
El talento tiene sus recompensas. El incidente (The Happening) sitúa nuevamente a M. Night Shyamalan en ese plano de la actualidad cinematográfica del que nunca han logrado sacarle sus detractores.
En todo caso, tratándose de un cineasta con una personalidad tan acusada, la controversia forma parte del juego. Y dado que su película esconde secretos que sólo él y su protagonista, Mark Wahlberg, pueden desvelar, no es difícil adivinar el interés que entraña un diálogo con ambos. ¿Cómo empezar? Bueno, ya sabíamos que Shyamalan y Wahlberg son muy cordiales, y también cercanos, pero llega el momento de reconocer sus méritos en esa pesadilla que ahora llega a las pantallas.
El miedo nos ronda en el cine desde que lo inventaron los Lumière. Sin embargo, el género de horror ha ido adocenándose, y ahora, en lugar de un escalofrío en la espina dorsal, padecemos títulos que provocan la misma inquietud que una remesa de hamburguesas empaquetadas.
Sería muy difícil explicar este proceso de decadencia, y acaso sea más sencillo justificarlo, pero gracias a Shyamalan podemos llegar a creer que este ocaso es reversible. De hecho, con creaciones como las suyas, el remedio es sumamente verosímil.
El incidente, la película sobre la que hoy le preguntaremos, estira la tela del género, le ajusta las costuras, y con un nudo corredizo, aísla dos cualidades del espíritu humano: la fragilidad y la inocencia. No repetiré aquí sus virtudes –ya las mencioné enotra reseña–, pero vale la pena insistir en que se trata de una película intensa, provocativa y atrayente por muy diversas razones.
Ligeramente inclinado hacia delante, en actitud receptiva, Shyamalan nos observa como lo haría un joven profesor frente a sus alumnos. Con una especie de persuasión protectora, sonríe, asiente, y qué duda cabe: eso favorece el diálogo. Cada respuesta suya suena como el reflejo de una filosofía profunda, que ha ido adquiriendo vigor con el paso de los años.
A su lado, Mark Wahlberg le escucha como si acabara de aprender algo, y luego, con rostro burlón, desvía su interés. Se le ve relajado –quizá sea un efecto secundario del jet lag– y eso presta un tono amable a sus declaraciones. Me parece curioso que en él se dé una perfecta inversión del tópico: a pesar de su aspecto duro y un tanto distante, muestra buen humor e impecables modales.
Consciente de nuestra necesidad de titulares, Shyamalan describe su intención de rodar “la mejor película de serie B de todos los tiempos”. Una labor condicionada, para bien, por el hecho de disponer de un inmejorable equipo técnico.
También insiste en que su cine pretende entretener y no lanzar mensajes encubiertos. Lo cual, sin duda, debe de horrorizar a los críticos empeñados en interpretar políticamente hasta el último plano.
Ni siquiera se preocupa por valorar si recibe más presión después de que El bosque y La joven del agua recaudasen menos de lo esperado. Es más: recuerda que la taquilla de El bosque fue mucho más generosa de lo que se cree.
“Siempre hay presión –aclara–. Nunca desaparece, y desde luego, no creo que fuera inferior de haber triunfado con La joven del agua”.
Aún ama a esta película. Una cinta incomprendida, que rodó por ese tipo de necesidades que no tienen que ver con la inspiración. Con cierta melancolía, la define en términos románticos: “Fue algo así como devolver un golpe necesario en una pelea que probablemente está perdida de antemano”.
Wahlberg sabe que buena parte del cuestionario se refiere al cineasta. Por eso aprovecha la menor oportunidad para tomarse a broma su intervención.
“En realidad –dice, con la mirada fija en Shyamalan–, Night escribió el guión de El incidente con la idea de que él mismo sería el protagonista [Risas]. Como era el director, no podía interpretarlo, así que me tocó hacer el papel a mí como si fuera él... Por supuesto, me di prisa en aceptar la oferta”.
El papel de Wahlberg es el de Elliot Moore, profesor en Filadelfia y modelo de eso que llamaríamos un buen tipo. Sentimental, constante, estudioso…
“Soy un poco de todo eso –apostilla el actor–. Y por tanto, vivo una cierta contradicción. Paso por épocas de desánimo. Otras veces siento, por ejemplo trabajando con Shyamalan, una energía muy positiva... Intento controlar todos estos sentimientos personales, y trato de ajustarlos a la interpretación. Por otro lado, en mi vida privada estoy muy contento, muy feliz. De hecho, soy una persona bastante positiva en general. Gracias a Dios, soy actor, y eso me permite canalizar todas estas sensaciones a través de mi trabajo. Si las desarrollara en la vida real, creo que me traerían bastantes problemas”.
Como si deslizara una confidencia, el director nos dice que, al escribir guiones, se ahorra la minuta del psicoanalista: cada libreto le sirve de terapia, y de paso, ahí acumula enfados y frustraciones.
Me interesa el hecho de que cada película del director contenga recuerdos medio enterrados. Por eso le pregunto por una idea que entronca con los cuentos de hadas, el folclore y las gestas mitológicas. ¿Cree Shyamalan que la inocencia sirve aún como un talismán que nos protege del acoso del mal?
“Verás –me dice–, ese concepto forma parte de mi personalidad. De niño, era conocido por mi inocencia. Todavía creía en la existencia de Santa Claus cuando la gente me veía demasiado mayor para eso. Obviamente, mis películas reflejan el modo en el que he crecido. Como artista siempre te planteas una edad que quieres recordar… Ser un niño otra vez, o retornar a los dieciocho años, cuando te enamoras por primera vez. En mi caso, vuelvo a ese momento en el cual descubrí que el mundo no es tan mágico como parece. De ese modo, en mis películas la oscuridad rodea a los personajes, y me ayuda a poner de manifiesto que la inocencia está constantemente amenazada. Por otro lado, esta es una forma de creer en esa inocencia... de trabajar sobre ella como un músculo que hemos perdido”.
En su labor como guionista hay altibajos, ciertamente, pero de todas sus películas, y en especial de El incidente, se desprende un sentimiento de sincero compromiso, como si el entretenimiento no tuviera que estar reñido con la profundidad.
“Soy un escritor terrible –dice–. Completo entre diez doce versiones de un guión antes de darlo por bueno. Cuando llegué al quinto borrador de El incidente, empezó a definirse con claridad el personaje que Mark interpreta. Caí en la cuenta de que una de las características más importantes de este personaje es la inocencia, y sobre todo la fe, no necesariamente en un sentido religioso... El caso es que ya conocía a Mark, y aunque tiene pinta de tipo duro, me encanta cómo transmite en la pantalla esa inocencia, por ejemplo en Boogie Nights y en Tres reyes”.
¿Cuál es el público de Shyamalan en la actualidad? Puestos a resumir, digamos que le interesa una audiencia que sepa valorar un buen misterio.
“Es que a mí también me atraen los misterios –dice–. Me interesa ese tipo de noticia que habla de extrañas criaturas descubiertas en el Amazonas… Precisamente fue el caso de El incidente. La idea partió de un artículo sobre la desaparición de las abejas en Estados Unidos. Desde un punto de vista personal, me interesa todo aquello que carece de explicación. Y como cineasta, siempre me he sentido atraído por la tensión y por el suspense casi eléctrico que llegan a reflejar directores como Alfred Hitchcock. No en vano, fue esto último lo que me llevó al misterio como guionista y realizador”.
M. Night Shyamalan y Mark Wahlberg en el Hotel Ritz, Madrid © Fotografía de Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.










































































































