Sinvergüenzas por capricho, cuentistas del montón, cascarrabias, embaucadores, bohemios a su manera, estridente y española.
Son criaturas todas ellas que pueblan el imaginario de Fernando Guillén Cuervo, actor de gran calibre y cineasta propenso a la comedia más gamberra. Sin matices inútiles, este realizador ya nos entregó alguna muestra del mismo humor: fallero, incendiario, de estricta fabricación casera.
Hoy obtenemos un nuevo ejemplo de la misma receta, Los mánagers, largometraje sin otros límites que el júbilo y la risotada. Sus personajes centrales son Maca (Enrique Villén) y Rena (Manuel Tallafé), dos cuarentones sin virtud ni laureles, de apostura mínima y gran deseo de obtener el dinero que no merecen. ¿Puede añadirse algo a este lamentable currículo? Lo han adivinado: Maca y Rena brillan con esa picardía ibérica que afina la mirada y enflaquece la moral.
En persecución de cualquier posible ganancia, ambos se presentan como promotores de dos jóvenes músicos, Pipo (Paco León) y David (Fran Perea), a quienes transforman en el dúo musical Los reyes del King. Gracias a la Rota (María Jiménez), una cantante folclórica de oscuros principios, preparan una gira por los pueblos del sur de España. Ni que decir tiene que este trabajo veraniego les llevará por un camino donde entretienen sus ocios los seres más aborrecibles de la península.
Nos dice Guillén Cuervo que Los mánagers retoma su ideal de comedia: «transgresora, ágil, estrepitosa, cargada de acidez y de malas maneras». A su modo de ver, Maca y Rena personifican un cierto modo de entender la cultura popular, cifrado en la intrascendencia sobrenatural de los platillos volantes, el contenido subliterario de las coplas, la competencia de los concursos televisivos y la musicalidad de eventos como el Festival de Benidorm. «Reflejo hiperrealista y paródico de la sociedad en que vivimos —señala Fernando—, la historia arrastra a los personajes, como le ocurriera a Alicia, rodeándolos de estrafalarios y divertidos personajes y adentrándolos en el mundo de las ferias y los feriantes, las calurosas giras, los concejales, los moteles y algún que otro contratiempo de orden más estimulante».
Ahí termina la teoría, o lo que viene a ser lo mismo, las cualidades que adornan al libreto y el conjunto de pretensiones que expone el realizador. Y aquí es donde tenemos que coger al vuelo un nuevo valor: el modo en que Guillén Cuervo descorcha la botella y transforma sus aspiraciones en una película.
Por decirlo en forma resumida, Los mánagers es un producto donde nada subleva el buen sentido narrativo: contado con eficacia y montado graciosamente, el filme demuestra que su director conoce los gajes del oficio. El reparto elegido cuadra bien con los personajes y la partitura musical entona sus emociones. No obstante, el conjunto asume los criterios de cierto tipo de cine que, de la mano de peliculeros como Santiago Segura, llena nuestras pantallas con los factores más risibles de la España negra.
Cuestión de gustos: habrá, sin duda, una parte de la audiencia a la que este tipo de humor le desagrade e incluso le alarme. Pero tampoco es cosa de ensañarse, porque esto precisamente —el exceso sin reparar en gastos, la salida por peteneras, la grosera exploración— es lo que el realizador prefiere.
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.









































































































