
Por más que se trate de un largometraje, Monster House, de Gil Kenan, tiene un claro vínculo con el cómic. Aunque sea por una vía inequívocamente nostálgica.
Veamos: la acción nos sitúa en los años ochenta. Tres niños, DJ, Jenny y Chowder, sospechan que algo terrible sucede en la casa más temible del barrio residencial donde viven. Su propietario es un viejo desdentado y colérico, el señor Nebbercracker, a quien los chavales acusan de haber acabado con su mujer. Por si ello no bastara, el edificio parece tener vida propia, y a través de su puerta desaparecen juguetes, mascotas y algún que otro paseante.
Si entre los lectores hay aficionados al género fantástico, obviamente intuirán las razones por las que insisto en ese parentesco de Monster House con la historieta. Son paralelismos que van más allá de lo formal −hablamos de una cinta de animación muy ceñida a la estética de lo siniestro−, y en virtud de los cuales, cierto tipo de espectador puede reconocerse en esta magnífica producción.
Para empezar, el planteamiento es iniciático. Los protagonistas son preadolescentes cuya biblioteca de referencias, tirando por lo alto, no va más allá de los cuentos y novelas de Robert Bloch, Richard Matheson o Ray Bradbury −muy probablemente, los guionistas hayan leído La feria de las tinieblas−. Pensemos que el miedo y la sospecha son, sin duda, dos temas importantes para ellos. Cuando imaginan una conspiración, la adornan con ingredientes aterradores, pero no disponen de periódicos ni de opiniones informadas. A decir verdad, sus fuentes más fiables son los delirios de un adicto a los juegos de bar, los clichés de las teleseries y ciertos lugares comunes que, por supuesto, extraen de los tebeos.
Cabe sospechar que, entre los destinatarios de esta formidable película, también se cuentan los espectadores que fueron niños y adolescentes hace treinta años. Ya saben a quiénes me refiero: consumidores de terror en VHS; mozalbetes que se enamoraron de Jamie Lee Curtis mientras ella gritaba en Halloween; chavales empeñados en releer viejos números de Creepy, Eerie y Vampirella (si son norteamericanos) o de Dossier Negro, Vampus y Rufus (si se trata de españoles).
Sin duda, aquellos cómics de la casa Warren, adaptados para el mercado hispano por Josep Toutain −Creepy, 1984−, enriquecen el significado de Monster House y avivan recuerdos entrañables. Su presencia en el mundo juvenil favoreció el éxito de teleseries como Tales from the Crypt (1989-1996), distribuidas en una época en la que casi nadie había visto Condenados de ultratumba (1972), de Freddie Francis, ni otras derivaciones de las clásicas Historias de la cripta, publicadas durante los años cincuenta por Bill Gaines bajo el sello EC Comics.
Al releer el párrafo anterior, uno teme la idealización del pasado. Lo cierto es que, salvo excepciones, hablamos de productos que se disfrutan de forma genuina a una edad concreta. En adelante, forman parte de la memoria sentimental, y su revisión nos devuelve la imagen de aquel lector que una vez fuimos. Ese es, justamente, otro de los méritos de Monster House. A medida que se acerca su desenlace, comprendemos por qué, tantos años atrás, nos empeñábamos en conceder a vampiros y alienígenas el beneficio de la duda.
Copyright de las imágenes © Sony Pictures, 2006. Reservados todos los derechos. Cortesía de Sony Pictures Releasing de España.










































































































