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Diálogo con Morgan Freeman y Brad Silberling

MorganFreeman

Uno siente cierto embarazo al compararse con tipos tan admirables como Freeman. Revisen su filmografía y comprobarán que la dignidad de sus papeles no es una cuestión menor.

Con todo, tengo la impresión de que, mientras hoy sonríe frente a nuestras cámaras, intercambiando chistes privados con Paz Vega y Brad Silberling, sus pensamientos están en otro sitio.

Quizá por ello oculta los ojos tras unas antiguas gafas de sol.

Es como si quisiera guiñar un ojo sin que nadie se diera cuenta de la inmensa broma que se le acaba de ocurrir.

Siguiendo los pasos del actor, llego al Salón Felipe IV del Hotel Ritz y ocupo mi lugar en una tertulia que se promete fascinante. ¿Expectación? Y también felicidad. De hecho, pocas veces se tiene la oportunidad de dialogar, desde una cierta calma, con un intérprete de tal categoría. Hay ocasiones en que los encuentros con la prensa se transforman en algo más. Y éste, me digo, es uno de esos días.

A la derecha de Freeman se sienta Bradley Mitchell Silberling –Brad para la industria y para los compañeros−, realizador californiano, marido de la actriz Amy Brenneman y responsable de dos películas que encantan a los críos y a los que dejamos de serlo: Casper (1995) y Una serie de catastróficas desdichas de Lemony Snickets (2004). Por supuesto, me pierdo mucho de su filmografía –no olvido ese merengue New Age que fue Ciudad de ángeles (1998)–, pero eso no disminuye ni su talento ni su simpatía, que es mucha y se nota en cada uno de sus gestos.

Ambos acompañan a Paz Vega en el propósito de estrenar Dame diez razones (10 Items or Less, 2006), la primera cinta que se distribuye a un tiempo en los cines y en Internet.

Para desarrollar este singular proyecto, Silberling se ha asociado a la empresa de Freeman. Tanta es hoy su complicidad, que el cineasta ya no se muestra tímido en los halagos. “Morgan −nos dice− es muy distinto al resto de sus colegas. Quiero decir que lleva una vida bastante común. Os pondré un ejemplo: hay un momento de la película en que marca un número de teléfono desde una cabina pública. Pues bien, ése es el número de su empresa. Y me sorprende que lo sepa de memoria, porque hay muchos tipos en Hollywood que no saben ni el número de sus casas ni el nombre de sus hijos”.

La cursiva es mía, pero se justifica en el énfasis puesto en la naturalidad de Freeman. El propio actor se siente cómodo con ese perfil, digamos, cotidiano. “No vivo en Hollywood –dice, pausando las palabras−. Habito en una pequeña ciudad. Voy a comprar café, leche. Llevo la ropa a la tintorería...”.

Cuando le pregunto por las diferencias entre un rodaje independiente y una filmación respaldada por la gran industria, Freeman alza las cejas y me mira como si mi duda fuera un tópico fácil. Lo reconozco, he sido poco original. Pero tampoco lo es la respuesta. “No hay diferencias −dice−. Aprendes tu diálogo, lo dices… Siempre hay alguien detrás de la cámara... Es lo mismo. Por lo demás, el trabajo es trabajo y el sueldo es el que es. En todo caso, ya no me interesa tanto ganar dinero o ahorrar –lo que, sin duda, es importante− sino alcanzar la gratificación artística”.

Dame diez razones llega a la red a través de la firma ClickStar, en cuya gestión participan Freeman y Lori McCreary. Por razones generacionales, sorprende que el actor domine en tal medida los vaivenes del mercado on line. “Es una creencia muy extendida −señala− que el siguiente gran movimiento en nuestra evolución tecnológica será la distribución por banda ancha de películas, al estilo de lo que ya sucede con la música. La pregunta que surgió cuando discutí ese proceso con Brad fue ¿cuándo? Y la respuesta fue ahora. De hecho, disponíamos de la tecnología para hacerlo. Sólo hacía falta un producto para iniciar la distribución, y ése fue el origen de nuestro largometraje”.

Fascinado, Silberling escucha a su actor y amigo como si éste explicara las tesis evolutivas de Darwin. “Morgan me contó una historia interesante −dice−. Cuando hizo Million Dollar Baby, la película por la cual ganó el óscar, no pudieron verla en su ciudad natal. Pese a tratarse de una gran producción, tardó demasiado en distribuirse allí… Imaginaos, eso sucede con una cinta costosa… Qué no sucederá con el cine independiente. El caso es que, gracias a Internet, por fin será posible llevar historias de naturaleza más íntima al público… a todo el país”.

Mi siguiente pregunta se refiere a la curiosa combinación que propone Dame diez razones: dos actores conocidos, compartiendo escena con personas de la calle. “Ése ha sido uno de los grandes placeres de esta cinta −responde Silberling−. Fue una suerte contar con Morgan, porque él es famoso y la gente cree que le conoce. Eso le faculta para interactuar, y de paso, también nos permitió enriquecer al personaje a quien interpreta con sus experiencias reales. Dentro de este formato neorrealista, nuestro gran reto fue conseguir que, sin preparación alguna, la gente de la calle se sintiera cómoda con nuestra presencia. Éramos un pequeño equipo, y eso nos permitió acercarnos al supermercado o al lavadero de coches y filmar a quienes andaban por allí. Tanto es así que se dieron situaciones curiosas, como cuando tuve que pedir ayuda a un amigo para que tradujera a quienes no hablaban inglés, o como cuando el jefe de la cuadrilla en el lavadero empezó a dirigir demasiado a sus chicos”.

Una cosa es cierta, ¿saben? Las despedidas parecen ser un momento agradable para el actor. En el fondo, y a pesar de su enorme cortesía, se le ve deseoso de perdernos de vista. No se ajusta demasiado a mi estilo quedarme el último en una reunión, así que, cuando me encamino hacia la salida, Freeman aún sigue firmando autógrafos. Es probable que, una vez más, necesite ponerse las gafas de sol.

Copyright © de la fotografía: Guzmán Urrero, 2007. Reservados todos los derechos.


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