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Berthe Morisot  Berthe Morisot. La pintora impresionista
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Aubrey Beardsley

beardsleyA propósito de Aubrey Beardsley se puede escribir valorando su categoría como ilustrador por encima de Leonard Brooke, Arthur Silver, Lionel A. Bowen y otros que, como él, trabajaron en las revistas artísticas más influyentes del momento.

Sin embargo, conviene comenzar indicando que el ambiente creativo e intelectual en Londres favorecía indudablemente la expansión del japonismo: un estilo que Beardsley abrazó sin reservas.

En ocasiones, esta afición era el único punto en común compartido por sus seguidores. Sirva apuntar como digresión que W.S. Gilbert, uno de los autores de “El Mikado”, apreció –no sin ironía– en público los éxitos de un joven Oscar Wilde, vivo admirador a su vez del decorativismo oriental, punto que enlaza con la compleja relación del literato irlandés con el japonista Whistler.

La casi general falta de coincidencia entre los tres no impide que, más allá del esteticismo de la Hermandad Prerrafaelista o las intrincadas visiones del simbolismo, el japonismo fuera comúnmente practicado o admirado por la elite artística londinense.

En este contexto, no ha de extrañar que Aubrey Beardsley, un joven nacido en Brighton, hiciera coincidir sus primeras obras como dibujante con intenso estudio de la pintura japonesa sobre madera, el ukiyo–e, que Luis Antonio de Villena considera una de las grandes fuentes de su obra.

Niño prodigio, Aubrey Beardsley demostró muy tempranamente su inclinación por la música y las artes. Estudió en Brighton, Hove y en la Sussex Grammar School. Desde 1888, comenzó a trabajar en un estudio de arquitectura, del que salió para ingresar en la Guardian Life and Fire Insurance Company.

Tras asistir en 1892 a las aulas de Westminster School of Art, bajo la dirección de Fred Brown, inició una carrera artística breve aunque fructífera. Ilustró la Morte D'Arthur, de Thomas Mallory, y asumió los principios estéticos del simbolismo.

Mientras editaba sus dibujos en The Savoy, escribió un relato erótico, Under the Hill, tan irreverente como algunas de sus ilustraciones eróticas para Lysistrata.

Enfermo de tuberculosis, se convirtió al catolicismo tres años de fallecer en Menton, Francia, en 1898. Sólo tenía veinticinco años.

Mucho se ha hablado sobre la influencia del grabado japonés en el arte de Beardsley. Para comprobarlo, repasaremos algunas de sus creaciones.

El ilustrador había comenzado a colaborar en 1893 con la revista de arte más representativa del período, “The Studio”, dirigida por esa época por C. Lewis Hind. He revisado la colección de “The Studio” a la búsqueda de otras referencias al japonismo, contemporáneas al desarrollo del Art Nouveau, llegando a la conclusión de que su presencia es muy frecuente, bien a través de artículos especializados, bien mediante la presencia de ilustradores que lo practicaron o se vieron influidos por la estética japonesa.

Ese es, como he apuntado, el caso de Beardsley, quien adoptó un estilo personal, del todo original, nacido en parte de la influencia japonesa que compartió con Whistler y otros de sus maestros prerrafaelistas. Los dibujos de Beardsley, caracterizados por el uso de modelos decorativos planos, al estilo de los grabados japoneses, reflejaban una total maestría en la composición que pronto habría de ejercer su influjo sobre ilustradores, diseñadores y cartelistas de toda Europa.

Alcanzada su madurez como artista, acepta el reto de ilustrar una pieza teatral de Oscar Wilde, Salomé. El resultado es extraordinario y queda como un ejemplo de Art Nouveau de primer orden, resumen de influencias temáticas y estilísticas en que se conjugan las formas lejano–orientales con el gusto por los motivos paganos y lujuriantes que tanto agradaban al sibaritismo londinense y parisino del momento.

Evitando el barroquismo que caracterizaba al grabado finisecular, juega con el blanco y negro con una personalidad única, completamente moderna y a la par arraigada en el tradicionalismo ornamental japonés.

Como apunta Villena, "la estilización es ahora absoluta y refinadísima, y el movimiento de líneas parece aprendido del arte japonés. Lejanos ecos de Moreau y de algún otro simbolista continental, y toda la delineación del “ukiyo–e” archirefinado. (...) Fijémonos en la ilustración llamada “The peacock skirt” (“La falda de pavo real”). Nos evoca, inmediatamente, una estampa japonesa. (...) Pienso en la hermosa tela de Kaigetsu Ando, “Mujer en el viento”, una cortesana de suntuoso kimono cuya cola se arrastra (en contraria mano) como la del dibujo de Beardsley. O en otro célebre pintor “ukiyo–e”, Hokusai –del que muy seguramente conoció trabajos Aubrey– en su “Primavera y otoño”, por ejemplo, que son también dos mujeres con floral y amplísima vestidura, símbolos de una y otra estación".

Esa transición entre Oriente y Occidente que he referido en este artículo tiene en Beardsley, sin ningún género de dudas, uno de sus puntales más sólidos y significativos. Esto es lo que también se hace notar en otros ámbitos, principalmente el cómic, pero también el teatro y el cine. La razón de ello es que Beardsley desarrolló una importante influencia en figurinistas europeos como León Bakst y Erté, artífices de muchas de aquellas fantasías orientales que, desde los ballets rusos al cine de Hollywood, fascinaron a los espectadores en el primer cuarto de siglo.

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