Tangoway es una coproducción de Zip Films, Alguienvoló S. L. y la Televisió de Catalunya.
Dicho de otro modo: surge del afán de productores independientes, respaldados por una cadena autonómica. La fórmula se justifica por una simple razón, y es que nos hallamos ante un largometraje que no se destina al gran público. Es más, la película de J. A. Salgot nace con esa vocación discreta, minoritaria, que adorna casi todos los dramas intimistas.
Como sucede en las tragedias, los personajes de Tangoway brillan con mayor claridad cuanto más cerca están de su final. Su protagonista es un buscavidas, Marco (Ariel Casas), que obtiene dinero como narcotraficante. Marco no desea esa vida, y anhela la estabilidad que para él representan su esposa (Silvia Marsó) y su hija (Susana Fawaz). Cuando fallece su madre (Asunción Balaguer), otra desgracia reclama la atención de Marco: su padre (Joan Dalmau), de quien llevaba tiempo sin saber nada, padece el mal de Alzheimer. En un arranque de compasión, decide acogerlo en su hogar.
A Salgot ese argumento le afecta en la vida real. «Estaba tratando de hacer un retrato de un pequeño traficante del extrarradio de Barcelona —nos dice el realizador—, cuando le diagnosticaron a mi padre Alzheimer. Sin pretenderlo al principio, mi propia realidad vital se fue colando en la ficción y el resultado es esta historia».
La enfermedad actúa como un catalizador que descubre nuevos sentimientos y modifica conductas. Dentro del microcosmos que retrata el filme, ese padre que comienza a perder su identidad es, a decir verdad, un agente provocador. Su desdicha pone al descubierto la inconsistencia de los cimientos sobre los que se sustenta la vida de Marco. «Esta —añade Salgot— es la historia de una familia desestructurada, pero aparentemente estable y socialmente aburguesada. Una familia que se autodinamitará con una pequeña presión exterior y con la presencia de un hombre viejo y enfermo que cambiará la vida de todos para siempre. Pretende ser una crónica de la fragilidad del ser humano, en todos los sentidos. De su esfuerzo y de su camino, cargado de esperanzas y buena fe, para llegar a una meta curiosa: su propia destrucción inevitable».
Más allá de sus contenidos, Tangoway reviste interés por su tratamiento visual. Al rodar con cámaras de alta definición, el director consigue una agilidad de planos muy notable. «Las cámaras —añade— están siempre en movimiento. Se persigue así la constante tensión que pide la historia. Además, con cámaras en movimiento los actores nunca saben exactamente cuál es su plano, ni qué cámara está sobre ellos, de forma que en ningún momento pueden abandonar su papel».
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.










































































































