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Berthe Morisot  Berthe Morisot. La pintora impresionista
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Serpientes en el avión

Serpientes en el aviónSólo Dios sabe cuántas azafatas habrán ensayado esta frase: “Jamás creí que tuviera que decirlo, pero… ¿alguno de ustedes sabe pilotar un avión?”.

Recordando, me doy cuenta de que se trata de una encuesta muy popular. Con una desesperación uniforme, no resulta raro escucharla en cientos de películas.

La distancia entre la cita y el plagio es breve, y se reduce cada día. De momento, el último guionista que se ha atrevido a repetir la famosa pregunta es un amante confeso de la serie B, David Dalessandro, quien decidió incluirla en su primer guión, Venom (1992).

Desde luego, es discutible que Dalessandro se tomara en serio su propia obra, llena de ideas de tercera mano y balbucientes clichés. Aquí es fácil advertir la sensatez de los grandes estudios, cuyo repudio unánime acompañó a este libreto durante casi diez años. Alguien podría haberle sacado punta a este fracaso si no hubiera sido por la compañía New Line, demasiado impaciente para permitirse errores de cálculo. “Por ahora, todo lo que pedimos es un thriller modesto, y éste lo es”, dijeron sus ejecutivos.

Así fue como Ronnie Yu, curtido en el cine de Hong Kong, subrayó los folios de Venom y descubrió en ellos una extraña fuerza de convicción: la del treintañero que admite sin sonreír la genialidad de John Carpenter, Tobe Hooper y George A. Romero.

Durante su preproducción, Venom cambió de título –Snakes on a Plane evita posibles equívocos– y Yu fue sustituido por el director David R. Ellis. Por aquellos días, los gerifaltes de New Line no tenían la más remota sospecha de que los bloggers habían comenzado a referirse a la película como quien difunde un secreto gremial.

Quizá esto tuviese relación con la actitud de Dalessandro, un aliado de esos internautas que no traspasan el dintel de lo rumiado en vídeo­clubs y cines de programa doble.

En la última fase del rodaje, a los productores empezó a iluminárseles la mirada al escuchar los ecos y ruidos parásitos de la Red. “Bueno, muchachos, hemos llegado a algo grande –dijeron, como si todo fuese tan obvio que sobraran los detalles–. Pero es ridículo comparado con lo que podemos obtener”. Durante cinco días, se filmaron nuevas tomas de acuerdo con lo sugerido por los fans. Si hay una moraleja, es ésta: en la termodinámica del nuevo Hollywood, la temperatura es una especulación colectiva.

El 21 de julio de 2006, durante la convención Comic­Con celebrada en San Diego, los 6.500 asistentes pudieron disfrutar de un avance de la película. A lo largo de la proyección, quedaron desveladas las claves argumentales del largometraje.

Su protagonista, Sean Jones (Nathan Phillips), testigo de cargo contra el mafioso Eddie Kim (Byron Lawson), viaja en avión bajo la custodia del agente Neville Flynn (Samuel L. Jackson). ¿Qué tiene eso de extraordinario? Nada, salvo este detalle: los secuaces de Kim, con una gracia perversa, han introducido cientos de mortíferas serpientes en la aeronave.

Desde luego, esto es descabellado, artificioso, remanido… Y sin embargo, se deposita en los lugares comunes de aquellas b-­movies que produjeron Republic, Monogram o First National en los años treinta y cuarenta.

Por inercia, los congresistas de San Diego descifraron otro paralelo. Para ellos, Serpientes en el avión se recorta al contraluz de Roger Corman, Edward G. Ulmer y Bert I. Gordon. Nombres notables: artífices del éxito de dos empresas, AIP y Allied Artists, entre cuyas señas de identidad figuraron el pastichismo y el radiante simulacro –gato por liebre– a partir de piezas de desguace.

La concepción del arte por el arte no figura en la agenda de Dalessandro y Ellis. Entre sus referencias principales, nos encontramos con que apenas pintan sino aquello que les suena dentro de la cultura populista: formulismos consumibles, extraídos de La masa devoradora (1958), de Irvin S. Yeaworth Jr., o Piraña (1978), de Joe Dante. Ni siquiera su tema es excepcional. La presencia de serpientes en el circuito low brow queda ilustrada por los cuentos de la revista Weird Tales –verbigracia, The Snake Fiend (1923), de Farnsworth Wright, y Snake (1924), de Galen C. Colin– y en cintas marginales como Ssssilbido de muerte (1973), de Bernard L. Kowalsky, Fer-­de-­Lance (1974), de Russ Mayberry, y Veneno (1981), de Piers Haggard.

Con todo, el estereotipo funciona. Serpientes en el avión es tan previsible como entusiasta, y al estilo del Grand Guignol, no escatima su buena dosis de malicia. Precisamente por eso divertirá al mismo público que recibió con tibieza los modernos remakes de Las colinas tienen ojos (1977) y La niebla (1979). Una audiencia que aplaude el empleo de soluciones previstas de antemano y el folletinesco empeño en lo serial, pero que exige satisfacciones análogas a las que nos brindaron Wes Craven o el animoso Carpenter.

Al contrario que esta película, sus secuelas e imitaciones –hay más de una en curso– parecen una lista de intereses corporativos. Digámoslo ya: en los últimos tiempos, la palabra homenaje es uno de esos señuelos cuyo empleo ha acarreado los peores resultados. La deleznable Snakes on a Train (2006), dirigida por los hermanos Mallachi y estrenada directamente en DVD, ratifica esa impresión.

(Publiqué la primera versión de este artículo en el diario ABC)

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