
Hablar de El camino de los ingleses equivale a explorar el corazón de su realizador, Antonio Banderas.
A algunos la frase les parecerá formularia, pero créanme, esta es la apreciación que el propio actor se empeñó en repetir a los periodistas que le acompañamos en el estreno de la cinta. No en vano, Antonio pensó en esta película como una carta de presentación, un modo de hacerse ver como cineasta en el complejo panorama de la industria del cine español.
«Creé en Málaga un sello de producción —nos decía— con el fin de dar forma a un espacio de libertad. Quise que en esta empresa participase gente joven, a ser posible de Andalucía, de Málaga… Gente joven y creadora, que acaso de otro modo no hubiera tenido ocasión de manifestar su talento. Ni que decir tiene que esa libertad de la que hablo fue también una premisa a la hora de filmar El camino de los ingleses. Dicho de otro modo: el objetivo era desprendernos de todo aquello que puede contaminar el proceso creativo. Quise trabajar sin influencias, sin condicionantes, sin pensar en la taquilla, en la profesión o en los críticos... Acaso esta pretensión se deba a los diecisiete años que llevo en Hollywood. No lo sé. En todo caso, no renuncio a esa larga etapa, porque hoy me permite comprar mi libertad. Sin esto último, no hubiera podido hacer una película como El camino de los ingleses, y sentir el proceso como una experiencia dolorosa y dulce a un tiempo».
Inspirada en la novela del mismo título con la que Antonio Soler ganó el Premio Nadal en 2004, la cinta de Antonio Banderas tiene por protagonista a Miguelito Dávila (Alberto Amarilla), un muchacho sensible, inteligente, cuya enfermedad renal le proporciona una extraña lucidez. Amante de la poesía, Miguelito siente que su amor por Luli (María Ruiz) es un modo de trascender una realidad decepcionante. Para su desgracia, la realidad es algo que nadie puede ignorar.

Por su ambientación, uno tiende a pensar que el espacio histórico donde se mueven Miguelito y sus amigos corresponde a la juventud del director. «Mirar atrás —aclara Banderas— no es solo revisar el pasado, sino reconocer lo que eres a través del camino que recorriste para serlo. Por eso me daré permiso para volver al camino de la memoria, de las pasiones tempranas y de las preguntas sin respuesta. Por eso les invito a que nos demos una vuelta por El camino de los ingleses, donde la incertidumbre y el vértigo dejaron huella en la búsqueda de una madurez tan deseada como temida».
Hombre de emociones intensas, Banderas sabe transmitirlas a la pantalla, no solo por su conocimiento técnico, sino por una cultura visual muy bien entrenada. Quizá por ello, al escucharle, deseamos que nos acompañe en la butaca, aclarándonos el porqué de cada plano, de cada episodio que él ha perfilado en la sala de montaje.
Su mirada, como la de los cineastas importantes, seduce y conmueve. Y eso, en estos tiempos que corren, casi no tiene precio.
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.









































































































