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"Infernal Affairs" y el budismo

Infernal Affairs

Infernal Affairs (Juego sucio, 2002) es uno de los thrillers más brillantes del moderno cine de Hong Kong. Tanto es así que esta película de Andrew Lau y Alan Mak fue adaptada al entorno de Boston por Martin Scorsese.

Y aunque Infiltrados (The Departed, 2006) es un soberbio remake, la cinta original es, al decir de muchos, superior a la versión estadounidense. De las diversas facetas de Infernal Affairs, hoy nos detendremos en una de las más significativas: el trasfondo budista que sirve de marco a esta historia de lealtad, crímenes y falsas identidades.

En Infernal Affairs dos infiltrados hacen todo lo posible por desenmascararse mutuamente: Chan Wing Yan (Tony Leung), agente de policía que aparenta servir a la triada hongkonesa, y Lau Kin Ming (Andy Lau), un mafioso que se hace pasar por agente en el departamento de policía.

La cinta, dirigida por Andrew Lau y Alan Mak, es uno de los grandes éxitos del cine de Hong Kong, y sin duda, uno de los títulos más elogiados por la crítica en aquellas latitudes. No deja de sorprender que el mismo nivel de calidad fuera sostenido por Lau y Mak en una precuela, Infernal Affairs II (2003), y en una secuela, Infernal Affairs III (2003), que sirve de colofón a esta magnífica saga.

No encuentro con facilidad los términos para describir esta trilogía que, en realidad, se funde en una sola película. Emplearía conceptos como: obra maestra, grandiosa, film noir de la mejor calidad, técnicamente perfecta, magistralmente interpretada... pero me quedaría sólo en la superficie.

¿Quieren que abordemos Infernal Affairs desde otra perspectiva? Si es así, permítanme que me centre en un punto sobre el que gira toda su historia: el trasfondo budista explícito en cada una de sus partes y en el propio título.

Intentemos ir más allá, y veamos Infernal Affairs como un tablero de ajedrez, a modo de metáfora del infierno, en el que sus personajes están atrapados sin la opción de elegir su destino.

La línea entre el yin y el yang se hace tan etérea que los aprisiona en una espiral de difícil salida. Los enmarca en sus mundos subterráneos, y les obliga a moverse entre múltiples personalidades, en una búsqueda desesperada de  la luz.

Por ello, las azoteas son el punto de encuentro elegido por Yan (Tony Leung). El policía ansía transformar sus rincones oscuros en la libertad que necesita para recuperar su vida.

En ese tablero, Lau (Andy Lau) y Yan (Leung) comprenden la existencia del otro, porque ambos viven el sufrimiento continuo. Ninguno puede llevar una existencia normal, y a veces ni siquiera saben qué vida están viviendo.

El budismo expone claramente este padecimiento en sus enseñanzas:

Y Buda dijo: El que está en el infierno continuo nunca muere. La longevidad es una gran desventaja en el infierno continuo.

El infierno de Avici, conocido como el Infierno continuo, espacio ilimitado, sufrimiento ilimitado para las almas caídas.

Los semejantes seréis lanzados al Infierno de Avici y continuareis sufriendo eternamente sin ninguna posibilidad de huir.

Como ahora verán, varias ideas se mezclan en estos versículos budistas, extrapolables a la trama de Infernal Affairs. Por un lado, tanto Lau como Yan conviven con el sufrimiento, muriendo en vida sin posibilidad de redención.

A su vez, ambos carecen de la posibilidad de crearse un futuro y, al mismo tiempo, son semejantes. Tanto como una moneda con dos caras.

Ambos viven bajo el peso de la mentira y del engaño. Los dos comienzan un juego en el que el destino les guía por un círculo infernal que los atrapa sin posibilidad de escape.

Es muy significativo el modo en el que comienza la trilogía. Lau y Yan están sentados en un sillón. Escuchan música y comparten sus gustos personales. Se trata de dos iguales. Dos seres intercambiables que volverán a encontrarse en la última escena de Infernal Affairs III.

Con ello, adquiere forma ese círculo que atrapa a los personajes, que parte de un principio y llega a un mismo final. En definitiva, se trata de ese Infierno cerrado del que no cabe huir.

Será en la tercera parte, una vez muerto Yan y con Lau perdiendo la noción del presente, cuando el espectador comprenda el deseo que mueve a los protagonistas: llegar al Nirvana para poner fin a todo apego y a todo miedo al sufrimiento.

A lo largo de la trilogía, nos encontramos con personajes que viven en la oscuridad, pero que buscan la luz. Todos ellos lo intentan desesperadamente.

Por ejemplo, el inspector Wong (Anthony Wong) vive su propio infierno y su luz se traduce en una justicia a la que él también ha sido infiel.

Mary (Carina Lau) busca su luz aferrándose a Sam (Eric Stang) sin ella saber que su lealtad le conduce a su final. Sam caerá en su propia trampa al creer que puede dominar la luz, y, el hermano mafioso de Yan (Francis Ng), querrá salir de su pozo en su intento de reinserción social.

Es éste un mundo donde reina la sombra… y también la muerte. Parece como si Infernal Affiars hubiera salido de los versos del Dhammapada, el libro sagrado de las enseñanzas de Buda.

Lean las siguientes sentencias, y piensen en cómo nos dan la clave del personaje interpretado por Tony Leung.

Aquellos que obran rectamente cruzan más allá de las pasiones y alcanzan el nirvana.

Para aquellos que su viaje está concluido, libres de dolor, su alimento no es otro que la liberación.

El que sin odio padece reproches, golpes y castigos, para quien la paciencia es un arma y poder, a ese le llaman noble.

Aunque Yan alcanza la liberación tras su muerte, también ha experimentado una muerte en vida. Representante de la fortaleza y convicción de los ideales más positivos, resume toda su existencia con una única frase: “Soy policía”.

Una frase que Lau, a pesar de saber lo que significa, no puede pronunciar ante Yan. Los versos que le definen son:

Si uno habla o actúa con una mente impura, entonces el sufrimiento le sigue del mismo modo que la rueda sigue a la pezuña del buey.

El malhechor se lamenta ahora y se lamenta después. Siempre se lamenta y sufre percibiendo la impureza de sus actos.

Ni en los cielos, ni en medio del océano, se halla un lugar donde uno puede permanecer a salvo de las consecuencias de sus malos actos.

Lau quiere cambiar. Quiere ver la luz y pasar al lado de los buenos. Ya desde sus comienzos en la oscuridad, le hace daño mirarse en el espejo y ver una imagen que no es la suya. El hecho de que no muera acentúa su dolor. Incrementa la profundidad de su abismo y le sitúa en la locura.

Citaré un último verso que engloba la trilogía:

La pureza y la impureza dependen de uno mismo. Nadie puede purificar al otro.

Esto es Infernal Affairs. Una cinta sublime, grandiosa, magistral, y como hemos tenido ocasión de comprobar, también catártica.


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