Pasa ya más de un siglo de cine y topamos con películas dedicadas a todos los asuntos del humano conocimiento. ¿A todos? Ya sé que no es mesurado generalizar, pero creo que hay cintas dedicadas incluso a las matemáticas. O por mejor decir, a los matemáticos.
Fíjense que estos últimos se sienten sumamente felices a la vista de títulos como Pi, Enigma o Cube.
Quien esto escribe no pretende ser exhaustivo, y por eso añado a la lista una pieza más: el mediometraje educativo Donald en el País de las Matemágicas, de Walt Disney.
El cine español no ha curioseado en la mencionada disciplina. De ahí que La habitación de Fermat resulte tan original. Sus protagonistas son cuatro matemáticos. Sus edades son diversas. No se conocen. Pero un anfitrión enigmático los invita a resolver un misterio sumamente provocador.
Como en los mejores folletines, se trata aquí de una cuestión de vida o muerte: los cuatro quedan encerrados en un cuarto que mengua progresivamente de tamaño. Si no unen sus inteligencias para resolver el arcertijo, todos perecerán sin remedio.
El inquietante Fermat es Federico Luppi. Los restantes personajes son Hilbert (Lluís Homar), Galois (Alejo Sauras), Oliva (Elena Ballesteros) y Pascal (Santi Millán). Con un reparto tan menguado, Luis Piedrahita y Rodrigo Sopeña son capaces de entretener al público y sostener la tensión por medio de golpes de escena sumamente ingeniosos.
No me negarán que eso es todo un antídoto frente a esos lugares comunes (negativos, claro) que circulan en torno a nuestro cine.
«Para dar libertad a los actores —nos dicen los directores— decidimos realizar tomas muy largas rodadas simultáneamente con dos cámaras. Esto nos obligó a encargar la construcción de una habitación que realmente disminuyera, pues el espectador podría advertir si las paredes del fondo se movían o no. No hubo tiempo de probar el decorado móvil, de manera que nos lanzamos a rodar con actores dentro de un prototipo que acabó multiplicando las complicaciones de un rodaje. En ocasiones, las paredes colisionaban con trípodes de cámaras o arrastraban aparatos de iluminación, obligando a cortar muchas tomas. Los accidentes se sucedían en el plató, pero el plan de rodaje era tan apretado que no se podía dejar de rodar. El agobio, la presión y el nerviosismo de los equipos técnico y artístico se trasladaron a la pantalla, de tal forma que los problemas y el caos del rodaje acabaron beneficiando a la película».
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.









































































































