Pasados tres años desde el estreno de El otro lado de la cama, el director de esta cinta, Emilio Martínez Lázaro, congrega a su equipo y recorre el mismo lindero argumental: una comedia de amores, desamores, pleitos y deserciones a la francesa, aderezada con canciones que interpretan los actores con una oportuna ausencia de talento musical.
¿Qué sentido tendría esta obra si no admitiéramos la viabilidad de esos interludios cantables? Al fin y al cabo, los personajes entonan temas bien conocidos, en su mayoría extraídos del cancionero juvenil de la década de los ochenta (en el que cabe seguir la huella de Tequila, Los Ronaldos, Los Rodríguez, Loquillo, Alaska y los Pegamoides, Pablo Abraira y José Luis Perales).
Además, ese repertorio tiene entretelas, pues a su ritmo se insinúa la nostalgia de aquella etapa en que los protagonistas obtuvieron su primera educación sentimental. Como pueden comprobar, hasta el desafinado está previsto y acá tiene sus valedores.
Con arreglo a las normas del vodevil, el libretista David Serrano ubica a sus figuras en una estabilidad aparente, interrumpida por casualidades que tienen su parte de enigma. Javier (Ernesto Alterio) piensa en casarse con Marta (Verónica Sánchez), la doctora que ha logrado psicoanalizar su miedo al compromiso. Pedro (Guillermo Toledo) bebe los vientos por Raquel (Lucía Jiménez), su nueva novia, y también pretende componer una pareja estable a su lado. El tercer integrante del trío es Rafa (Alberto San Juan), quien asimismo abandona la soledad junto a Pilar (María Esteve). Pero este cuadro idílico se rompe por dos extremos: aparentemente, Pilar es infiel, y la bella Carlota (Pilar Castro) se introduce en la comedia para desbaratar las certezas que asumen los tres personajes masculinos.
La inmadurez juega malas pasadas. No es una frase hecha, sino una de las pautas mejor acreditadas en el género de la comedia romántica. Bien lo sabe Martínez Lázaro, quien procura revivir en este largometraje la popularidad que benefició a El otro lado de la cama. Sin postular nuevas visiones, esta continuación toma cuerpo con ritmo y simpatía. Y eso no es todo. Bajo la presión de un sentimiento indispensable —el amor, se comprende—, sus personajes nos resultan tiernos, alegres y constantemente descompuestos, estrafalarios e identificados con una ingenuidad que frisa en la adolescencia. No hay escarmiento posible para quien, como ellos, se empeña en figurar entre los imitadores de Peter Pan. Lo da a entender Martínez Lázaro, y a la luz de esta idea, resulta doblemente simpática la peripecia que nos propone.
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.









































































































