El mensaje publicitario —categórico: sin él, no hay difusión eficaz— proviene, cómo no, de los distribuidores de Zulo.
De acuerdo con su lema, nos hallamos ante una película original, innovadora y diferente; un largometraje que nos conduce hasta el foco de un miedo esencial: que nos priven de libertad. ¿Quieren conocer esta obra en su detalle?
Cuesta trabajo creerlo, pero aún hay directores jóvenes que pueden desarrollar un proyecto personal dentro de una industria tan vacilante y apurada como la española.
Es el caso de Carlos Martín Ferrera, quien logró comprometer a su equipo en un rodaje que les llevó todo un año. Esto es, el periodo de tiempo fijado para que el deterioro psicológico y carnal del personaje central fuese lo más verista posible. Como su título anuncia, Zulo cuenta la historia de un cautivo. Sometido a la voluntad de sus secuestradores, lucha por sostener la entereza y organiza sus días en un microcosmos cerrado, tan estrecho en sus dimensiones como aterrador por su significado. A decir verdad, este zulo eleva el mismo polvo que una sepultura y trae a la memoria un tabú poco estimulante: el de ser enterrado en vida.
Excepto en el ámbito de los cortometrajistas, el de Martín Ferrera no es un nombre conocido, pero en adelante no ha de extrañar que alcance una deseable notoriedad.
Ha dejado voluntariamente en la cuneta otros planes para acomodarse a las necesidades del cine de largo metraje. Y lo ha hecho a velas desplegadas, con un entrenamiento que hace honor al meritoriaje que imponían las viejas escuelas de cine.
Según refiere su currículo, ha cursado estudios de dirección cinematográfica, y asimismo es autor de varios cortometrajes, entre ellos Sombras en la pared (2000) y El Barbero (2003), premiado en el Festival de Cine Iberoamericano de Huelva. Tenaz en su vocación, Martín Ferrera encabezó los equipos responsables de dos documentales televisivos: Pau Gasol, el sueño americano (2001) y Mineros de Riotinto (2002). Y ahora, con el placer de ir acumulando experiencias, nos confiesa lo mucho que Zulo significa en su trayecto.
¿Razones? Podemos citar varias, pero nos agrada esta: el hecho de que el cineasta buscaba algo diferente de lo que se acostumbra en España dentro del género policial. Su deseo: un cine más abierto en su trama, más europeo en sus hechuras. Como él mismo dice, ha pretendido realizar un largometraje «inquietante y a la vez onírico, que se incruste en las retinas del espectador. Y no me refiero a algo agresivo, sino a una obra que invite a la reflexión, a una metáfora de la degradación personal».
Es ahora cuando el espectador debe juzgar si el director ha cumplido el anuncio que aquí se expone.
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.









































































































