
El director de Ágora, Alejandro Amenábar, acompañado por sus protagonistas, Rachel Weisz, Max Minghella y Óscar Isaac, ha presentado esta superproducción en la Biblioteca Nacional. A lo largo de dicho encuentro, el director y la actriz han hablado de cine, de religión e incluso de arqueología.
Todo el mundo sabe que, hablando de cine europeo, un presupuesto elevado basta para despertar el interés de la prensa. En este caso, cincuenta millones de euros es la cifra triunfal que sitúa a Amenábar en el centro del escenario.
Claro que Ágora no es solamente un caro espectáculo en el que, por fuerza, deben brillar los decorados o los efectos digitales. Aunque tenga el empaque necesario para ello, la película no es un blockbuster convencional. De hecho, Amenábar compone un sincero homenaje a la ciencia: un relato cuyos temas –la intolerancia, el conocimiento, la entrega a un ideal…– proporcionan, además, un cierto margen para la reflexión del espectador.
En el futuro, algún estudioso podrá plantear una biografía más académica de Hipatia de Alejandría, pero está claro que esa astrónoma del siglo IV a.C. quedará en nuestra memoria con el rostro luminoso y sereno de Rachel Weisz.

Hipatia fue un personaje notable. Hermosa, con esa rara belleza que transmite la inteligencia, fascinó a sus alumnos en la Biblioteca de Alejandría. Jefe de la escuela neoplatónica de filosofía, fue una matemática excepcional y conoció las leyes de la física mucho mejor que la mayoría de sus contemporáneos.
Por desgracia, Cirilo, el arzobispo de Alejandría, detestaba a Hipatia por la amistad que ésta mantenía con el gobernador romano Orestes (estupendamente interpretado en Ágora por Óscar Isaac). A consecuencia de ello, la astrónoma fue salvajemente asesinada por una turba de seguidores del prelado.
Con el paso del tiempo, esta mujer excepcional ha sido mitificada, primero por los escritores románticos y luego por las autoras feministas. Cuando le pregunto por las dificultades que entraña esa idealización para una actriz, Rachel Weisz deja bien claro que su principal objetivo ha sido el de humanizar a Hipatia.
“Como actriz –responde– me lo he planteado, desde luego, porque es imposible interpretar a un mito. Hipatia fue una mujer fascinante, comprometida con sus ideales, que simboliza la pasión por el conocimiento y por el estudio. Era alguien muy racional, guiada por el intelecto. Ante una figura con esas cualidades, resulta imprescindible conectar de algún modo con la faceta humana del personaje y convertirlo en alguien de carne y hueso. Por otro lado, es posible que tenga algo en común con ella, pero para mí sería imposible alcanzar ese grado de renuncia, y excluir de mi vida a mi marido y a mi hijo o a mis amigos”.
En un punto de su historia pasada, Alejandría fue la capital de la sabiduría. La Biblioteca formaba una especie de ciudadela: un centro del saber que otro astrónomo, Carl Sagan, definió como el cerebro y el corazón del mundo antiguo.
Alejandría, en palabras de Sagan, fue un lugar donde la palabra cosmopolita llegó a tener un sentido auténtico.
¿Qué huellas quedan de aquel enclave prodigioso en la Alejandría actual? Se lo pregunto a Amenábar, que viajó allí durante la preproducción de Ágora.
“La Alejandría moderna –me dice– se dibujó pocos siglos después del momento que refleja la película, cuando se convierte en una capital cristiana. Lo que vino después fue la invasión musulmana, y lo que encuentras hoy es, fundamentalmente, una Alejandría musulmana. No se conserva mucho de la ciudad de los tiempos de Hipatia, pero durante nuestro viaje, eso fue lo que más despertó nuestra atención”.
“Cuando llegas a Egipto –añade–, generalmente vas a visitar las pirámides. Sin embargo, a nosotros nos interesaba más ese Egipto romano. De aquel tiempo se mantiene en pie la columna de Pompeyo, en lo que fue el templo del Serapeo, del cual quedan pocos restos. Por los vestigios, se sabe más o menos dónde estaba la Vía Canópica, y por supuesto, dónde estaba el Faro… Todo eso ya era para mí muy emocionante, porque en realidad, casi no queda nada de la Alejandría que reflejamos en la película. Hablamos de una de las ciudades más importantes, a todos los niveles, del mundo conocido”.
Si se sigue de cerca el relato de Ágora, se observará un hecho interesante, y es que las tensiones políticas y religiosas entre la cultura pagana y el floreciente cristianismo tienen el peor de los desenlaces posibles.
“La película –dice Amenábar– cuenta la historia de una mujer cuyos mejores amigos eran cristianos pero que se nego a ser bautizada y fue martirizada por un grupo de fanáticos. No estoy hablando de la totalidad de los cristianos. Sólo de un grupo. No olvidemos que el personaje protagonista es Davo, el esclavo de Hipatia, que es un cristiano. De alguna manera, él se separa de ese grupo de fanáticos. Lo que está denunciando Ágora es a la gente que, en algún momento, decide dejar de constrastar ideas, aparca la razón y recurre a la violencia. Y eso pasaba hace 1.600 años y, desgraciadamente, sigue pasando hoy”.
Vuelvo a Sagan para recordar la muerte de Hipatia. “La arrancaron del carruaje –escribe en Cosmos–, rompieron sus vestidos y, armados con conchas marinas, la desollaron arrancándole la carne de los huesos. Sus restos fueron quemados, sus obras destruidas, su nombre olvidado”.
“Es verdad que se sigue lapidando a las mujeres –señala Amenábar– y por eso cambiamos a última hora el final. El modo en que ella fue asesinada fue más sangriento y lo cambié por una lapidación, justamente para crear esa conexión con lo que actualmente le sigue pasando a la mujer en muchos países”
Suena como una tragedia griega, y con razón. Hipatia posee una fuerza sorprendente, y existen ciertas zonas de su vida dentro de las que un historiador no puede moverse, por falta de datos. Ese es el espacio por donde mejor puede circular un creador de ficciones.
“Intentas llegar a la esencia del personaje –dice el realizador– y sabes que debió de ser una mujer muy fuerte, con una educación excepcional. Una mujer que se empeñó en ser tratada como un filósofo más. Quiso vestir como los filósofos. Sus mejores amigos fueron cristianos, pero ella renunció a ser bautizada. Las crónicas insisten mucho en su espíritu moderado, que es algo que debía de ser común a los filósofos. Quizá el mayor trabajo de Rachel consistió en no crear un personaje tan perfecto y hacerlo más terrenal. Además, Rachel Weisz le ha proporcionado una cosa maravillosa a Hipatia, que es la honestidad. Ella es una persona muy directa y eso se ve también en el personaje”.
Copyright de texto y fotografías © Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.









































































































