un espacio deprimente, agravado en sus circunstancias por la desidia de quien dirige el centro.
Pero como suele suceder, el orden de este tipo de comunidad es inestable. Esta vez, el encargado de remover los cimientos de dicha institución es Mateo, un tipo idealista, lleno de ambiciones y amigo de las quimeras. Su presencia en el centro psiquiátrico despierta las emociones más intensas: el amor, la envidia, la comprensión y también el odio.
A grandes rasgos, acabo de resumirles la trama de la cual parte El hombre de arena, un largometraje de José Manuel González-Berbel que se ofrece como una de las apuestas más ambiciosas de nuestro cine en 2007.
«¿Qué sucedía en los manicomios cuando nadie podía entrar ni salir, qué tipo de gente había dentro?», se pregunta el cineasta y creador de este microcosmos. Y él mismo halla una respuesta: «Indagando, descubrí que allí sucedían cosas que no han trascendido demasiado, o que la memoria histórica ha olvidado. Que allí había un tipo de gente que merece, por lo menos, si no ser recordada, ser nombrada».
Como escritor del guión y responsable de su realización técnica, González-Berbel deambula por ese círculo infernal de emociones que garantiza un buen relato. No obstante, las dudas lo acechan, y más en un caso como este, donde la originalidad es una característica distintiva. «Cada espectador —nos dice— verá o captará el mensaje de una forma diferente. Creo que es una película para todos los públicos…, para la gente que le gusta el cine de verdad».
Fascinante y peligrosa, la luz puede ser el mejor aliado o el peor enemigo de un realizador. Para obtener sus favores, el equipo fotográfico ha puesto especial cuidado en este asunto. «La fotografía —añade el director— es fundamental. Hemos creado tres niveles de luz para ambientar los tres niveles del manicomio donde transcurre la acción. Un nivel subterráneo, un nivel a ras de suelo y un nivel superior en la zona alta, en los tejados. Necesitábamos un edificio con unas características muy determinadas, porque el edificio en sí es un protagonista».
A veces, para revisitar el pasado, basta abrir el arcón de la fantasía. Y eso es precisamente lo que ha pretendido González-Berbel, cuyo drama recupera el recuerdo de una vieja legislación. La misma que permitía encerrar a los pacientes psiquiátricos junto a simples mendigos.
Me refiero a la Ley sobre Vagos y Maleantes, puesta en vigor allá por 1933, durante la Segunda República, y que permitía la detención administrativa de personas que, en principio, eran consideradas una amenaza social.
Qué duda cabe: revisar estas arbitrariedades a través del cine es un saludable ejercicio que, de paso, nos ayuda a valorar las formidables ventajas de nuestra modernidad democrática.
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.









































































































