Obedeciendo a un impulso nominalista, algunos críticos y publicistas emplean un término anglosajón, best seller, para resumir la filosofía de cierto tipo de novelas que agradan al gran público.
La divisa, por indiscriminada, acaba siendo injusta, sobre todo en casos como el de Arturo PérezReverte, cuyo talento narrativo queda muy por encima del que, con mucho peor talante, esgrimen esos folletinistas de nuevo cuño que engordan la cuenta de resultados de las editoriales.
En todo caso, no me demoraré en el elogio a PérezReverte, aunque su nombre ha de salir a relucir en estos párrafos. No pretendo negar la evidencia de que el filme que hoy me interesa, La carta esférica, de Imanol Uribe, debe mucho a la novela homónima de don Arturo. Pero se trata de dos expresiones distintas, y como tales, merecen una atención diversa.
Al igual que la obra literaria, el largometraje está protagonizado por Coy, un marinero que pierde su licencia de navegar. Para entretenerse, lee a Stevenson y acude a subastas de objetos navales. En una de ellas, conoce a Tánger Soto, una dama atractiva, pero con los escrúpulos de una mantis religiosa. A su lado, Coy protagonizará un espectáculo cabalmente literario: la búsqueda de un tesoro sumergido.
El director de La carta esférica es Imanol Uribe. Es amigo de PérezReverte, y como él, disfruta con las buenas películas de aventuras en el mar. Por otro lado, Uribe pertenece a la selecta cofradía de los que leyeron de niños La isla del tesoro y se enamoraron de la protagonista de La mujer pirata. No sorprende, por ello, que esta versión le viniese como anillo al dedo. «Cuando finalmente me senté ante el folio en blanco —nos dice— para escribir la primera secuencia del guión, pensé, como siempre, que la adaptación de la novela iba a ser difícil y laboriosa pero, para mi sorpresa, la primera versión me salió con mucha facilidad y los cambios que introduje con respecto al texto original no sólo recibieron el visto bueno del autor, sino que el propio Arturo me ayudó, aconsejándome algunos matices o puliendo determinados diálogos».
A bordo de un motovelero, el equipo capitaneado por Uribe llevó a cabo la proeza de rodar buena parte del metraje en alta mar. El final de esa filmación, como sucede con todas las peripecias colectivas, entraña su buena dosis de melancolía. «Cinco semanas después —añade el cineasta—, nuestro barco, El Buenaventura, cruza la Bahía de Algeciras al atardecer. En cubierta, el equipo a tope. Silencio, caras melancólicas, alguien pone una música… Es el último día de rodaje en el barco, el último plano en el Buenaventura. Algunos incluso cierran los ojos y sueñan en cubierta. Qué pena. Esto se acaba».
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.









































































































