
Dirigido por Paolo Barzman, Aritmética emocional (Emotional Arithmetic) es un melodrama canadiense cuya principal virtud reside en su reparto, integrado por dos titanes de la escena –Max von Sydow y Christopher Plummer–, un soberbio actor de carácter –Gabriel Byrne– y un buen intérprete que se hizo famoso en la televisión –Roy Dupuis–. Este grupo masculino tiene su centro de gravedad en una mujer fascinante e inestable, a quien da vida la estrella con la que hoy tenemos ocasión de conversar, Susan Sarandon.
El personaje que interpreta Susan Sarandon en Aritmética emocional es Melanie Lansing, una mujer brillante y depresiva, de origen judío, que carga con un pasado que a veces le parece imposible asimilar.
De niña, Melanie estuvo en el campo de concentración de Drancy, donde fue protegida por un muchacho irlándes (Gabriel Byrne) y por un disidente polaco (Max Von Sydow). Este último, en un arranque de generosidad, ocupó el lugar de sus jóvenes amigos en el tren que debía trasladarlos a Auschwitz. Su destino fue terrible: tras sobrevivir al exterminio, los soviéticos lo enviaron al gulag, de donde salió para ingresar en un psiquiátrico.
El tiempo pasa. Melanie se ha casado con un profesor de historia (Christopher Plummer) y vive con él y con su hijo (Roy Dupuis) en una granja canadiense. Deseosa de poner en orden sus sentimientos, Melanie invita a su salvador –ahora un anciano enfermo– a pasar un tiempo en su hogar. Lo que no imagina es que junto a él viene aquel chico irlandés quien tanto quiso, y que ahora es un prestigioso entomólogo.
Aritmética emocional se basa en una novela de Matt Cohen, y hace diez años que su primer borrador empezó a circular por los despachos de producción. Finalmente, la compañía BBR Productions de Montreal ha sido la impulsora del rodaje.
Pese a las irregularidades de su guión, la película cuenta con dos bazas irresistibles: la actuación de dos maestros, Von Sydow y Plummer, y los bellísimos y hospitalarios escenarios naturales del Este de Quebec.
El talento de la pareja de veteranos parece ciencia infusa, y obliga a admitir que ambos pertenecen a una especie en extinción: la de los actores clásicos, capaces de enriquecer con un solo gesto hasta la línea más mediocre de un guión.
Gabriel Byrne, consciente del peligro que entraña compartir un solo plano con esos dos viejos leones, evita atribuirse méritos que no le corresponden, y se nos muestra como un secundario generoso y seductor.
Por necesidades de su papel, Susan Sarandon intenta alcanzar aquello por lo que Byrne no desea competir: el nivel de soberanía en el que Plummer y Von Sydow brindan con whisky añejo.
Y eso la perjudica (aunque me duela decirlo) porque Sarandon es una buena, muy buena intérprete. Pero a pesar de su calidad dramática, no es un mito ni juega en la misma liga que sus dos colegas de pelo blanco.
Hoy es un día ajetreado para ella, y a su modo, debe comercializar el largometraje. Otros compañeros la preguntan por cuestiones en las que se siente cómoda. Por ejemplo, su activismo político, muy conveniente para rellenar titulares.
En las pausas del diálogo, más de uno comenta en voz baja antiguos títulos en los que ella participó. Al fin y al cabo, ¿quién no recuerda cintas como Thelma y Louise, Atlantic City, Primera plana o The Rocky Horror Picture Show?
Dado que Aritmética emocional maneja cuestiones como el recuerdo y el dolor, Sarandon se apunta una frase que podría figurar como reclamo en el cartel de la película. “Quiero recordar –dice–. Es importante recordar, siempre y cuando uno sea capaz de perdonar”.
Su voz suena tal y como la esperaba: baja pero cargada de intensidad. Aunque dispone de todo el baúl de trucos que acompaña a este tipo de visitas promocionales, hoy no se molesta en sonreír más de la cuenta. A veces, el cansancio la lleva a entrecortar cierto enunciado, y entonces su expresión se vuelve titubeante, como si necesitara un pequeño lapso para decir las palabras idóneas.
Cuando llega mi momento de preguntarle, pienso que su reloj biológico sigue funcionando según el horario de Nueva York. Es obvio que Sarandon concentra su atención –sus ojos parecen los de una adolescente–, y sin embargo, muestra una fatiga que nadie puede reprocharle.
Se arregla el flequillo con gesto delicado y luego entrecruza las manos, pequeñas y expresivas.
En la muñeca derecha, un tatuaje con forma de pulsera funciona como un recordatorio de su espíritu bohemio. Aunque los años han pasado, la actriz aún es capaz de hipnotizar a su interlocutor –por ejemplo, a quien esto escribe– con ese anillo de oro que brilla en el dedo pulgar de su mano izquierda.
Mi primera pregunta es obvia, aunque esconde cierta disconformidad con su trabajo en la película. Le comento que, si bien ella es una excelente actriz, no alcanzo a imaginar qué siente cuando tiene que vérselas con titanes como Max Von Sydow. ¿Relajación y buen humor o responsabilidad y aumento de la adrenalina?
Ella parece darse inmediata cuenta de lo que yo estoy pensando. “Cada vez que afrontas un nuevo rodaje –dice–, te adentras en un nuevo mundo… Con un nuevo lenguaje, una nueva sensibilidad, y no tiene importancia si los participantes en esa filmación poseen experiencia o carecen de ella... Tienes que aceptar lo que sucede en ese mundo. Y esa es la mejor manera de llevar a cabo el trabajo”.
Hasta aquí, la respuesta es diplomática. Pero ¿dónde queda el reto de medirse con los grandes maestros?
“En la medida –añade, con calma– que haya más riqueza y valentía en ese territorio donde penetras, te sentirás obligado a ir más lejos… Pero es una cuestión relativa… Como te decía, no depende tanto del hecho de que se tenga una mayor o menor experiencia en este campo”.
Entiendo que su razonamiento evita las comparaciones. No sería elegante insistir nuevamente sobre ellas. Por eso mismo, Susan Sarandon recupera la vieja idea (un tópico útil y deseable) de que en cada rodaje prospera una familia en la que todos se muestran generosos.
“En este caso –explica–, se dio una interdependencia entre los miembros del reparto. Por consiguiente, no había un sentimiento de diferencia motivado por cuestiones de edad o de origen cultural. Simplemente, todos estábamos comprometidos con el trabajo a realizar. Pero al mismo tiempo, cada uno brindaba su personalidad particular. Y eso lo hacía todo más divertido, o más interesante, dependiendo de cada forma de ser".
Es obvio que yo he situado en un escalón superior a Max Von Sydow. ¿De verdad la suya es una personalidad tan fascinante como parece? Así lo cree la actriz, quien no ahorra adjetivos en su elogio.
“Una vez que empiezas a narrar esta historia por medio de la interpretación –dice–, comienzas a entender por qué Max Von Sydow es tan extraordinario. Su presencia es tan magnífica y tan intensa, su concentración es tal que… Bueno, es un actor magnífico”.
Ya les comenté que Byrne mantiene un tono moderado en la película. Por otro lado, la eficacia dramática de su historia de amor con Sarandon quizá guarde relación con el hecho de que ambos tienen experiencias comunes. Si no me falla la memoria, los dos coincidieron en la nueva versión de Mujercitas que rodó Gilliam Armstrong en 1994.
“Conocía a Gabriel Byrne –dice–. Ya había trabajado con él previamente… Que estuviera genial en su papel no fue, por lo tanto, una gran sorpresa para mí”.
¿Y qué opina la actriz de Christopher Plummer? Pese a los vaivenes de su filmografía, le admiro sin reservas. Por eso mismo lo he sacado a colación, pensando que, a estas alturas, ya va siendo hora de reivindicar en voz alta su nobleza escénica.
“Christopher –responde– fue la persona que realmente me sorprendió al comenzar el rodaje. En su papel, podría haberse limitado a encarnar al típico gruñón. Pero fue más allá... Consiguió darle encanto al personaje, haciendo que sus escenas tengan ese toque de humor que las enriquece”.
¿Talento natural o veteranía? Una intérprete como ella, que no ha pasado por ninguna escuela dramática, quizá encuentre un punto de misterio en las hazañas de dos primeros actores como el sueco y el canadiense.
“Cuando están juntos en una secuencia –me dice, esta vez con una sonrisa–, Max y Christopher Plummer resultan muy divertidos… Y eso demuestra que nunca sabes cómo va a funcionar la química de los actores en una película. No lo sabes cuando lees el guión, y a veces ni siquiera lo sabes durante el rodaje… Al final, siempre es una sorpresa”.
Susan Sarandon en la Plaza de España, Madrid © Fotografía de Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.









































































































