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La de Un buen año es una historia dulce, amena, hermosamente previsible, quién sabe si reflejo de una filmación sosegada. ¿O más bien su contrafigura? “En un principio −responde Crowe−, el intenso ritmo de trabajo que impusimos Ridley Scott y yo soliviantó al equipo francés. Al cabo de cinco días, nos llegaron noticias de su disgusto, pero luego todo se relajó. Lo cierto es que llegamos a entendernos de un modo fenomenal”.
A continuación, formulo una pregunta que el actor contesta satisfecho. Lo aclaro: en general, no suelo plantear a ninguna estrella cuestiones incómodas. De hecho, Russell me sonríe cuando describo Un buen año como un homenaje a la cultura mediterránea. “Desde luego que así es. Como ya dije, la casa de Ridley está situada a tan sólo ocho minutos del lugar del rodaje, en el valle de Luberon. Yo me instalé en Lacoste y el equipo trabajó, esencialmente, en Bonnieux. Eso me permitía acudir a la filmación en bicicleta –a este traslado diario lo llamé el Tour de Luberon−, y de paso, conocer la zona con absoluta tranquilidad. Por supuesto, los viñedos son un elemento esencial del paisaje y de la película. Dado que el vino es un placer que comparto con Ridley, pude disfrutar de descubrimientos tan estupendos como un rosado al que llaman Vieux Telegraph".
Que me condenen si alguien podía evitar la siquiente pregunta. No en vano, da la impresión de que este hombre ha repasado la carta de vinos local. “Claro que conozco algunos caldos de España. El Rioja, por ejemplo, me parece muy bueno −hace una pausa, y eleva el timbre de voz−. Esta afición a los vinos la heredé de mi padre. Cuando abrí mi granja en Australia tuve en cuenta esa afinidad, pero finalmente decidí dedicarme a la crianza de vacas. Hay otro propietario que cultiva un viñedo no lejos de allí, pero yo no haré lo mismo. La tierra no es adecuada para ese fin, y yo querría producir un buen vino, no simplemente un mosto”.
Despues del autocomplacido argumento, conviene regresar al nebuloso terreno del chismorreo. Vacuidad suntuosa, a la que algunos jefes de redacción llaman interés humano. Ya saben, cotilleos de rodaje, rumores a destiempo y crueldades artísticas, de esas que sirven para hacer interesante una filmación. “Según se mire −comenta−, una escena complicada fue aquella en la que salto a una piscina vacía. A Ridley le divertía la idea de verme atrapado en un lugar del que no podía salir. La piscina en cuestión tenía cinco metros de alto y era de estilo romano. Su fondo estaba cubierto de hojas y estiércol… lo cual suavizó la caída”.
Los arranques de sarcasmo son un signo de inteligencia que Russell emplea frente a dos preguntas ineludibles y tan sólidas como una losa. Ambas pertenecen a ese cuestionario repleto de comodines −fantasmas familiares− que tanto agrada a los programadores televisivos. En todo caso, hay que plantearlas sin titubeos: ¿Conoce nuestro país? ¿Y qué hay de Almodóvar? ¿No le apetecería trabajar con él? “Hace unos años −responde− vine a España. Visité el Museo del Prado y recorrí Madrid en una Vespa, escapando de los paparazzi. A Pedro también lo conocí hace años. Dijo que yo le parecía un toro salvaje… Opino que es un gran director, y por ello sería un privilegio trabajar con él, aunque fuese interpretando algo así como a un toro salvaje”.
Entramos en caída libre. Al catálogo de cuestiones fetiche se suma otra, referente a la secuela de Gladiator. “Es la eterna pregunta −contesta, resignado−. De nuevo, los periodistas españoles podrán dar la exclusiva: la secuela es imposible porque el protagonista moría al final de la película”.
En un momento dado, Russell denuncia el amarillismo. Para mis adentros, le doy la razón cuando se presenta como una víctima de los tabloides, acosado por paparazzi y por redactores en semidelirio. “No pretendo menospreciar su labor, pero el caso es que tienen que rellenar muchas páginas. Al final, publican cosas que nada tienen que ver conmigo. Según ciertos reporteros, he pasado los tres últimos días haciendo surf en Australia, quemándome la mano en un restaurante japonés de Nueva York, y sacando a pasear a mi hijo James −vuelve a hacer una pausa−. Pero lo cierto es que no tengo ningún hijo con ese nombre”.
Entre preguntas y respuestas, me entero de su presencia en Irlanda, concretamente en Kilkee, con el fin de inaugurar una estatua en honor de su amigo Richard Harris. El dato me conmueve −admiré al viejo truhán, incluso en sus peores papeles− y añade otro rasgo de cordialidad a mi opinón sobre Crowe. En un inglés titubeante, elogio su película, le pido un autógrafo y le elogio a él. Me estrecha la mano sujetándome por el hombro, sonríe y dice “Gracias a ti”. Todo es formulismo, claro, pero esta vez el protocolo deja espacio a un poso de franqueza. Son poco más de las dos de la tarde y tengo la impresión de haberme relajado en exceso.
Copyright de texto e imágenes: Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.










































































































