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"El retrato de Dorian Gray", de Oliver Parker

dorian gray

Clásico inmortal, siempre vigente, la novela de Oscar Wilde vuelve a ser adaptada una vez más a la pantalla. Oliver Parker, actor y cineasta aficionado a las películas basadas en grandes obras literarias, ofrece una versión a medio camino entre el clasicismo y el manierismo contemporáneo.

Con otras versiones de Oscar Wilde (Un marido ideal y La importancia de llamarse Ernesto, ese doloroso título español) y una discutida adaptación de Otelo a sus espaldas, el británico Oliver Parker ya debe de saber que no es poca responsabilidad hacer suyas obras clásicas, creadas por auténticos tótems de la letras, dioses como Shakespeare o Wilde, nada menos.

Un director (o un guionista) puede hacer su trabajo todo lo bien que le sea posible, pero siempre habrá un sector del público que acabe indignado con la visión que se ha dado de la obra original, ya que la grandeza de los clásicos es que se prestan a innumerables interpretaciones, y es imposible coincidir con las de todo el mundo.

Dicho esto, esta nueva revisión de El retrato de Dorian Gray ha perdido "el retrato" del título, algo curioso teniendo en cuenta que pocas veces se ha mostrado tantas veces el dichoso cuadro en una película.

A pesar del título, la pintura nunca ha sido la protagonista absoluta de la historia (la parte fantástica no pesa más que la real), y su impacto a la hora de ser mostrada en cine siempre ha dependido de los gustos del espectador. Lo que a unos espanta, a otros les da risa.

Pero el director ha tomado una decisión que afecta a toda la película: la de enseñar en diversas ocasiones la pintura, que aparece pudriéndose, suspirando y moviéndose a causa de las maldades de Dorian.

Quizá se trata de una opción narrativa dirigida a los más jóvenes, ese público actual con déficit de atención, sin paciencia para el suspense y que necesita, además de su dosis de CGI, que se lo den todo bien masticado.

Sin embargo, este ejercicio de incontinencia cinematográfica no sólo elimina el impacto de la escena final. Lo que es peor: rebaja la tensión durante todo el relato, provocando que tan mórbida historia caiga a veces en lo pueril.

Estableciendo odiosas comparaciones, no hay más que recordar la narración in crescendo de la adaptación realizada en 1945 por Albert Lewin, una película en blanco y negro que culminaba con la poderosa imagen en Technicolor de la espantosa pintura realizada por Ivan Albright, mucho más potente que el zombi estándar animado con morphing que se asoma tantas veces a lo largo de esta nueva versión, y que parece más emparentado con Vigo El Cárpato de Cazafantasmas II que con la obra de Wilde.

Pintura aparte, la puesta en escena de la película es digna, en especial durante las escenas de diálogo, beneficiadas de un reparto inmaculado y convincente.

Brilla especialmente ese Colin Firth presuntamente cínico y depravado hasta que el libertinaje que él tanto defiende toca de cerca a su hija.

Ben Chaplin, como pintor enamorado de Dorian, y la belleza efébica de Ben Barnes ejercen su papel a la perfección, aunque las escenas relativas a la sordidez a la que se entrega Dorian o aquellas que aluden a la tortura de su alma sean algo torpes, tanto en la realización como en la interpretación, sobre todo cuando el director recurre a fundidos encadenados y a ciertos clichés dramáticos algo desmañados.

Pero una buena historia es una buena historia, y eso siempre afecta positivamente a cualquier película. El retrato de Dorian Gray es, pese al cinismo militante de su autor (y quizá a su pesar), una novela moralista, en el buen sentido de la palabra.

No se trata tanto de convencer al lector (aquí espectador) de que sea una buena persona y lleve una vida recta, sino de ilustrar esa gran verdad que nos dice que no hay nada gratis en este mundo.

Uno puede abandonarse al hedonismo desatado o liberarse de las ataduras morales de la sociedad, pero todo tiene un precio. Para los que crean en el alma inmortal, el precio es condenarla; para los que crean en la psicología, será convertirse en un psicópata; para otros será el hacer desgraciadas a las personas que los quieren.

Y en todos los casos, el convertirse en un "depravado" viene a ser lo mismo (aunque dicho de manera glamourosa) que transformarse en un cretino integral y egoísta, algo que ya es un castigo en sí mismo.

Dorian Gray trata sobre las causas y efectos de este tipo de conductas, siempre vistosas y atractivas sobre el papel, pero lamentables en la realidad.

Sinopsis

El retrato de Dorian Gray es la última adaptación llevada a la gran pantalla de la magna obra homónima, escrita por Oscar Wilde.
Dorian Gray (Ben Barnes) es un atractivo aristócrata que regresa a su Londres natal tras pasar la adolescencia aislado en el campo. Abrumado por la vida nocturna londinense, Dorian se sumerge en ella de la mano de Lord Henry Wottom (Colin Firth), quien le muestra los lugares más recónditos y peculiares de la capital inglesa.
Dorian pronto comienza a obsesionarse con alcanzar la eterna juventud. Un retrato suyo pintado por Basil Hallward (Ben Chaplin) se convertirá en un recordatorio palpable de sus graves faltas con el paso del tiempo.

A diferencia del resto de los mortales, el apuesto Dorian permanece impasible al sucederse los años y es el retrato en cambio, el que envejece y asume su degradación física y moral…

Copyright del artículo © Vicente Díaz. Reservados todos los derechos.

Copyright de las imágenes y sinopsis © Aurum Producciones. Reservados todos los derechos.


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