
Así es como se supone que se desarrollarán las cosas: primero, la sesión fotográfica, luego, el turno de preguntas, y de paso, un refrigerio dispuesto para los chicos de la prensa.
Todo es cuestión de orden, y los organizadores saben administrarlo con eficacia. Un raro triunfo en un mundo como el nuestro, zarandeado por la improvisación. Consciente de ello, miro hacia el jardín y veo cómo varios encargados de seguridad intercambian señas y orientan a los rezagados.
Una aureola estimulante de poder, rebanadas humeantes y camisas hechas a medida impregna este edificio, diseñado para asegurar el descanso de amantes del vino francés y jugadores de póker. Es extraordinario, porque aquí el estatus parece una norma de cortesía.
Todo esto me seduce, pero apenas tengo tiempo para pensar sobre ello. “Lamentablemente −nos dicen−, Jude Law tiene gripe, así que sólo podrán atenderos Cameron Díaz y la directora de la película, Nancy Meyers”.

Olvidaba decirles que hoy he venido hasta un resort de La Moraleja para estar cerca de ambas. De hecho, ya se han situado frente a un cartel de la película que presentan, The Holiday. Con sus narices alineadas, dan la sensación de pertenecer a mundos distintos. Nancy es una intelectual, y uno puede percibir su gusto por las palabras bien elegidas. En contraste, Cameron ha tomado prestadas muchas cosas, menos el encanto. Sus ojos se encienden, su sonrisa crece y consigue que los demás parezcamos ángeles caídos.
Mi primera pregunta es para Meyers. A decir verdad, The Holiday me ha resultado felizmente anacrónica, muy próxima a un subgénero que amo: las screwball comedies de los años treinta y cuarenta. La directora da un respingo cuando pongo en duda el apoyo del público juvenil a su propuesta. “¿Y tú qué crees que pasará?”, me dice. “Pienso que funcionará”, respondo. Cameron se ríe. La suya es una risa escandalosa, desbordante, propia de una colegiala que dijera: “¿Y a ti de todas formas, qué más te da?”. “Desde luego −apostilla la directora−, no fui consciente de haber escrito el guión con ese clasicismo. Admiro las producciones de aquella época y las he estudiado. Quizá hayan influido en el estilo de la película”.
Meyers habla del humor que destila su risueña protagonista: “Tiene algo común con Carole Lombard y Goldie Hawn. Fue eso lo que tuve presente a la hora de perfilar su papel”. Servidor de ustedes, que admira a esas dos actrices, no puede estar más de acuerdo con el paralelo. Cameron exhibe su coquetería, hace un mohín y luego intenta no creerse el halago: “Nancy es la única que me compara con Goldie Hawn −dice−. Goldie es una actriz hermosa y divertida. Crecí viendo sus películas, y me gusta su forma de ser e interpretar. Por ese motivo me alegra tanto la comparación”.
Alegría. De nuevo esa palabra. No hay otra mejor para definir el aspecto de Cameron y el sentimiento que transmite Amanda, su personaje. “Es una mujer que se hasta completamente de su situación y decide dar un cambio drástico. ¿Que si me parezco a ella? −hace una pausa valorativa−. Bien, a mí me encanta mi actividad, pero a veces necesito decir basta. Por eso, entre rodajes, procuro tomarme un tiempo”.
Hablar hoy de un descanso implica cierta apariencia de normalidad. Ya conocen el tópico: cuando cierra la puerta del camerino, la estrella inventa algo que se parece a un hogar. Con todo, Cameron resulta sincera, aun sin destapar las cartas de su intimidad. Su respuesta es propia de una rica heredera: “Me gusta mucho tener vacaciones −dice−. Siempre tengo la oportunidad de aprender cosas nuevas. Practico surf y snowboard, estoy con la gente que me agrada y, en particular, con mi familia”.
Aunque Hollywood es un negocio delicado, la actriz vibra según la intensidad del momento. Sin encasillarse del todo, ha obtenido una fortuna sorprendente. El patrimonio es la obsesión favorita de ciertos analistas, y a mi pesar, creo que no les falta razón. Desde el nacimiento de esta industria, anotar la conducta de una estrella equivale a medir los ingresos que genera en taquilla. Visto de ese modo, el sueldo de Cameron no es una anomalía. “Suena a locura, pero es así −aclara−. El dinero no lo es todo. Me siento agradecida y honrada por cómo evoluciona mi carrera. Hago lo que me gusta y amo mi trabajo, pero podría dejar todo atrás cuando quisiera”.
Dios sabe que a veces los malinterpretamos, pero los actores de este nivel tienden a suavizar las asperezas del rodaje. ¿Será cierto que Nancy Meyers estimula o alivia las tensiones mediante la música? “Escuchamos CDs durante el rodaje −dice Cameron−. Ella tiene un gusto muy cultivado y emplea la música constantemente”. ¿Y qué decir de Jude Law? ¿Hay alguien más indicado que él para establecer una relación laboral? “Jude es maravilloso −sentencia la actriz−. El personaje de Graham fue escrito a su medida y permite que descubramos otra faceta suya. Se trata de alguien amable, divertido, carismático, muy abierto con todo el mundo. No hay duda de que cualquier mujer podría enamorarse de Jude. Todas las compañeras del rodaje lo estábamos”.
Créanme, nunca han hablado de quien esto escribe en esos términos. Aturdido por esta certeza, opto por plantear a Nancy Meyers una cuestión puramente técnica, en la que no quepan los elogios ni las complicidades. ¿Rodaron con un libreto en firme o hubo añadiduras durante la filmación? “Me desagradan las improvisaciones −responde−. Cuando se ponen frente a la cámara, los actores afrontan una gran responsabilidad, y es preferible que todo esté bien definido. En todo caso, fue Jack Black el que añadió pequeñas cosas a su papel. Está en su naturaleza y resulta gracioso”.
Mientras Meyers estampa mi cuaderno una dedicatoria (en español), Cameron Díaz se marcha, tan risueña como llegó. Tiene prisa, como si todos los relojes fueran a detenerse.
Copyright © de la fotografía: Guzmán Urrero, 2006. Reservados todos los derechos.










































































































