Por delante, vaya un lugar común, y es que tanto el cine británico como el francés se han mostrado generosos con sus clásicos literarios.
Así, de cuando en cuando, nos suministran versiones de obras cimeras, útiles para recordar la importancia del libro homenajeado, y por si ello no fuera bastante, fieles asimismo a la espíritu original de cada pieza. ¿Aclararé que en España no redunda esa costumbre, aunque acá nos tengamos por ilustres en el campo de las letras?
Por estos pagos, el cine prefiere la actualidad, la vida moderna y cuando de ésta se sigue. Difícilmente nos acercará un joven realizador a la ventura o la desventura de antiguos narradores que, a lo peor, ni siquiera le son familiares.
Para rematar este quejoso diagnóstico, falta la opinión del público, a quien parecen desagradarle los filmes de dicción literaria y escenografía antigua, difíciles de digerir por quienes nunca se conmueven dentro de la biblioteca. Por eso, frente a este páramo, debemos festejar como merece el estreno de La dama boba, adaptación cinematográfica del juguete cómico de Lope de Vega.
Manuel Iborra, propenso al juego teatral, llevaba tiempo con la idea de rodar esta cinta. Curiosamente, sus productores tuvieron que vender el proyecto con un lema que no sonase a academia: «Los planteamientos de esta obra —reza la publicidad—, sus equívocos, sus juegos, sus personajes son claros precursores de la mejor comedia actual. ¿Por qué no volver con una película a los orígenes?». El entrecomillado se las trae, y más de un lector se preguntará si la cita del moderno humorismo sirve de valor añadido cuando de elogiar un texto clásico se trata. Pero, en fin, estos son los tiempos que nos toca en suerte vivir.
Dos cualidades sorprenden al espectador de la obra. Por un lado, su atractiva escenografía (La firma el gran Miguel Chicharro y le sirven de complemento los hermosos figurines creados por Lorenzo Caprile). Y por otro, el viaje de retorno —desde el modo cinematográfico y televisivo al puramente teatral— emprendido por actores como Verónica Forqué, Silvia Abascal, José Coronado, Antonio Resines y Macarena Gómez. Sin perjuicio de otros méritos, ambos factores sirven para resumir la virtud del proyecto, a cuya superficie se asoma el recuerdo de filmes como El perro del hortelano, de Pilar Miró, y aun el de aquellas inmejorables adaptaciones escénicas que —de esto hace demasiado tiempo— programaba en Televisión Española el espacio Estudio 1.
Muchos prestigios han sido adscritos a otras películas recientes. Pero seamos sinceros: hay pocas que, como ésta, sepan conciliar de igual modo el chisporroteo verbal, la gestualidad elegante y la diversión de alto linaje.
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.










































































































