
Quienes lean La fabulosa historia de los Pelayos (Plaza & Janés, 2003) comprenderán en qué medida existen paralelismos entre 21 Black Jack y la vida de Gonzalo García Pelayo, su hermano Javier y sus hijos Iván, Christian, Óscar, Vanessa y Guzmán.
Sabemos que el clan de los Pelayos, aplicando el cálculo de probabilidades, hizo saltar la banca más de una vez. Y más de tres. Pero hoy, más que su método –la esperanza matemática lo llaman–, me interesa conocer la parte de su experiencia personal que prospera en casinos y salas de juego.
Al comienzo de toda entrevista hay que rellenar una especie de inventario. Dicen que sólo las referencias permiten estar a la altura del momento. En este caso, la trayectoria como jugador de García Pelayo me lleva a pensar en dos escritores, David Mamet y Martin Amis. El primero escribió en el New York Times Magazine un artículo admirable, “Cosas que aprendí jugando al póquer en la Colina”. Lo encontrarán en la antología Una profesión de putas.
“Hablando de la suerte –escribe Mamet–: ¿es que existe la suerte? Sí. La suerte existe. Existen rachas de suerte. Se trata de un conocimiento muy instructivo que he obtenido gracias al póquer: que todas las cosas tienen su ritmo, incluso las estadísticas en apariencia más inanimadas”.
Amis fue compañero de partida de Mamet. El novelista relata esa experiencia en otro artículo, “Noche de póquer”, donde habla de cuatro escritores que saben mucho del póquer y de la vida: Al Álvarez, John Graham, Anthony Holden y el imperturbable Mamet. Extraigo la cita del libro Visitando a Mrs. Nabokob y otras excursiones.
“Jugando al póquer –nos dice Amis– se pueden averiguar muchas cosas sobre uno mismo. ¿Se es valiente? ¿Tranquilo? ¿Le queda algo de dinero?”.
Ahí va una pequeña nota ambiental: Gonzalo me atiende frente a una mesa de black-jack. A su izquierda se sienta Francisco San Onofre, ingeniero especializado en apuestas y estrecho colaborador de García Pelayo, para quien desarrolla software para analizar datos y buscar tendencias. Buena parte de esta labor se refleja en su web.
Inspirada en la historia real de un grupo de matemáticos que se hicieron millonarios en Las Vegas, 21 Black Jack es un espectáculo lleno de dinamismo, sumamente entretenido. Para hablar sobre la película y sobre los desafíos que plantea, entrevistamos hoy a Gonzalo García Pelayo, comunicador, cineasta, productor musical y respetado maestro del juego.La película de Robert Luketic interesa a Gonzalo García Pelayo por diversas razones. En primer lugar, se siente identificado con la trama, y desde el punto de vista de un jugador profesional, entiende que su actividad queda reflejada con un grado suficiente de verosimilitud. Al final –y si alguien quiere hacer una apuesta en sentido contrario, lleva las de perder–, hay situaciones en las que casi todo asiduo a los casinos acaba coincidiendo.
Nos hallamos en un casino clandestino, o en un lugar que se le parece bastante. Todo ello es fruto de la habilidad promocional de Sony Pictures, la distribuidora de 21 Black Jack.
Gonzalo, es evidente, como dice tu hermano Javier, que el juego es una metáfora perfecta de la vida…
Así es.
Y sin embargo, aunque el juego puede resultar más predecible mediante el cálculo de probabilidades, no da la impresión de que la realidad cotidiana se someta con tanta facilidad a ese tipo de fórmulas.
Es que la vida tiene muchos más elementos y no se pueden matematizar todos. Y muchas veces no se puede matematizar ninguno. En todo caso, hay casos que lo permiten. Por ejemplo, pensemos en que vas a tener hijos. Si quieres niño o niña, tienes un cincuenta por ciento de opciones de que prevalezca uno u otro sexo. Pero hay sistemas que incrementan las probabilidades en uno de ambos sentidos. Depende del día en que tengas relación con tu mujer. O de en qué posición está ella.
Entiendo.
De hecho hay estudios que nos dicen que, dependiendo de esos factores, varía el porcentaje y la opción de que sea niño o niña pasa del cincuenta al cincuenta y cinco por ciento.
Es un buen argumento, pero en todo caso, no queda mucho lugar para posturas deterministas... La observación de la física de una ruleta puede llevaros a la conclusión de que ciertos números salen con más frecuencia. ¿Pero sucede lo mismo en tu vida cotidiana? ¿Empleas los mismo recursos?
Uno intenta moverse con mentalidad de jugador. Calculando probabilidades. Por ejemplo, cuando viajo en metro, nunca subo ni en el último vagón ni en el primero. Prefiero subir en uno que esté en el medio. Porque… si hay un accidente, ¿por dónde chocan los trenes? Por delante o por detrás. Depende… Ya ves que en el medio siempre voy a tener más defensa. Luego no hay problema… Pasa lo mismo en un cine donde no hay sesión numerada. ¿Dónde me siento? Pues al lado de una puerta. Eso te puede salvar la vida. Si te fijas, hay muchos elementos de la vida que son matematizables en cuanto a sus probabilidades.
Volvamos a la idea del juego como lección de vida…
Sí.
Tú defiendes que es una actividad que favorece el aprendizaje, el crecimiento personal, y sin embargo, la imagen pública del juego no es positiva. Incluso hay quien lo ve como un vicio.
Es un error. Un poco en broma, siempre hablo de los pocos peligros del juego. He escrito artículos sobre el tema. La gente arriesga mucho más cuando abre un bar, cuando abre una mercería, cuando juega a la bolsa… Quico [San Onofre] mantiene un gran control cuando juega. Tiene bastante más control que muchísimos negocios que hoy se han abierto en Madrid. La gente está perdiendo en la bolsa auténticas burradas porque no tienen ni idea de dónde se meten. No digo que no se pueda jugar inteligentemente a la bolsa, pero jugar a la bolsa de cualquier manera, o jugar de verdad, seriamente, como lo hace Quico, no tiene comparación. Quien no tiene riesgo es Quico. Él va a ganar todos los meses.
Pero bueno, siempre hay pérdidas, fracasos… Sueles comentar que de esas situaciones se debe aprender a medir riesgos. Lo que no acabo de concebir es cómo se analizan fríamente una partida o una apuesta en las que uno se deja una cantidad tan apreciable de dinero.
No siempre se juega con mucha cantidad de dinero. Quico ha tenido este mes éxito en las apuestas deportivas. Ha ganado veintitrés días y ha perdido ocho. ¿Qué ha perdido en esos ocho días? Es cuestión de estadística. En 21 Black Jack, por concentración dramática, se plantean situaciones en las que se pierde mucho dinero. Pero no suele llegarse a ese extremo.
Me imagino que son muchos los paralelismos entre vuestra vida y la de los personajes de la película.
Nos impresionó mucho la cantidad de parecidos que tiene la película con situaciones que nos han ocurrido a nosotros. Cuando jugábamos al black-jack, nos sucedieron cosas exactamente iguales. También empleábamos claves y gestos que sólo tenían significado para nosotros.
No hay duda de que se trata de un tema con gran atractivo cinematográfico.
El Canal Historia realizó una serie sobre los jugadores que habían ganado en Las Vegas. En principio, se plantearon que iban a dedicar los episodios sólo a jugadores americanos. Se enteraron de nuestro caso y se discutió –nos lo contaron los productores– si de verdad merecía venir hasta Madrid a hacerlo. Tuvimos el honor de que la serie se compuso de doce jugadores americanos y nosotros, los Pelayo. Y otros de los compañeros de la serie fueron precisamente estos jugadores en los que se inspira 21 Black Jack.
Ellos son genios del cálculo de probabilidades. Y esa, como ya hemos comentado, es la disciplina en la que se basa vuestro método de trabajo.
En la película, y eso me da envidia, son todos matemáticos de primera línea. Cuando la veo, quiero ser amigo de todos ellos. De hecho, yo buscaba matemáticos como el que interpreta Kevin Spacey, porque pensaba que necesitaba más base teórica para las tareas experimentales. En el black-jack y en la ruleta, yo necesitaba un dato fundamental: lo que los matemáticos llaman la prueba de chi-cuadrado. Yo no tenía ni idea de esto, pero un sobrino mío estudiaba Físicas y me habló de que ellos manejaban esta prueba con un dado. Esto es todo lo que Spacey y todos los monstruos que salen en la película saben de sobra. Es, justamente, el mundo del que sale Quico San Onofre: los ingenieros, los matemáticos…
Gonzalo García Pelayo en la mesa de black jack © Fotografía de Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.









































































































