El personaje de José Luis Torrente, cuyos defectos se muestran en la pantalla como una alusión feliz, no es válido para las audiencias que propenden al saboreo lírico e intelectual.
Sin mengua de su enorme valor como franquicia, en Torrente reconocemos una mezcla de ganga grosera y de picardía sainetesca, difícil de entender para los cinéfilos exigentes.
Por su desacierto en el juego social, dicha figura personifica lo peor de la España negra, si bien dentro de los parámetros de la modernidad. A decir verdad, este detective holgazán, que trepa por el mundo a fuerza de vulgaridad y atrevimiento, carece de gestos irónicos.
El suyo es un humorismo de pobre lectura y torpe psicología, en el que no se desencadena más que a medias el mecanismo paródico. Esto último, por cierto, implica un efecto inesperado, pues lo que prevalece en un determinado tipo de público es la risotada cómplice, instalada en ese extraño fenómeno que el creador del personaje, Santiago Segura, reconoce con disgusto: la identificación de más de un espectador con un tipejo que él diseñó para denunciar, en clave de comedia, aquello que más desprecia. A saber: el arribismo, la fanfarronería, los ademanes racistas y el machismo.
A buen seguro, el párrafo anterior no convencerá a quienes simpatizan con esta figura cinematográfica. De hecho, las críticas importan aquí menos que la fama. Además, el éxito de Torrente es descomunal, y ese ingreso desmedido en las taquillas supone un inestimable apoyo para la industria del cine español.
Hay aquí, evidentemente, algo que debiera hacernos pensar en las razones de este triunfo. Los datos del mercado en 2005 no dejarán lugar a dudas. La tercera entrega de la saga creada por Segura, Torrente III. El protector, fue la segunda película con mayor recaudación en nuestro país, sólo ligeramente superada por Star Wars episodio III: La venganza de los Sith, de George Lucas.
Con todo, pese al disgusto que nos inspira su criatura, hay que reconocer la habilidad de Segura para moverse con destreza en el panorama fílmico actual. Desde luego, su progreso ha sido constante y eficaz. En una primera fase, prosperó como autor de cortometrajes; cintas intrascendentes donde parodiaba las convenciones del cine de género: Relatos de la medianoche (1989), Evilio (1992), Perturbado (1993) y Evilio vuelve: El purificador (1994).
Como actor, se puso luego a las órdenes de Álex de la Iglesia, Fernando Trueba y Luis García Berlanga, consolidando a ojos del gran público un aire cordial, atrevido y un tanto desencantado. En 1998 dirigió y protagonizó Torrente, el brazo tonto de la ley, con la que logró recaudar 12 020 300 euros, cifra exorbitante en el panorama local. Dos años después, se hizo cargo de la producción de una secuela, Torrente 2. Misión en Marbella, que volvió a destacar con 22 838 500 euros recaudados y más de cinco millones de espectadores. Por su elocuencia, puede que este gráfico de beneficios silencie quejas de otro orden.
Protagonista de un curioso fenómeno social, Segura lo presenta como un paradójico resultado de su imaginación. Quienes conocen a este actor y cineasta saben que se trata de un hombre cortés, avanzado en sus pensamientos y buen conocedor de la filmografía internacional. Por desdicha, el sedimento que nos deja su Torrente enturbia sin remedio los esquemas de la comedia española: volcada en este y otros casos hacia un gamberrismo de montaje convencional y amargo desciframiento.
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.









































































































