
La condición de estrella en Benicio del Toro se nos olvidaría si no tuviéramos a mano las críticas de sus películas.
Sobrio y cortés, mantiene un clima de tranquila simpatía incluso ante las preguntas más incisivas.
Aunque su vigor físico podría resultar imponente, el actor parece capaz de aguantar cualquier trastorno con una permanente sonrisa. Sentado a su derecha, Steven Soderbergh nos observa con una expresión algo más congestionada.
Tiene un aire dinámico, nervioso, y me pregunto con qué ánimo se enfrenta al estreno de la película sobre la que hoy hablaremos, El argentino. Un largometraje espléndido, inspirado en la vida de Ernesto Guevara, el Che. El asunto es que Guevara no sólo cambió la historia de Cuba, aunque por descontado lo hizo. También originó una leyenda, y al adquirir ese renombre mítico, se convirtió en todo un problema para los historiadores.
En Madrid, en los días previos a este nuevo estreno, la media de actos y encuentros en los que se requiere a Benicio del Toro le ha permitido explicar con detalle su labor en Che, el argentino y Guerrilla, las dos películas de Steven Soderbergh en las que da vida al famoso revolucionario.
“Antes de empezar el proyecto –dice hoy–, no conocia mucho al Che Guevara. El trabajo de investigación cambió mucho mi perspectiva… No sólo la cambio, más bien la llenó. Empezamos estudiando lo que él escribió y luego tuvimos la suerte de conocer a muchos de los personajes que convivieron con él y también a su familia. Yo creo que él era una persona muy coherente. En el diario de Bolivia se da uno cuenta de que ahí, entre los mosquitos, el calor, el frío y la lluvia, el Che mantenía una coherencia como escritor. Todo lo que sale en la película ha sido investigado desde distintos puntos de vista”.

La cuestión decisiva es, ¿ofrece El argentino un retrato demasiado indulgente del personaje?
“Si se ve positivo –añade el actor, con una sonrisa de complicidad–… también lo estaba haciendo yo, así que tenía que tener algo positivo”.
Tanto Benicio del Toro como Steven Soderbergh respetan profundamente al biografiado. Y es razonable ese respeto, porque hoy resulta difícil aproximarse a la memoria del Che sin que los testimonios se ajusten a una ortodoxia mitológica.
El problema ya no es recabar informaciones ajustadas a la verdad, sino ignorar la efigie de un santo laico que, en su versión descafeinada, ilustra álbumes de David Bowie o de Rage Against The Machine, revive en banderas y adhesivos e incluso nos observa, en forma de tatuaje, desde el golpeado vientre de Mike Tyson.
Que Steven Soderbergh y Del Toro asuman este afecto extrañamente unánime no es noticia. Sí lo es la calidad estética de su película. Por ello viene a cuento recordar que Soderbergh es un director estupendo, con el peso del clasicismo adherido a su cámara, dueño de un estilo narrativo que brilla incluso en sus peores trabajos.
Una película formidable
El argentino y Guerrilla forman un díptico poderoso, de mucha enjundia, cuyos riesgos formales quedan superados –y de qué manera– por un cineasta que huye de los caminos más transitados. Los técnicos y el reparto (sobre todo Demián Bichir) se mueven al mismo nivel de competencia.
Lo que ya se me antoja excepcional es el trabajo de Benicio en el papel titular. Con una impecable seguridad, domina lo que para otro hubieran sido excesos emocionales. Impresionan sus facultades, claro que sí, y merece el reconocimiento de cualquiera que sepa lo que es conmoverse con una actuación.
Debo reconocerlo: mientras se proyectaba El argentino, parte de mis prejuicios sobre el Che se alejaron –transitoriamente– gracias al vuelo expresivo del director y a ese dominio arrollador de su protagonista.
Visto en pantalla, no me puede ser del todo antipático este guerrillero que es fiel a sí mismo incluso cuando fracasa y clava las uñas en el barro. Un hombre apasionante y voluble, a cuyos pasajes sombríos pocos quieren asomarse. Claro que este es el Che de Soderbergh, y no el estalinista de gatillo fácil que revelan otros testimonios.
Muchos han sido los que han explorado esa vida. Entre ellos, destaca un periodista, el californiano Jon Lee Anderson, autor de libros como Guerrillas (1992) y Che Guevara: Una vida revolucionaria (1997).
Pregunto a Steven Soderbergh por su relación profesional con Anderson, y por la tarea de éste durante el rodaje de El argentino.
“Como consultor de la película –me responde el cineasta–, Jon trabajó de forma muy estrecha con nosotros. Fue de gran ayuda cuando tratábamos de encontrar ciertos detalles acerca de las relaciones del Che con la gente que lo rodeaba. Detalles que no estaban necesariamente en su libro ni en ningún otro libro, y que él había descubierto a lo largo de su investigación. Así pues, nos ayudó mucho, y ojalá estuviera hoy con nosotros. También se notó mucho su presencia cuando discutíamos sobre el contexto histórico de Cuba, y muy en especial, de Bolivia, donde se desarrolla la segunda parte de la película. Nos describió la situación política en esa parte del mundo. Jon es un hombre muy inteligente y fue un fortuna contar con él”.
La leyenda y sus contradicciones
Cuando los hechos se convierten en leyenda, imprime la leyenda. Aprendimos esa lección gracias a Maxwell Scott, editor del Shinbone Star en El hombre que mató a Liberty Balance. Nada iconoclasta, Soderbergh se adueña de dicho principio y propone un relato políticamente correcto, calculado para complacerse en la memoria sentimental del sesentayochismo.
Al hilo de su comentario sobre Anderson, le pregunto por qué no le tentaron, como narrador, los pasajes más sombríos de la vida del Che. Por ejemplo, su intervención en tantos juicios sumarísimos y fusilamientos. Aunque supongo que ya se lo han cuestionado más de una vez, el director responde con diplomacia.
“No formaba parte del periodo en el que estaba interesado –contesta–. Tratamos de incluir esa referencia con el fusilamiento de dos desertores, y asimismo en el discurso del Che en las Naciones Unidas. Pero esa parte de su vida es toda una película por sí misma, completamente diferente. Yo estaba interesado en las dos campañas, Cuba y Bolivia, y todo lo que no tuviera que ver con ámbas no me interesaba”.
Desde el punto de vista de muchos espectadores, puede explicarse esa prevención. Al fin y al cabo, el Che no es un fantasma cualquiera. Como un James Dean guerrillero, reina en la cultura pop gracias a la célebre fotografía de Alberto Korda, y con el rostro lavado, aún encarna para muchos la insumisión y la esperanza.
En ello estaba Robert Redford cuando en 2004 le produjo a Walter Salles Diarios de motocicleta. El trailer, por cierto, incluía este discutible lema de Nelson Mandela: “Che Guevara es una inspiración para todo ser humano que ama la libertad”. En definitiva, lo mismo que dio a entender Antonio Banderas cuando encarnó a Guevara en la opera rock Evita (1996).
Cómo será la cosa que un par de documentales, Personal Che (2007) y Chevolution (2008), bastan para explicar que la foto de Korda ha transformado al argentino en un comodín que es más eficaz cuanto menos se conoce al guerrillero de carne y hueso.
No sé si se acordarán ustedes de las cintas sobre el personaje que fueron apareciendo en tiempos del telón de acero. Francisco Rabal protagonizó un film laudatorio, El Che Guevara (1968), y con un planteamiento opuesto, Omar Sharif hizo lo propio en Che! (1969).
Pero la cosa no acabó ahí. En busca de respuestas a las mismas preguntas, el cine ajeno a la ficción también puso el foco sobre el aventurero antiimperialista.
Aún hoy, rodar un documental que concilie a los historiadores es una tarea florentina. La polaridad, supongo, no desaparecerá nunca. Como dice Mario Vargas Llosa, “un ser que, de histórico, pasa a ser mítico no es juzgado con criterios racionales, sino mediante actos de fe y de ilusión”. En todo caso, a mí, francamente, hace tiempo que me provocan un soberano aburrimiento hagiografías como Ernesto Che Guevara: L'uomo, il compagno, l'amico (1995), de Roberto Massari.
El auténtico rostro del Che
Después de quince minutos de charla con los periodistas, se hace evidente que Soderbergh es un tipo inteligentísimo, que comprende lo difícil que es abordar a un personaje de este calibre sin penetrar en un campo de minas ético y político.
“Cuando estoy haciendo una película –aclara– apoyo a cualquier personaje que esté en pantalla, independientemente de si en la película o en la historia son percibidos como una personalidad positiva o negativa”.
“Vamos por la vida –añade– justificando nuestro modo de actuar, siempre bajo nuestro punto de vista particular. Por consiguiente, tengo que situarme en el punto de vista del personaje, respetarlo y apoyarlo... No soy latino. Carezco de conexión personal con este relato, como pueda tenerla otra gente. De ahí que que no tenga intención ni de glorificar ni de rebajar al Che. Pero lo considero una de las figuras históricas más interesante del siglo XX. Diariamente se reafirmaba en su decisión de implicarse de lleno en una lucha para crear una sociedad que él consideraba más justa. Creo que eso es algo verdaderamente difícil de sostener. A menudo, podemos encontrarnos con situaciones en las que nos enfurece un determinado asunto. Por regla general, acabamos olvidándolo y seguimos adelante con nuestras vidas. El Che nunca cejó en su empeño. A lo largo de doce o trece años, sostuvo su ardor en lo que él percibía como una lucha contra la injusticia. Eso no es normal, y ofrece un material excelente para una película”.
Como les decía, El argentino es una cinta muy recomendable. No obstante, a modo de complemento, creo que no está de más recomponer la figura del personaje desde posiciones menos trilladas y convencionales.
Vayan y échenle un vistazo a Guevara. Anatomía de un mito (2005), de Luis Guardia. Tiene la virtud de destruir no pocos embustes sobre la revolución, y además le afloja las tuercas al Guevara legendario.
Tanto la cinta de Guardia como el valiente largometraje La ciudad perdida (2005), de Andy García, nos invitan a sostener la mirada de otro Che: megalómano, soberbio, cruel. Admirador de la Corea de Kim Il Sung. Aliado, durante su peripecia africana, de carniceros como Pierre Mulele. Dispuesto a transformar Cuba y el mundo a tiro limpio –he aquí la pedagogía del paredón–, en nombre de unos planes que fracasaron estrepitosamente.
Lo sé: a los asiduos a la blanqueada ficción guevarista no les defraudará el excelente biopic de Soderbergh. Con todo y con eso, creo que sigue faltando entre nosotros un realizador que no busque el aprobado de los incondicionales y muestre, esta vez sin omisiones, lo que ya tiene algo más que ver con la historia real.
Steven Soderbergh y Demián Bichir © Fotografía de Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.
Benicio del Toro junto a Rodrigo Santoro, en el Hotel Me Reina Victoria, Madrid © Fotografía de Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.
Publiqué la primera versión de este artículo en las páginas de ABCD Las Artes y Las Letras, suplemento cultural del diario ABC.









































































































