
La vida de cada persona se encuentra con numerosos obstáculos a lo largo de su periplo terrenal. Estos obstáculos pueden surgir del exterior, pero otros muchos emergen del interior de propio individuo.
La película de Zhang Lu Sueños del desierto (Hyazgar) se centra en la historia de Hungai, un individuo que obliga a su mujer e hija a perseguir su obsesión: detener el avance del desierto, en plena estepa de Mongolia. Su rutina combina la compra de árboles, la plantación, la bebida y soportar los vientos huracanados que remueven la yurta en la que habita.
Hungai no quiere abandonar la tierra en la que ha vivido. Ve como todo el mundo desiste de enfrentarse a la realidad. Él la evita porque no quiere ser un desarraigado. Se apoya para continuar en una joven mujer y su hijo, refugiados norcoreanos. Les da cobijo en su yurta, y aunque no se entiendan al hablar, pueden mantener una convivencia pactada.
Sueños del desierto habla del egoísmo, el autoengaño, la soledad, la negación, la convivencia, la pasión, el deseo, la desesperanza. Todo se construye con las palabras justas; el silencio es el hilo conductor de una narración sumida en el ruido del calor de la estepa y de la noche oscura, de la yurta resquebrajada, del visitante que pasa sin detenerse, de la mujer que sabe vivir apasionada.
La sencillez lo domina todo, tanto la vida de Hungai como lo que le rodea. Está en ese cazo que remueve continuamente la leche, o en el hueso que sirve de juguete a los niños. Se percibe en el orden que domina la estancia circular de la yurta y la rutina en la estepa. La ciudad es otro universo necesario pero lejano.
La narración que defiende Zhang Lu se construye con espacios vacíos y movimientos pausados que llevan a la contemplación, a la mirada necesaria que reconstruye la imagen fragmentada.
La película tiene un gran fondo para la reflexión, e invita a transitar por caminos poco convencionales.
Sinopsis
El largometraje Sueños del desierto es una producción entre Corea, Francia y Mongolia. Su autor, Zhang Lu, novelista y poeta nacido en Jilin-Sheng (China) en 1962, escribió el guión tras conocer personalmente a las gentes y el territorio de Mongolia en 2005. En ese mismo año, en menos de un mes y con un presupuesto de un millón de euros, rueda la película, no sin grandes dificultades climatológicas que interrumpen en más de una ocasión el trabajo diario.
Un pueblo perdido en la árida estepa de Mongolia fronteriza con China. Los habitantes se han ido poco a poco, cansados de luchar contra el avance del desierto. Unos cuantos se han quedado y plantan árboles con el jefe de la zona, Hungai. Pero nada puede detener el éxodo. Incluso la mujer de Hungai acaba marchándose, decidida a salvar a su hija de la creciente sordera que padece.
Hungai se queda solo en su yurta y empieza a beber, sumido en el dolor y la desesperación... hasta que aparece Choi Soonhee, una refugiada norcoreana, con su hijo Changho.
La mujer se adapta a las costumbres del desierto y también empieza a plantar árboles. Los tres dependen el uno del otro para sobrevivir en un ambiente tan hostil.
A pesar de no hablar el mismo idioma y no poder comunicarse con palabras, nace una profunda relación entre los tres.
También está Yorick, un soldado mongol perteneciente a la tropa destacada en la zona al que le gusta cantar y que traba amistad con Changho.
Pero nada es tan simple como parece...
Copyright del comentario © Emilio C. García Fernández. Reservados todos los derechos.
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