¿Cómo y con qué talentos pudo llegar Gustavo Ron al cine internacional?
Se comprobó durante sus estudios en la London International Film School, y aún lo estamos comprobando por medio de una carrera que alterna varios niveles simultáneos: los trabajos de producción y de dirección, sus afanes como guionista, y desde luego, los quehaceres que desempeña en cinematografías como la francesa, la británica, la alemana y la norteamericana.
Hombre apasionado, Ron hizo su pedido en el negociado de las historias románticas, y desde ese lugar dispensa hoy un homenaje a lo que él llama «espíritu de los grandes abuelos». Se entenderá mejor el asunto, o al menos así lo creo, con la cita de relatos inabarcables, digresiones oportunas y cuentos de humana flexibilidad. Porque Mia Sarah es una fábula cuyos ingredientes suministran el modelo de la ternura que, de forma típica, crece entre un abuelo y su nieto.
Protagoniza el cuento Samuel (Manuel Lozano), un adolescente que lleva más de tres años encerrado en casa. Lo acompaña Paúl (Fernando Fernán Gómez), gran escritor y maestro de su nieto por el vaivén de la vida. La hermana de Samuel, Marina (Verónica Sánchez), quiere solucionar el aislamiento de este con el auxilio de psicólogos, pero la terapia fracasa con gran regocijo de Paúl. Otro miembro de ese mismo gremio, el joven Gabriel (Daniel Guzmán), llega a la casa con el instrumental freudiano dispuesto.
Pero sucede que este tipo, especialista en el alma ajena, no sabe controlar su timidez con las mujeres. Una vez sondeada esta carencia, los tres personajes llegan a un acuerdo: abuelo y nieto mostrarán a Gabriel las artes de la seducción, y a cambio, él no variará el modo de vida del que aquellos disfrutan en su encierro casero.
De forma oportuna, este intercambio se verá magnificado gracias a una figura especial, Sarah, encarnada por la gran actriz inglesa Phyllida Law, más conocida entre nosotros por ser la madre de Emma Thompson.
Volviendo al principio: tenemos a un joven cineasta de gran habilidad —se sabe todos los trucos del oficio— situado frente a un libreto que pocos productores se atreverían a desahuciar. Arropado por una escuadra técnica de formidable talento, Ron sabe manejar el drama. Toma la palabra este o aquel personaje, y su cámara recupera el alma de la escena. No menos preciso resulta el tratamiento fotográfico: sutil, equilibrado, hermoso en su modulación. Abreviando, he aquí una cinta de las que no abundan en nuestro cine, depositaria de un secreto meridional, elaborado a media voz, con alegría y sin tedio.
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.










































































































