Desde el momento en que sitúa al espectador en el campo de su ficción, Raimon Masllorens le obliga a entrar en el dominio del azar.
En apariencia, el argumento de Sin ti se mide a partir de moderadas casualidades, pero su alcance existencial es de superior calidad. En la película está trazada una línea imperiosa con la que enlazamos a partir de signos de transparencia perfecta. Confiesa Masllorens que dependemos del azar, y que aun el accidente más banal puede manifestar un desvío, un cambio en la representación de nuestras vidas. Tal es, en su diversidad, la dimensión providencial de nuestro paseo por el mundo.
El cambio, pretendido o arbitrario, reformula nuestra identidad a cada paso. Y lo cierto es que estas modificaciones se suceden de día en día, con una celeridad tan grande que a veces no es posible describirlas ni retener su orden.
En un primer examen, Sin ti propone una mudanza con la que fácilmente se identificará el espectador. La protagonista, Lucía (Ana Fernández), se desploma dentro de su bañera mientras los otros habitantes de la casa encallan en el tedio: Toni (Pep Munné), su esposo, se dispone a dormir, su hija Alba telefonea a una amiga, y Sergio, el menor de la familia, disfruta frente a la pantalla su ordenador. Lucía cae, y con ello rompe una rutina que los demás respetan. Es sólo un instante, un centelleo.
Pero su caída ha de afectar con mayor hondura a todo el clan, porque la protagonista queda ciega por efecto de ese estúpido accidente. Deprimida y sin alicientes para la esperanza, Lucía rechaza el apoyo de Laura (Carolina Pfaffenbauer), su terapeuta, y tampoco quiere compartir la frustración con Casimiro (Quim Gutiérrez), otro invidente marcado por la casualidad. Empezar de nuevo supondrá para la protagonista un reto inesperado, en el que la estima personal no es una parte del discurso sino su articulación definitiva.
El libreto de Sin ti va firmado por dos guionistas experimentados, Alicia Luna y Pau Garsaball. A través de esta habilidosa narración, Laura adquiere una psicología razonable, bien estratificada. El cambio que se opera sobre la base de su accidente nos conmueve por el sutil estado de necesidad que pone de manifiesto: necesidad de ver, pero no sólo con los ojos, sino por medio de una intuición aletargada, embotada tras años de rutina. Nada es superfluo en el personaje, y sus cálculos y conjeturas son tan sugerentes como su transformación progresiva.
Al cabo, este cambio —portador de identidad— se realiza en el campo de los afectos: modificando los métodos de intercambio sentimental en una familia de leyes estrictas, anudada en sí misma y acostumbrada a una lengua primitiva. Por supuesto, la ceguera es acá un reservorio de metáforas, a cual más incisiva y reveladora.
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.










































































































